Sunday, November 22, 2020

Una vez por año #13


(...)

Sí, querido lector hipotético, que abrís este archivo en tu dispositivo, dentro de cien o doscientos años y, ansioso, con afán investigador, porque sos un arqueólogo aficionado, porque te lo pidieron en la facultad, o porque sí, salteás capítulos hasta llegar acá: sí, este es el episodio 13, el número maldito, correspondiente al año 2020.

Te voy a decepcionar y a sorprender con una reflexión que nada que ver: me resulta muy notable como, si bien los días son todos siempre tan radicalmente distintos unos a otros, los años, vistos en perspectiva, resultan tan parecidos.

Me imagino tu mueca de desagrado, hipotético lector, pero no voy a hacer nada para impedirlo. En este 2020 tan peculiar, cuando ahora me siento a escribir acá, escondido, en un eclipse donde descanso de todo, lo último que me interesa es condicionar la mueca del lector.

Cuando uno repite una acción todos los días, la diferencia de los estados internos se vuelve más evidente. Si todos los días a la misma hora dormís a una niña, o dos, leyendo un cuento, por ejemplo; o si todos los días a la misma hora te sentás en un almohadoncito en el piso a mirar la pared; se nota muchísimo la cantidad de sensaciones distintas, con sus millones de matices, que uno puede estar experimentando, aunque no esté pasando nada dramáticamente distinto.

La voz que me sale al leer los cuentos a la noche, por ejemplo, me dice mucho de cómo estuvo el día, aunque durante el día no haya sido capaz de notar grandes diferencias.

Pero bueno, lector, si querés datos concretos, historias concretas sobre la pandemia, sobre cómo se vivió este 2020 desde adentro, supongo que tendrás a disposición millones de toneladas de información. Hoy, acá, la pandemia es esto: un leve cambio en el horizonte. El recuerdo de unos primeros días, a donde nos quedamos a vivir para siempre: la bomba de perplejidad y su eco.

Yo te pregunto a vos, lector, cómo se lee esta voz contrastada con lo que, vos ya sabés, pasó después. Cuánto tardó en llegar la siguiente. ¿La definitiva?

Tal vez, en tu ahora, todas las novelas sean así: abiertas, escritas en tiempo real, creciendo en tu dispositivo conforme pasan los años-capítulos.

El año pasado también le pregunté algo al futuro, lo leí hace un rato, fíjense qué curioso suena ahora: “Parado en este momento, en este faro del año, pienso que en el próximo capítulo tal vez tenga un lugar extraordinariamente importante algo que todavía no conozco. Es emocionante.

Bueno, por ahora, trucos. Nada más que trucos. Una pena, porque la narrativa es magia. No debería ser necesario recurrir a trucos.

Una noche de este año me desperté con un cuento en la cabeza. Después de varios meses de trabajar a destajo intentando escribir al tanteo, una y otra vez, lo que otras personas querrían que escriba, se ve que ciertos procesos creativos-narrativos se siguieron dando de manera autónoma en mi cuerpo, sin llamarme la atención, y una noche me desperté a las cinco de la mañana con una historia que tenía su tono, su ritmo, su extensión, todo. Nunca me había pasado así, de manera tan poco voluntaria. Durante varios minutos intenté seguir durmiendo, no muy convencido de que se tratara de verdad de un relato, y no de una ensoñación solo comprensible dentro del sueño o de la duermevela, pero me fui despertando progresivamente, mientras canturreaba el canto del cuento, y de pronto estaba sentado en el escritorio escribiendo a mano, con lápiz sobre un cuaderno.

¿Por qué lo escribí en lápiz sobre un cuaderno? Ni la menor idea. No me lo había preguntado hasta ahora, que lo escribo acá, y a leerlo me da la sensación de que estoy inventando algo un poco demasiado inverosímil.

El cuento es una persona, una voz que, cuenta: cada vez que mete las manos en los bolsillos, saca papel picado. Muy probablemente provenga de algo que le escuché decir a Tom Waits en una entrevista, algo sobre la diferencia entre los brillos de colores y el diamante/corazón. Pero no estoy seguro. Es probable que Tom Waits haya dicho algo de eso en inglés, y yo entendí cualquier cosa, una cualquier cosa muy particular y precisa que se fue compostando en mi cuerpo-espíritu y, este año, una noche… etc.

Si me preguntan dónde pasé “la pandemia”, diría que en la terraza de esta casa. Ahí recuerdo haber vivido realmente el cimbronazo, la onda expansiva. Adentro de la casa me dispuse a tejer y destejer, cada día, la articulación imposible de la vida familiar, laboral, etc. Era durante esos minutos en que estaba solo, en la terraza, que la perplejidad me tomaba por completo. Que se me presentaba el problema que no podía resolver con acción.

Pero qué preguntas tan concretas me hacés, hipotético. Por qué debería contestarte semejante cosa. Intentar hablar de esto dentro de cien o doscientos años es como cuando volvías de un viaje y te pedían que cuentes algo… Imposible. Lo que hay para contar solo va a aparecer de a poco, cuando una pregunta aparezca justa. ¿Existirán todavía los viajes, Hipo?

Me siento pesado, hoy las frases tienen algo denso, opaco. Fue un año muy hablado, está claro. Y lo que yo podría venir a buscar acá es otra cosa, una suspensión momentánea en lo imposible. Escuchar, debajo de las toneladas de pedidos y preguntas ajenas, exteriores, una pequeña pregunta mía.

Hace calor. Suenan unos mosquitos. No está fluyendo.

Me vengo a la terraza. Un cierto vientito, ladridos vecinos. El olor de las plantas, el bicherío. Algo que me saque esta rara imposición de conectar, de hilvanar.

No quiero narrar, concluir ni reflexionar. Quiero dejarme estar.

Y si se extinguen los viajes, ¿es un problema? ¿No es cierto que puedo sentir en la boca la tierra húmeda del viñedo mendocino donde crecen las uvas petit verdot con las que hacen este Chikiyam que estoy tomando? ¿Y?

Voy a prender la luz. Estaba escribiendo a oscuras para no molestar a los vecinos. Soy un vecino modelo. Y pienso también en ponerme Off. ¿Puede ser que tenga que hacer tantas cosas para sentarme por fin a escribir? ¿Qué está pasando? De pronto es como ir a la playa en familia (caminando). (¿Hay que viajar? ¿Es necesario?)

La verdad es que el artefacto este llamado “año” está muy bien hecho. Fue en este mismo “año” que decidí, después de tantos años de negación, o inhibición, o reacción, empezar a usar redes sociales.  Muy poco tiempo después recibí un llamado, de esos que marcan dónde cortar el pastrón, dónde empezar la anécdota: cierta antigua amiga, a la que no veía desde hacía una década, me propuso escribir guiones de una serie. Nótese, en los capítulos anteriores, hace cuántos años que había abandonado yo la idea de trabajar de guionista. El llamado inesperado en el momento justo. El único problema del trabajo era que tenía que viajar todos los días hasta la otra punta de la ciudad, para trabajar de manera “presencial”.

Pocos días después, la pandemia llegó al país. Primero la suspensión de las clases, y entonces el enfrentamiento con el tabú: la certeza súbita y masiva de que hemos armado una vida que no somos capaces de vivir.

Y después, todo lo demás.

De alguna manera siempre me hice la pregunta, en los últimos capítulos, de si lo que estaba eligiendo realmente lo elegiría aún si tuviera que vivirlo en condiciones de “isla desierta”. Un lector atento podría haber advertido una concienzuda preparación para el naufragio: la cocina, la meditación, la escritura.

Recién hace unos días, después de varios meses, conocí “en persona” a esa decena de compañeres de este trabajo que me tuvo absorbido todo el año de la pandemia. Un shock. ¿Cómo pensar que uno conoce a alguien al que no le conoce el andar? Somos capaces de reconocer por su andar, de espaldas y a muchos metros de distancia, a una persona que no vemos desde la infancia. Lo he comprobado viviendo con balcón en primer piso en Corrientes y Angel Gallardo. La cara de las personas tiene menos importancia de lo que imaginamos. La nuestra, muchísimo menos aún.

Y el tema económico, claro está. Un “milagro”, se diría, en estos tiempos. Es rara la nostalgia que surge cuando uno deja de tener problemas económicos. La nostalgia de las cosas concretas es consistente, elaborable; la nostalgia del vacío es otra cosa. Merecería otro término para nombrarla.

El tema del vacío, siempre. Llega un momento, parece, que se empieza a administrar. Ahora creo haber entendido que es necesario dejar un espacio vacío, que hasta se puede diseñar su presencia de manera más o menos voluntaria. Por ejemplo, clasificar esos pensamientos referentes al futuro, con estatus de presente. O sea, que haya pensamientos “oficiales” para dedicarle a todo aquello que “todavía no”. Voy a intentar aclarar, porque creo que puede ser importante, aún para vos, hipotético lector del futuro. Cuando uno tiene, por ejemplo, problemas económicos, tiene de algún modo “resuelto” el problema del futuro: o sea, ya sabe qué tiene que hacer en el futuro; el futuro es el momento donde, finalmente, se consigue plata. Cuando desaparece esa carencia, de pronto el futuro se vuelve más complejo de descifrar, porque de todos modos siempre algo falta, ¿no? No sé qué va a pasar, pero me di cuenta de que me conviene tener a mano pensamientos de futuro que no me generen ansiedad sino que calmen. Por alguna razón, cuando pienso que en el futuro podría dedicarme a un emprendimiento gastronómico (¿?) me pongo ansioso; en cambio cuando pienso en una editorial artesanal, me invade un sosiego cósmico. Intento tener, al menos una vez por semana, al menos veinte minutos de caminar por la casa sin ton ni son, viviendo en el futuro. Es parte de mi economía energética-temporal. En cualquier caso (gastronómico, editorial, monacal, vengativo, inesperado, punk, etc.) cada tanto encuentro la llave para acceder a cierta sensación: de todas formas no lo necesito. No necesito saber.

Eso es maravilloso. No necesitar saber.

Este año, el año de la pandemia, tuvo lugar una suerte de “corrida de saberes”; como cuando todos corren al banco a cambiar o retirar su plata, cuando apareció entre nosotros la pandemia, y la certeza de lo poco que sabíamos sobre lo que podía alterar por completo nuestras vidas, de pronto todos los saberes, sobre lo que sea, se inflaron como burbujas. Hubo un momento, cerca de mitad de año, en que casi todas las personas daban y recibían talleres sobre algo. A mi me tocó dar un taller llamado “compost de escritura”. Por supuesto, un experimento de no-saber en práctica. Pero igual cada tanto me sentía tentado de impartir mis sabercitos.

La escritura tiene una relación rara con el saber. Puede conciliar el no-saber, está dentro de sus gracias, pero en un tire y afloje bastante complejo. Creo que la escritura permite conciliar la posibilidad de vivir sin saber, pero mediante el movimiento de estar yéndolo a buscar.

Es lo que pasa con la identidad o el espíritu ¿no? Hoy pensaba, hablando con mi madre sobre la serie acerca del caso García Belsunce (???) que el espíritu (a ella le hablé de la identidad porque es psicoanalista, para que no se asuste) está tramada como un relato policial. Un montón de cualidades evidentes, mezcladas de manera confusa, sostenidas por un hilo conductor oculto.

En cambio el cantar… es otro cantar. Aun cuando se trate de cantar lo escrito, de escribir-cantar.  Qué ganas de cantar. Creo que es de las pocas formas activas de no-saber que puede adquirir la voz. Pudiendo escribir y cantar, realmente no veo la necesidad de hablar, que tantos problemas genera.

Qué cantidad de bichos que viven en esta terraza. Cada uno con su velocidad y su sombra.

La voz tiene a la vez la evidencia y el misterio. Y la duración.

Como mínimo, una familia de lagartijas cada vez menos tímidas. Y los pájaros, ¿qué hacen los pájaros de noche? Durante el día se llena. Muchos vienen en parejas, las palomas con rastas que cagan sobre la medianera, el de panza color polvo de ladrillo, el picaflor que levita. Me gusta que esta terraza les sirva de hogar, como la fonda que recibe a todos los seres porque es una reproducción del cosmos en miniatura. También me da un poco de miedo. El síndrome de la invasión... ¿no habrá que hacer algo?

Como buen lector de Levrero, durante toda la vida me ha pasado (considerando a “la vida” como el lapso desde que empecé a leer a Levrero hasta hoy) que se me aparecieran aves representando algo o alguien en los momentos cruciales. Ante los nacimientos y las muertes, de personas físicas o de vínculos, siempre aparecía algún pájaro actuando la situación, cual performance, en las inmediaciones de la casa de turno.

Bueno, ahora parece que vinieron todos. Que se baraja y se da de nuevo. No parecen actores, o sea, no parecen ser los términos de una metáfora, no refieren a otra cosa; se ven más bien como encarnaciones, parciales, fugaces, pero de plena realidad, de lo que pasó o de lo que habría pasado. Como si los pájaros fueran… antenas. Antenitas metafísicas inalámbricas, que registran todo lo que no se cuenta, que le dan cuerpo a lo que no está pasando pero existe.

Y ahora están todos acá, formando mensajes para avisarme de la que se viene, desesperados por hacerse entender, desesperados o no, cagándose de risa de que los miro y no me doy por aluddido.

Así cantan: ¡Huí! ¡Huí! Huiiiiiiiiii

Huí mientras puedas, me cantan. Desaparecé, dicen. Antes de que la verdad estadística te trague, hacete invisible. Como hizo el italiano, el físico ese. Como hizo ETTORE MAJORANA.     


Saturday, November 23, 2019

Una vez por año #12


Viernes 22 de noviembre, 9 de la mañana. Estoy sentado en una plaza semi vacía, hablándome al teléfono.
“Estoy sentado” me resuena como una de las frases del año. Creo que fue en marzo que empecé a practicar zazen; esto de sentarse en silencio en un almohadoncito. Antes de comprar mi propio almohadoncito, también llamado zafu, fui a un espacio, cerca de casa, en el que muy diversas personas se juntan a hacer lo mismo, a sentarse mirando la pared. Una cosa fantástica. Aunque debo decir que me generó fuertes sospechas que estuvieran vestidos con túnicas, y que se hayan puestos nombres japoneses. Así que no volví a ir, pero volví a sentarme en casa. Cada día, desde entonces. Han pasado varias cosas al respecto, cuyo índice de transformación vital no puedo medir con claridad, pero se siente que son muchas; o tal vez una sola, y bastante radical.  
Sábado 23 de noviembre, 9 y media de la mañana. Acá está el chiste, el texto con dos ahoras. Ahora-ahora estoy desgrabando el audio de ayer a la mañana, con auriculares puestos, frente a la computadora, en el cuartito del fondo. Jacinta se acerca y golpea la puerta, ahora cerrada. Hago como que no escucho, viene Jimena e intenta guiarla hacia otro lugar de la casa. Hace un rato Jacinta estaba acá, al lado, jugando con unos objetos inclasificables y con las moneditas del I Ching. Estuvo a punto de darse el prodigio de ensamblaje de yo escribiera este texto con ella jugando al lado, pero justo sonó el timbre: el hombre que destapa la cañería de las cocinas del edificio. Así se tapó el fluir de la situación. El hombre ya hizo lo suyo y se fue, pero Jacinta perdió su virtuosa concentración.
Viernes 22 de noviembre, 9 y pico de la mañana. Tal vez sea ese sentarse lo que en occidente se conoce como “sentar cabeza”. En este caso se trata de sentar la pelvis, y sobre la pelvis el cuerpo, y lejos del cuerpo, o sobre el cuerpo pero sin adueñárselo, la mente. Entre otras características fascinantes, esta práctica tiene el potencial de disolver los esquemas temporales que uno arrastra consigo minuto a minuto. Al estar sentado, no es raro estar sentado con fantasmas. Pero no son fantasmas enteros, son fragmentos de fantasmas. Lo que aparece cuando uno se sienta es la sensación, bastante cabal, de que el Yo, esa construcción sólida, es el bicho que hace fuerza para mantener anundadas las distintas partes. Que, si no, estarían flotando alegremente en el caldo del tiempo y el espacio. 
Un día estaba sentado y me encontré, en frente, a un metro de altura, la sonrisa de mi abuela. Era la boca y los ojos. El resto de mi abuela no estaba. Ella había muerto hacía menos de una semana. Su boca y sus ojos estaban ahí, de manera indiscutible. No eran un recuerdo ni una construcción. O sí, una construcción, en el sentido de algo que se proyecta y que al proyectarse gana su existencia, independiente del proyector.
Mi abuela se apagó. Recuerdo haber leído, en el libro ese de Bergson , La risa, que una de las fuentes del humor es que el humano se descubre máquina. Cuando hay una repetición de un error, cuando quiere seguir caminando aunque haya un escalón en el medio, esas caídas, esos efectos rísicos derivan de advertir que el humano es, también, una máquina. Qué risa: que mi abuela se haya apagado y que unos fenómenos tan físicos, como el funcionamiento del cuerpo y sus válvulas, sus entradas y salidas de aire y de fluidos, provoquen tan inmediatamente el apagado de las máquinas intangibles, como la de contar historias. Eso es muy impactante. Cuando estaba acostada en su cama, ya sin registrar del todo los fenómenos más cercanos y cotidianos, la máquina de contar historias seguía encendida; mientras le daba la energía, mientras percibía a alguien al lado, escuchando, o tal vez independientemente de que hubiera o no alguien escuchando, ella contaba. Ahí me enteré de su vida en el delta del Ibicuy, donde pasó su pre-adolescencia, adolescencia, hasta que se casó… No era ninguna de las historias que me había contado, y que yo reuní alrededor de un personaje, en una novela, una anciana que contaba decenas de versiones distintas sobre su origen, y ninguna parecía del todo cierta. Bueno, ninguna de esas historias era la que me contó esta vez, estando yo sentado a su lado en la penumbra, tocándole la manito seca pero vibrátil, eléctrica. De repente me contó esta otra, una historia de una isla del Tigre, un escenario maravilloso para una fábula antigua, de inmigrantes rusos, isleños enigmáticos y un personaje que aparece de pronto por obra del azar. Ella iba y venía del Ibicuy a Buenos Aires, a la Capital; cuando venía, paraba en la casa de su hermana mayor. Fue ahí donde se dio ese episodio, que también siguió trayendo al presente en los últimos días, en las últimas horas: cuando un hombre intentó abusar de ella. La última vez que hablé con ella, ella hablaba ya con los ojos entrecerrados, ya no tenía esa otra herramienta con la que sostenía al interlocutor mientras le armaba la historia en el cuerpo; ya sin la mirada, soltó al aire algo así como que ella también tenía su historia, que obviamente no le iban a creer, por ser mujer; y él contó la suya, la que todos creían. Después agregó, hablando de nunca sabremos qué, que era doble mérito lo de él, por ser varón; que, viniendo de una mujer uno lo entendería como algo natural, pero él era varón, así que era doble mérito. Claramente no hablaba del personaje masculino del relato anterior, pero no sabemos de quién hablaba.
El humano al final era una máquina que, al final, se apaga. Antes, mientras tanto, uno se sienta y todas las historias se sueltan y dialogan, más allá del tiempo. Algo de los ritmos se aquieta, y algo del presente pierde peso. Al quitar esa fuerza gravitatoria, todo lo que se mantenía orbitando alrededor, se desprende. Como se desprenden los fragmentos, las esqurilas vitales cuando se sustrae, al menos por unos segundos, el centro gravitatorio del Yo.
Me gustaría que se entienda que la meditación es una práctica subversiva, revulsiva para los cánones actuales. Nada que ver con esa versión de la derecha neoliberal, el mindfullnes y sus avatares neuro-científicos. Eso es el uso utilitario de ciertas herramientas de la meditación, en la dirección de un mejoramiento personal para alcanzar metas. Acá no hay mejoras, no hay metas, no hay lo personal. Por eso, la práctica a la que me refiero se opone a la avasallante marea consumo-narcisista que configura nuestro mundo.
Al lado del zafu hay un cuaderno, en el que cada tanto copio algo que se ha escrito durante la meditación. De ahí saco este fragmento, bastante gráfico respecto de lo que quiero decir:
Una hora sentado. 
Una hora sin trabajar ni consumir. 
Una hora sin información. 
¿Y si fueran dos? ¿Y si fueran seis?
En un rato estarán llegando mis amigos y vecinos, miembros del autodenominado “colectivo impublicable”, Noya y Sodo, para practicar pakua en esta plaza. Después de varios años de practicar solo, o bien guiado por mi maestro, me animé agregar la posibilidad de transmitir o contagiar algo de esta danza, esta práctica tan simple, extraña y oscuramente bella.
Dentro de una semana voy a dar una taller llamado compost de escritura: la idea es invitar a los participantes a darle a la escritura un lugar análogo al que ocupa el compost en la casa: un espacio donde enfrentar cara-a-cara los propios residuos, donde intimar con lo que tiende a descomponerse para, a la vez, emplearlo en una nueva composición; que sea un sustrato fértil para nuevas posibilidades. Etc. Cuando doy taller les pido a los presentes que cuenten su día de hoy de manera tal que en ese relato uno encuentre pistas de quienes son y de qué hacen. Que es un poco lo que estoy haciendo ahora, por la necesidad de contar esto mientras vivo un día. Tal vez en los primeros episodios de esta saga que lleva ya 12 años, el 22 de noviembre era el momento en que todo se detenía y yo, tan escritor, me dedicaba de manera intensiva y febril a la escritura de este texto; entonces se daba ahí una especie de remolino auto-gestionado, que también le daba el tono a la escritura. Algún día voy a leer de corrido todos estos capítulos para percibir cómo a medida que se fue transformando mi vida se fue transformando el tono y el olor de la escritura. Hoy, no puedo parar el día. Porque ahora los días son así: una secuencia perfecta de actividades aparentemente indispensables y que no se pueden posponer. Así que después de dejar a Jacinta en el jardín, estando Jacinta y Serena abocadas a sus compromisos académicos, me vengo a esta plaza para pugnar con rebeldía por la salud espiritual y narrativa del barrio; después, con Noya vamos a grabar unos podcast en los que estamos trabajando.
Podcast es una palabra que, si bien ahora pronuncio, con total naturalidad, al menos un par de veces por día, hasta el capítulo pasado creo que no la había escuchado nunca en la vida. Es notable como…
Sábado 23 de noviembre, 10 y media de la mañana. Nunca se sabe cuánto puede durar una interrupción. Fui a la cocina a rellenar la taza de café. Me encontré con Jimena y Jacinta preparándose para salir a pasear. Jacinta me saludó unas cuantas veces y dio varias vueltas antes de subirse al cochecito a pedido de su madre. Cuando estaban por salir, apareció Serena, recién despierta. Más saludos, de buen día, de chau, etc. Sere me pidió que le dejara en la mesa bajita los ingredientes para prepararse su chocolatada. Lo hizo bien, con bajo índice de intervención. Tomó la leche, encontramos un vidrio roto en el piso. Hablamos sobre accidentes domésticos, sobre qué podía pasar si Jacinta encontraba ese vidrio, y así. Después se acordó de otras historias de accidentes, pero de tránsito: el mío, el de su tía Vero, y el del papá de su mamá. Ahora está en el baño, y pienso proponerle que vea algo en Netflix, así puedo volver a sumergirme en este texto. Estoy desarrollando una pseudo teoría llamada “crianza por la narrativa”, para dar alivio a los xadres que se ven obligados a compartir con los dispositivos técnicos el cuidado de sus hijes. Listo.
Viernes 22 de noviembre. Parado en este momento, en este faro del año, pienso que en el próximo capítulo tal vez tenga un lugar extraordinariamente importante algo que todavía no conozco. Es emocionante.
El asunto es que el podcast no es ni más ni menos que el relato, en una tecnología hiper básica, muy similar a la que estoy usando para grabar esto hoy: la voz humana liberada de la institucionalidad radial, para hacer compañía mediante piezas con el cogollo de la radio, aquello que uno va a buscar y escuchar: la historia, la conversación, el tema. Hoy grabaremos podcast de recomendación de libros; hemos grabado muchísimos podcast de historias de todo tipo, de personajes inverosímiles, de descubrimientos, de momentos azarosos que cambiaron la historia STOP (La tendencia automática al Brief, vicio laboral).
Es un poco, ahora que lo pienso, otra encarnación de la abuelita. Como si el mundo actual permitiera que uno tomara a su abuelita para, una vez que ésta se desintegra en el mundo físico, traerla de vuelta como una aplicación. Así quedan disponibles sus formas, sus modos de relaciones internas, la alternancia de sus velocidades…
Esto de apretar botones y que se escuchen historias es algo que podría haber sido su tecnología más afín. Hace poco me encontré pensando, más bien percibiendo, que no había dimensionado qué se había agotado al morir la abuelita. Una madrugada de estas, al despertarme para atender un llanto de Jacinta, mirando la calle por la ventana, me apareció esa sensación patente: que ese surco mental que tengo, el surco del relato, esa línea donde la escritura y la voz se enredan, es ella-en-mi-mente. Sigue fluyendo sustancia por ahí. Así que no sé, no sé qué tipo de despedida implica su apagón.
Sábado 22 y viernes 23 de noviembre, a coro. A veces (ahora) doy vueltas por la casa, sintiendo con la mente de los pies. Llego a la terraza. Claro, en el 22 de noviembre pasado no vivía en esta casa con terraza. Y me encuentro con la imagen que me golpea el pecho -la sensación es realmente de algo que corta la respiración: el florecimiento. Una rosa china, unos jazmines, otras flores cuyos nombres desconozco.
Nunca antes había tenido una relación íntima con las plantas. Hay una verdad oculta ahí, tan demorada. No sabría qué decir al respecto. Hay un efecto corporal, una entrada en proceso, una solidaridad orgánica. Otra danza, disimulada, oscura y extraña. Cómo se buscan y cómo se alejan (nos buscamos y alejamos) sin explicar demasiado. Esto también es parte de este capítulo de esta historia. Algo simple y banal, entiendo que no estoy contando una historia extraordinaria, ni un hito fabuloso en una trama, no parece ser un punto de giro, como dirían los profesores de guión, ni un drama ni un camino heroico. Es solo que un día me encontré afectado por la vida vegetal. Se trata de puntos de apoyo para el giro, el giro no viene solo. Unos lenguajes sutiles, empujes. El lenguaje de la vida construyendo su estilo en la subsistencia, el fraseo de una planta estirando un brazo larguísimo para pasar su mano sobre el hombro de otra, buscando calor, aire, compartir un trago, la gestión de la amistad a distancia.
Viernes 22, 10 y media de la mañana. Vamos a ver cómo sigue el día, esto no termina acá. Pero ya deben estar por llegar los muchachos, y hay que concentrarse para la práctica. Después será grabar los podcast, después ir a buscar a Sere al jardín, llevarla a yoga. Tal vez cuando la deje en yoga y me vaya a esperarla al bar de al lado, pueda escuchar esto y agregar algo, quién sabe, ya con otro 22 de noviembre casi encima.
Sábado 23 de noviembre, 11 de la mañana. Acá termina la desgrabación. Me saco los auriculares. Jacinta y Jimena volvieron de su paseo, en la casa comienza a sentirse la inminencia de la preparación del almuerzo. La Gran Pregunta: ¿Qué comemos?
Está claro que estas incisiones no agregan nada, pero están acá, las dejo. Que se vea la textura de la composición, aún sin destellos ni hallazgos; así se componen los capítulos de esta novela anual, jugando con los presentes superpuestos. La vida cotidiana, la Gran Historia. Un tejido, como cualquier otro. Al final, ayer Sere no quiso ir a yoga, así que no tuve aquel rato para escribir que había imaginado a la mañana. La idea es mantenerse, a pesar de todo, en estado de escritura, dejándome caer en los intersticios, y aprovechar las oportunidades. Una de las mejores cosas de lectura de este año es un libro ilustrado que leemos con Sere, llamado “Las interrupciones”, escrito por Nicolás Schuff e ilustrado por Mariana Ruiz Johnson. Trata de un escritor que intenta escribir cuentos que se van transformando por las sucesivas interrupciones.
Lo que pasó ayer, una vez que dejé de hablarme al teléfono, fue que se me acercó una señora que se presentó como la cuidadora de la plaza (que no es exactamente una plaza: se llama “patio porteño” y está adentro de una manzana de Barracas, separada de la vereda por una puerta de reja). La señora Sonia me preguntó si yo era el que había estado dando una clase de algo, el otro día. 
Sí, le dije, una clase de pakua… es un arte marcial…
Me explicó que le tenía que avisar, porque ella tiene el deber de reflejar por escrito todas las actividades que se llevan a cabo en el lugar.
Me pareció un oficio fabuloso.  


Hasta el año que viene.

Thursday, November 22, 2018

Una vez por año #11


El aleteo de un insecto encerrado en una lámpara de papel.
Llovió, se resolvieron las tensiones. La ventana está entreabierta, un vientito mueve la lámpara. Igual, no la veo. Escribo suponiendo.
Jacinta llora, no duerme.
No, ni no.
No, ni no, ni no, ni…
Recién ahora me puedo sentar, abocarme a esto. Es emocionante la sincronía de firmar un contrato de alquiler e ir a ver la casa nueva, vacía, justo el mismo día en que este texto tiene que escribirse. Es emocionante pero inútil.
Una casa vacía es el chispazo que enciende la mecha de mi máquina mental. Cuando fuimos a ver este departamento por primera vez, y lo vi vacío, y al rato pasé por cierto espacio cultural, y me mostraron una radio vacía, me enteré: los espacios vacíos y su particular modo de sugerir el futuro (el futuro imposible, todos los futuros posibles) enciende la máquina de mi mente. La máquina bestial.
Hay que alimentar la máquina, porque igual funciona. Devora todo lo que se le pone cerca, especialmente problemas; si no le doy problemas genuinos, importantes, sensatos, la máquina igual trabaja, mastica. Por eso, es importante mantenerla ocupada con alimentos saludables, orgánicos. Los espacios vacíos. Una casa vacía. La máquina se enciende.
Hay que volver al presente. Esa es la batalla. La conquista del presente.
Eso lo sabía el maestro. O supongo yo que lo sabía. Parece que este año se van a empezar a publicar sus libros, los libros del maestro. Me han dicho. Sin embargo, el año ya está terminando. Será el que viene, tal vez. ¿Y el presente? Se escapa, como el suelo que se aleja en un sueño. El presente es el suelo, eso parece claro. Al menos en mi hologramática de la realidad. La máquina trabaja a la altura de la cabeza, el futuro. El pasado se conjura cerca de la boca del estómago. Un cuadro de múltiples entradas.
Tocado, averiado, hundido.
El insecto se sacude adentro de la lámpara, el ruido que hace debe ser estruendoso en sus oídos.

Se cortó la luz. Ahora mismo.
Justo cuando se durmió Jacinta.

¿Y ahora? Durará este texto lo que dure la batería de la computadora. O volverá la luz.

Volvió.
Así no se puede, escribir en tiempo real es imposible cuando la realidad va más rápido que la escritura.
Esa es una de las preguntas silenciosas que acecha a esta novela indolente.

Desde que dejé de hacer balances a fin de año, mis años se balancean cada vez mejor. Este año mío sería una delicia para el balance. El final de un trabajo de mucho tiempo, el pago de una indemnización justa, la beca para trabajar en el libro de los diarios personales de todos estos años. Etcétera.

Interrupción. Pensar en la cena. Eso es, la respiración de los días, el pulso de la vida: ¿qué comemos hoy?
Nos preguntamos nosotros, en casa, con un bebé que milita en el baby led weaning.
¿Qué comemos hoy?
Se lo pregunta el insecto en la lámpara.
Por no meternos en temas más escabrosos.
Hay grillos. Tal vez vaya a extrañar el patio del piso de abajo, tan bien cuidado por la señora. O no. No suelo extrañar.

El pulso, el tartamudeo con signos encriptados, la sutil repetición. Hace algunos años, hace algunos capítulos, estaba sentado en una mediación, con monstruosos abogados, con la madre de Serena, solo, con las páginas del tao te king, y la advertencia:

el verdadero tao
no lucha;
por eso
vence.

Esta vez, estoy en otra mediación, los abogados se ven más blandos, menos míticos. Todo tiene otra textura. Ahora el que pide soy yo; lo hago con cautela. El abogado de la empresa para la que trabajé en gris durante unos siete años tiene un bolso deportivo. Ofrece un número muy bajo. Hago tiempo, voy al baño. Espero a que otras fuerzas trabajen. El abogado habla por teléfono con sus jefes, un buen rato; trae una segunda propuesta. Esta vez no tengo el tao te king, tengo mi cuadernito marrón donde escribo las consultas al I Ching. Releo lo que me contestó esta mañana cuando le pregunté “¿qué tener en cuenta al momento de un posible acuerdo con…?”.
Me respondió con el hexagrama 54, “La muchacha que se casa”. Tercera y cuarta lineas mutantes, para dar paso al hexagrama 11, “La Paz”. La primera línea fuerte, la tercera, dice: “la muchacha que se casa, como esclava. Se casa como concubina”. La siguiente, la cuarta: “La muchacha que se casa prorroga el plazo. Un casamiento tardío llega a su tiempo”.
Así que acepto la segunda propuesta.
Les muestro el cuaderno, les explico las razones de mi decisión. La mediadora se interesa en el I Ching. “Mi” abogada repara en una coincidencia numérica. El abogado de la empresa, satisfecho, levanta su bolso deportivo y sale a paso veloz. Es viernes, son las cinco de la tarde.

Ahora escribo un poco acá y un poco por wathsapp, reflexiono con algunos amigos sobre asuntos bio-futbolísticos. La capacidad/necesidad de resolver varias líneas de dialogo simultáneas parece estar volviéndose una especie de adicción.

Las cosas que pasan en el verano llegan a este texto como si hubieran estado desde siempre acá. Como Jacinta. Ella nació este año. En el capítulo pasado no estaba de este lado.
No parece ser posible.
Fue en enero, aquel día.
Yo era tan joven.
Terminé toda una serie de trabajos que estuve adelantando durante unas semanas para llegar sin demasiadas ocupaciones al momento del nacimiento. Eran las tres de la tarde cuando descubrí que había terminado de hacer todo. Una sensación de calma muy exótica, un vacío reversible... Así que, por supuesto, decidí ir a comprar unas cervezas. Para gozar de esa pausa insólita. Lo decidí antes de hacerlo. Lo avisé. Me puse las sandalias y Jime me dijo que estaba sintiendo algo como una contracción. Bueno, veamos, hay tiempo. Volví del supermercado y seguían las contracciones, rítmicas. Estaba en marcha.
La sensación es la de haber llegado a la cima del tobogán y no saber cómo ir para delante ni para atrás. Creer que no te animás, sin embargo vas a tener que hacerlo.
Vas a tener que hacerlo, aún sin animarte.
Es una sensación única. Eso me pasó una vez cuando era chico, en un tobogán con forma de robot, en el parque del pato Sirirí, en Paraná. Hace pocos días mis hermanas y mi madre estuvieron allá y me mandaron las fotos desde adentro del robot, recreando la situación mítica. No me animaba a tirarme por el tobogán (uno de los larguísimos, interminables brazos del robot), ni a volver hacia abajo. Los nenes que venía atrás mío me presionaban. Dale, movete. Tirate o bajá, hacé algo. No podía. No pude. No sé qué pasó, no recuerdo cómo terminó la escena. Tal vez me evaporé.
Esa es la sensación de un parto en marcha. No me animo, no entiendo qué es lo que está por pasar, pero dentro de poco, muy poco, uno siglo o dos, va a haber pasado, va a ser presente. Y entonces no nos vamos a acordar de cómo era la vida antes.

Cuando el maestro habla de la conquista del presente lo pone en acción, al menos en su librito hermoso y simplísimo, apenas ilustrado, llamado “Los duermevela”, con la posibilidad de dormir, o ayudar a dormir, o acompañar la entrada en el sueño de un bebé. Y tiene razón. Las bebés son máquinas de presente. Se trata de estar o reventar. Así fue como, con Jacinta, volvieron las madrugadas. Ese instante sagrado, ese trance. Caminar por la casa a oscuras, con cierto ritmo, escuchando su respiración, acoplar la caminata al ritmo de su respiración, ir percibiendo la entrega de su tono muscular, aflojar también, dejar que las palabras se suelten, componer himnos sin letra que se desprenden y quedan flotando en el aire, aún cuando ella se durmió, y yo también.
Esos mismos himnos que le susurraba a Serena, casi iguales y muy distintos, al momento de dormir, esas siestas de la plaza, esas comuniones en las plazas, ese hilo, un hilo, unilo conductor.
Recuperar la madrugada, ¿será exagerado hablar de sentir la vibración secreta de las cosas? Irse a dormir, despegarse el cuerpo como un sticker viejo, hablar por un instante con el bicho peludo, pulgoso y en silencio que te dice algo incomprensible (por demasiado comprensible) sobre la muerte, te habla de la muerte y te da un besito pegajoso al final…; a dormir.
Al otro día, al despertar, como si nada hubiera pasado, empezar el juego otra vez: el juego de dirigir, de calcular, de perder y ganar, actuar. En el sentido físico y en el sentido dramático: actuar.

Todos los años me sorprendo por la cercanía de la fecha de este texto y la llegada de diciembre, el mes de la fiesta del hartazgo, el mes de la insurrección callejera y el aroma dulce de los jazmines. Alguna vez haré algo con ese poema. Tal vez leerlo.

2018 fue el año de la agenda. Ingeniería de agenda. Insoportable. Cronopolítica. Importante, pero desgastante. La guerra de las agendas. Así es como las gentes de este mundo conciliamos la existencia: a futuro, calculando cuánto le debemos al banco por dejarnos ser lo que querríamos. El banco es la agenda de las agendas. O: la agenda es el banco de tiempo. Está también el casino de las agendas. ¿Dónde está?
Me refiero a la agenda en su función de distribución temporal, no de la administración de contactos. Me pregunto, a esta hora: ¿Qué hay que agregarle a una agenda para que se convierta en una novela? ¿Explicaciones? ¿Argumentos? ¿Conectores?
¿Por qué querría alguien escribir una novela?
¿Hay gente que colecciona agendas ajenas de años pasados? Ese sería un buen argumento para una novela que se cuestione acerca de los problemas de la cronopolítica.

Y curiosamente en la agenda aparece un llamado, una trampa. Miro la agenda y me encuentro, obviamente, con el 22 de noviembre. Este año hice una pequeña triquiñuela: me anoté algo para hoy. Para tener a mano. Dice: La noche en el arroyo, Juan L. Ortiz. Ahora me acuerdo, lo anoté escuchando un teisho de Alberto Silva, una mañana con Jacinta, ganando el piso. Silva cita este texto. Lo voy a buscar.
De los pocos libros que tengo en casa, muy pocos están acá, al lado, en el escritorio. Por las dudas.
Pero no lo encuentro en el libro. Lo busco y lo encuentro en internet. Transcribo, de todos modos, letra por letra.

Infinito, Noviembre, tiembla, tiembla en el agua.

Escucháis la voz de la noche?
De qué es la voz de la noche?
Es de agua o es de flor?
Es de flor y de agua a la vez

Hagamos un silencio como el de las orillas oscuras
para escuchar esta voz innumerable y tenue.

Seamos vagas orillas de silencio inclinado
o los oídos de la misma noche
abiertos a qué hálito de flor y de agua juntos?

En algún momento del año, creo que cuando descubrí que me podía bajar libros de Juanele para leer en el kindle, y así me reencontré con Juanele (por la posibilidad de leerlo en “libritos” y no en el librote de sus obras completas) inventé el siguiente método de meditación: transcribir sus poemas. Tuve la idea de transcribir, leyendo y pasando a la compu, todos y cada uno de sus libros, y después imprimirlos, libro por libro, para volver a leerlos así. Por supuesto, no llegué tan lejos, pero transcribí algunos poemas. Una sensación fascinante. Lo recomiendo. Y también fue fascinante la sensación de imaginarme pasando el resto de mi vida dedicado a esa tarea. Duró unos días, pero fue intenso. Viví ahí, en esa idea, con cuerpo y todo. Viví ahí adentro, vibrando, como el insecto este sin nombre en la lámpara.
Rikitititic, rikitititic.

Así como la máquina letal de mi mente se alimenta de problemas, el bicho pulgoso que me acecha por las noches para hablarme de la muerte se alimenta de comodidad.
Y las cosas se han acomodado bastante, últimamente.
Ahora, pensar en una casa con patio, balcón. Ir soltando los últimos abrojos de batalla con la madre de Serena, elegir trabajos alegres, o más o menos interesantes. Quién diría, leyendo estos capítulos. Una recuperación meteórica. Del capítulo en que vivía en una habitación con paredes de humedad al monoambiente, a este departamento con Jimena, a… bueno, lo que viene ahora. No es cuestión de exagerar. Pero qué se vendrá ahora…
Qué terremoto se estará gestando en silencio.

No sé si es lo mejor, si es lo más feliz… pero es terriblemente interesante. Todo esto.

Pensando en términos de la novela de la vida, donde confiamos a pleno en la ficción de la identidad y demás, me gustaría comunicarme, desde acá, con la versión de mí que leerá este capítulo, tal vez, dentro de 20 años, por ejemplo.
Le contaría, por ejemplo, que este año, el año que en nació Jacinta, el año en que Serena se convirtió en hermana mayor, este año fue también el de la vuelta de “la radio”. De crear para la voz y los sonidos. De imaginar, más allá de la literatura y su fama de bella causa perdida, un placer creativo vinculado al trabajo que me remonta a aquellas tardes de la primera infancia en las que me encerraba durante horas a inventar y al mismo tiempo transmitir partidos de fútbol. Recuperar la voz. Dejar de sacudirme entre los gritos y el silencio. Encontrar la voz, el tono.
El tono que, por ejemplo, no encontré en este párrafo para comunicarme con mi futuro. Vamos por otro lado.

¿Es cierto que este verano voy a irme unos días… de vacaciones? ¿Realmente? ¿Como qué, como un señor? ¿Un señor que calcula, y especula, y dedica esfuerzos y busca placeres? ¿Voy a ser el padre de las personas que encuentren su pesadilla realizada alrededor del ruido de la heladera por la noche en una casa desconocida?
¿Qué es lo que pasa?
Lo que pasa.
Es curioso, eso de que lo que sucede se llama “lo que pasa”.
Es como nombrar a un hecho por su sombra.

Finalmente, el sacrificio. El sacrificio es una forma radical de la negociación.

Hay algo sagrado en la negociación. Poner el cuerpo acá, recuperar el mundo allá. Por ejemplo, desde que me desvivo cotidianamente en pequeñas tareas de mantenimiento de ensamblaje familiar, me encuentro cada vez más con instantes eternos, de profunda delicia. La densidad incomparable de una siesta de un minuto y medio con el ventilador apuntando a la cara, el jolgorio invisible de estar en el subte y olvidar, por tres segundos, a dónde estoy yendo. Las ganas de llorar al mirar por la ventana, a la madrugada, el modo preciso en que se mueven las cosas.
Dar la batalla por la normalidad, a cambio de estos pequeños cositos de existencia pura.
Las diversas negociaciones tienen distintas temporalidades. Es bueno conocer y tener a mano, también, esas prácticas que reportan la dicha inmediata junto a otro (no se me escapa que los ejemplos del párrafo anterior son todos realizables en soledad).
Componer y analizar vermuts en casa de Noya, improvisar poemas a los árboles con Sere, imaginar con Jime el modo de emplear los espacios vacíos (la cena, la casa, el año -no está de más pensar la potencialidad de una pareja desde la idea de los espacios vacíos-), son ejercicios de efecto placentero inmediato. No habría que quedar demasiado lejos de ahí.
Una charla sobre nada y unos masajes en lo de Sicrosky, leer a Juanele cuando todos duermen. Apoyar la punta de mi nariz en la punta de la nariz de Jacinta.
Una copa de vino rico.
Dicho sea de paso, este año decidí dedicarme al vino, de manera constante y consecuente. Por el momento mi decisión no generó ningún movimiento novedoso, pero ahora tomo mejor. Con mayor conciencia: entiendo de qué se trata; se trata de volverse parte del paisaje. Cada día, cada vez. Eso lo dijimos el año pasado. Y todavía lo escucho, cada día lo escucho.
Esto es ahora como un diario de almohada, la almohada del año.
Es alejarse, tal vez, de lo novelesco.
Vaya uno a saber.
Hay años y años.

No sé.
No entiendo del todo cómo hemos llegado hasta acá, pero se ve que así tenía que ser.
Como dice Sere que le dicen en el jardín:

Lo que toca, toca
Es la suerte loca
No hay que llorar ni enojarse.


Eso es.

Hasta el año que viene.


Thursday, November 23, 2017

Una vez por año 10

El paso de un año, el peso de un año distribuido en los diez dedos de las manos que buscan botones con signos que abran paso...
Los órganos del aparato digestivo como achicharrados, a la defensiva. El eje de mi encarnadura, antes mi eje, el de mi cuerpo, bailando por toda la casa vacía mientras yo… etc.
Así no se puede empezar.
Soy un fantasma. Visto de cerca es una cosa, visto de lejos, muy otra.
Yo me miro de adentro y tengo algunas pistas, pero no se puede ver el mapa completo, adentro-afuera.


Ahora sí. Estuve en la terraza, al sol, practicando pakua. Unos 30 minutos. Algo cambió. Mi eje dejó de bailar por la casa vacía y ahora se me acerca, tímido. No estuvo mal.
Ayer no pude, ni aunque mi hermana Lauri haya venido a entretener a Serena por la tarde, ni mucho menos después, después de dejar a Sere en la casa de su madre, en Domínico.
Hoy empezó difícil también (¿en qué momento estás lo tan liviano como para dejarte envolver por el rulo de todo un año?), pero se fue resolviendo. Home baking, pagar, pagar, teléfono: ceder, ceder. Afip, banco, mails, listo. La sensación de “libre de deuda” extraordinaria y satánica expresión. Aunque todavía.... Faltaba la terraza. Ahora sí.


Es el año entero que se enrula y no sólo hoy, en todos estos días. Y no sólo de un año, de varios. Estoy corrigiendo, organizando, transformando los diarios de estos últimos años, convirtiéndolos en otra cosa. ¿Un libro? ¿Una novela? Esas son cosas raras, todavía.
Por el momento, me sumerjo cada vez que puedo en esos textos, y me peleo a muerte. A muerte. Me encuentro con párrafos muy estúpidos, infelices, ridículos, absurdos en su convicción, patéticos en su certeza solemne. ¿Y? ¿Qué hacer? Pienso, elaboro, calculo, medito. Supongo que esos fragmentos son parte de la historia que quiero contar. Que se cuente. Y que sólo contando esta historia desde esa perspectiva (¿ética? ¿plan?) la historia cerrará y me la podré sacar de encima. Mi historia, estos años.
¿Y por qué ahora?
Ahora que las peores guerras parecen haber terminado, cuando mi hija duerme en casa cada tanto, como en una vida normal, cuando el futuro ha vuelto a ser transparentemente incierto, por qué.


Imagino que quiero volver a escribir ficción. Y que no voy a poder hasta que no termine de contar este cuento. Hasta que todos los músculos de mi aparato narrativo se relajen de sus tensiones y vuelvan, blanditos, atentos, a acoplarse a tensiones nuevas, inventadas.
O no. Ahora que me encuentro cara a cara con las estupideces que pensaba y escribía hace algunos años, me escucho la melodía de la certeza y monto en guardia. Buen entrenamiento, buena gimnasia.


En alguna parte de esta novela autobiográfica en capítulos anuales debe constar que un día, hace varios años, entregué una novela terminada y en ese preciso momento fumé mi último cigarrillo. De ahí en más no volví a fumar ni a escribir ficción.
Ahora sueño que fumo, y me despierto con la pregunta en lo pulmones: ¿podré escribir ficción sin fumar? ¿Sólo con mi aire?
Y otra pregunta: ¿por qué tanta historia con escribir ficción? ¿Lo extraño, lo necesito, lo deseo?
Bah.
¿Y por qué ahora? Ahora que se viene Jacinta con el verano. Ahora que la economía doméstica es un problema como cualquier otro. ¿Viene Jacinta? Viene. Apasionante. Agregar otro factor de tracciones incalculables. En algún lugar se marca un ritmo con una precisión tan perfecta que mis oídos de humano no logran descifrar. A veces sueño que soy un fantasma y lo capto. Capto dos golpes, el intervalo. Y me despierto.
Porque cuando mi cuerpo, sin mediar aviso, empieza a canturrear las canciones y preparar los guisos de posguerra, entrando en esa laxitud, en ese goce de lo efímero, vuelve el terror de la muerte por las noches, y vuelven las tareas indispensables, urgentes para los días. Y así sigue, como si avanzara, el caracol en el espiral que tiene su forma.
Hay terrores y trámites que complementan a la perfección. Hay terrores y sueños de la vigilia que son análogos. ¿Hay?


En un momento muy preciso de este año, hace algunos meses, sentí que el suelo estaba lo suficientemente firme, y me apoyé y dije: qué más puede pedir una persona que volverse parte del paisaje, con placer.
Una aspiración anarco-taoísta. Tan anarco-taoísta que no llega a aspiración. Más bien una exhalación.
¿Soy parte del paisaje cuando cruzo el puente Pueyrredón ida y vuelta, alrededor de las cuatro y media de la tarde, primero con las manos vacías, después con mi hija en brazos? Soy. A veces lo percibo, a veces lo habito, a veces no. Tal vez, no basta con “ser parte” del paisaje, sino que se trata de “volverse” parte del paisaje. Es el movimiento de volver lo que produce el placer que calma las cosas en el cuerpo humano.


Volviendo a ese momento preciso del año, en una bodega chilena, en Quilpué. Con Jime y Jacinta-latente, con Arturo y Carolina, los anfitriones y bodegueros, acompañantes de la uva hasta el vino.
Los personajes anarco-taoístas del año. ¿En qué sentido? Volver a la naturaleza, sin negar que la naturaleza es fuente de placer. Entregarse al placer, sin negar que el placer implica un compromiso con los elementos que participan de la experiencia, conciencia del lugar histórico que se ocupa, cuidado y respeto por los diversos organismos, gestos y metáforas que sostienen ese placer posible.
Arturo contó que, antes de embotellar una partida de vino, se toma una botella entera la noche anterior. Si a la mañana le duele la cabeza, ese vino no se embotella.
Con Arturo y Carolina, resistentes a términos propios de la enología, de winemakers y sommeliers, hablamos de la embriaguez, de honestidad, de emociones clandestinas. Tomamos vinos ricos, improbables. Vinos que no se prueban: se toman. Trajimos algunos en la valija. Queda uno en el ropero, un pinot noir que recuerdo conmovedor.


Como suele pasar en los viajes, me quedé con ganas de retomar el contacto inmediatamente, contándoles a ellos (y al amable señor uruguayo de la vinería en Valparaíso con nos contactó y nos recomendó conocerlos) lo intenso y profundo de la experiencia. Pero los días, las ocupaciones, los raptos de desidia, se interpusieron.
Ahora aparece ese momento y lo dejo salir en palabras de a poco, con suavidad.
De las estrategias que conozco, la de la suavidad (sun, hexagrama 57), parece ser la más difícil de sostener y, finalmente, la más eficaz. El movimiento, suave y constante, del viento que lentamente disipa la oscuridad.
Sucede también con las experiencias y su respectiva escritura. No hay una conexión automática, ni un régimen unívoco de traducción. Cada experiencia trae consigo la temporalidad propia de su puesta en palabras. Esto lo sabe o lo intuye cualquiera que se dedica a escribir. Escuchar esa temporalidad es parte del arte y oficio de escribir. Ahora bien, usar esa misma atención, esa misma conciencia, para los acontecimiento de la vida, propicia un cambio radical. Tan radical que termina enroscando a la vida y la escritura en una sola coreografía espiralada, que no se detiene ni se repite.


Así que, como sucede con los vinos, como le pasa ahora mismo al pinot noir que evoluciona en reposo dentro de una botella abrigada por las ropas que usará Jacinta cuando se haga patente de este lado del mundo, como sucede con los vinos sucede con las anécdotas, como la del día que pasamos en la bodega de los Herrera-Alvarado, con Arturo y Carolina. Cuando hablamos, al tomar un vino de una cepa que nunca había tomado, exótica para mi paladar, de ese momento, imposible de acotar a un descriptor o a una guía, en que el cuerpo-mente genera un nuevo recuerdo, el recuerdo de algo absolutamente nuevo. Ahora, cada vez que perciba algo que me conecte con el sabor y la textura del vino de la uva “país”, voy a evocar sus caras mirándome, viéndome entregado a la construcción de este recuerdo pleno. Descriptor: anarco-taoísmo.
Nos contaron que el vino no se hace, sino que se acompaña su hechura. Observamos, pensando en la cantidad de botellas que ellos pueden hacer respetando los procesos naturales, y la cantidad de botellas que les piden sus contactos en Europa, que “efectivamente” el sistema opera como si la naturaleza no tuviera límites.
El anarco taoísmo no se apoya en tesis sorprendentes ni en hallazgos extravagantes, sino más bien en obviedades detectadas en el momento preciso, cuando pueden ser vistas en toda su dimensión.   


¿Será este interés denso por el I Ching, Lao Tse, y sus aplicaciones en la vida cotidiana (a lo que suelo llamar anarco-taoísmo), aquello que me avergonzará leer-me dentro de unos pocos años?
Hagamos la prueba. Que para eso estamos acá.


Almorcé un plato de fideos con brócoli (recalentados en el punto justo, con la crocancia exacta que da una distracción esmeradamente conjurada) sin dejar de escribir. Esto no pasa todos los días, no siempre pasa así.
Ahora es cuando el año, ya no adelante, paralizando con su desmesura, sino medio atrás, empujando con su peso, aligera el andar. Porque de pronto la parte de adentro de mi cuerpo ya no se queja ni reclama (con lo simple y excitante que es reclamar), y la parte de afuera, el mundo que me rodea, se ve muy amable: el calor agobiante de hace un ratito es ahora un aire cálido con viento fresco, unos pájaros discuten sin demasiada convicción, el gato gris entra sigilosamente a la sombra. Me asomo un poco y me dejo mirar por las plantas del jardín. La otra tarde le agradecí a la señora del piso de abajo por el cuidado que le da a sus plantas que yo disfruto viendo desde acá (probablemente desde un ángulo más atractivo que el suyo) sin ningún trabajo extra que el de dejar de pensar, un rato, y mirar. Ella me agradeció el agradecimiento, y de paso me pidió que la ayude a buscar la factura de teléfono que recién tenía en las manos y ahora no encuentra por ningún lado. La encontramos.


Tengo ganas de dividir mi libro de estos últimos años en 64 capítulos, y chequear su funcionamiento bajo consulta con las monedas. ¿Será una de esas estupideces que encuentro en todos mis libros? (En todas mis acciones, en realidad).


Es que… quisiera agradecerle al I Ching por haberme salvado el pellejo. (Gran expresión la del pellejo; el monstruo de la última novela de Romero tiene esta fórmula para explicar que piensa: “soy cáscara del siguiente pensamiento…”. Cáscara, pellejo, piel, burbuja. la instancia sin sustancia del fantasma. Detenerse en ese microscópicamente infinitesimal momento de pasaje entre nada y algo…)
Una imagen:
Vientos que se siguen uno a otro. La imágen de lo suavemente penetrante.
Así, el noble difunde sus mandamientos y da cumplimiento a sus asuntos.


De esa manera logré destrabar (al menos en parte y por ahora) el conflicto más complejo y doloroso que me ha tocado vivir. Y que (esto es clave) realmente no sabía si podría destrabar. Por no decir resolver, arreglar. Tal vez, disolver.
La dificultad de llevar a cabo esta estrategia es que su eficacia no se prueba de inmediato, por lo que hay que mantener la confianza más tiempo del que uno acostumbra. De hecho, no se comprueba casi nunca.
Pero alcanza con que actúe una vez, y el cosmos se acomoda, sonriente, alrededor.
Lo explican las líneas que se suceden en el desarrollo de este hexagrama; la tercera línea dice: “penetración reiterada. Humillación”. Y recién la quinta: “la perseverancia trae ventura. El arrepentimiento se desvanece. Nada que no sea propicio”.
En el medio: el famoso “testán cagando”. Es muy pero muy difícil aceptar ciertas propuestas de I Ching siendo argentino. Al menos, siendo un argentino así.    


Si además de investigar en el funcionamiento de las cosas en las que nos volvemos especialistas investigamos sobre los tiempos en que todas las cosas pasan, la vida se vuelve un trabajo mucho más interesante.
Y hasta quizás se pueda empezar a tallar la herramienta para espiar algo que no sea la vida, algo como... el movimiento.


¿Y si todos los días pudieran ser así?: un texto que empieza una vez que las urgencias se desenmarañan, y que después sigue todo el día, entre actividades y tareas, avanzando, conectando cada vez con otros días, otros textos. ¿Podría ser?
En esta última interrupción (imaginemos incluso que todas las tareas cotidianas se conviertan en simples interrupciones del texto), respondí un mail que recibí ayer, en el que mi principal Cliente me rechazaba un formato de video nuevo; porque, si bien me había pedido que fuera igual a cierto modelo, al final resultaba ser “demasiado igual”, nada nuevo, en fin. Dejé pasar un día con la máquina de componer respuestas en funcionamiento, hasta que sonó la musiquita de la “respuesta encontrada”: “Debo haber entendido mal, deberé ajustar el oído y seguir intentando”. Qué gracioso. Visto desde acá parece un juego. ¿Será la capacidad de endulzar la propia derrota, una y otra vez, una estrategia de suavidad de largo alcance? Habrá que ver.


Desde este privilegiado mirador temporal puedo ver con mayor claridad ciertos movimientos. Hay algo acordeonado. Así se ve desde acá: un acordeón que se infla y desinfla en el regazo de un diablo que toca un vals.
Ahora percibo que esta época de intentar estabilizar mi economía armando equipo, acopiando posibilidades, distribuyendo contactos, etc. puede estar entrando en un período de retracción. Tal vez deba reciclar ciertas estrategias de lobo solitario. No es abandonar una cosa, ni decidir otra. Ya entendí que no se hace así. Están los años, los meses, los minutos.
Las décadas.
Hace una década empezó este juego, esta novela que sigue. Que nos sigue.
Ahora voy a cerrar la computadora (también la ventana por las dudas, amenaza lluvia), y voy a buscar a Sere al jardín. Y después…


Ida y vuelta. Extrañamente, llegué tarde al jardín, quince minutos. Tal vez, efecto residual del cambio repentino de marcos temporales. No llovió. Volvimos en el 22, cruzamos el Puente Pueyrredón. Sere no se durmió, así que logró componer, en su estado psicodélico previo a la histeria de la siesta interrumpida, algunas de sus frases memorables; esta vez: “el rocanrol es un pequeño bebé que sólo sabe decir malas palabras”. Después me contó acerca de un tal Nachito, que no sé hasta qué punto será real, un bebé del jardín que sólo dice “puta” y “concha de tu madre”. No sé qué pensar. Su maestría en el hilvanado de datos reales e inventados no permite nunca saber de qué se trata. Su imaginación desbordada parece estar en un momento de quiebre: ayer le cambió los nombres a todos sus personajes imaginarios. Ahora Pupú se llama Meli, la oruga Numera pasó a llamarse Tortu, y la Señora Comepapa es José María. Vaya uno a saber. Viajamos, paseamos por el barrio, compramos cerveza y jugo, y ahora mira Peppa pig en la vieja Olivetti (?) mientras yo escribo esto.
Y ahora llega Jime y se acuesta, agotada. Jacinta se despereza adentro. Jacinta. Ese fue un centro de gravedad del año: encontrar el nombre. Los nombres no se buscan, se…
Entre esa sensación, de presión y potencia, y la reciente sensación, de cambiarle los nombres a cada persona que conozco, para el armado del libro de los diarios de los últimos años, hay un borde apasionante, extraordinario.
Pasa algo con los nombres, algo no tan pensado como se cree.
Poner nombres, sacar nombres.
¿Qué es eso?
¿Cómo se usan los nombres en un utópico mundo anarco taoísta?
Lo cierto es que en un momento empezamos a presentirla; muy distinto a imaginarla, o a rodearla de expectativa, o a volverla heredera de qué se yo qué. La empecé a presentir, la presentí saliendo del cuerpo de la madre, saliendo del jardín, saliendo de la escuela primaria, con ojos perplejos. Y ahí empezó a develarse el nombre. La presentimos Jacinta.


No sé si hay otra cosa que pueda transmitir realmente a una hija más que toda esta enorme perplejidad.


Voy a leer este texto de corrido, ahora. Si al terminarlo no me duele la cabeza, se publica.

Hasta el año que viene, siempre.

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