Tuesday, November 22, 2016

Una vez por año #9


El Infierno es un remís
que no avanza
por las calles de Lanús
mientras disminuye
el volumen de la sirena
de una ambulancia
rumbo a Lomas de Zamora.






Una voz que empuja y se retira.
Tantos principios posibles, un estallido de comienzos: vengo pensando en este capítulo desde hace unos días, cuando me di cuenta de que faltaba tan poco, y ya no lo pude abandonar, no pude dejar de empezarlo en la cabeza; así que ahora, también de pronto, interrumpo el circuito de dudas previas, escribo.
Escribir para interrumpir la nada. Ajá. Vino con soda, suena el teléfono. ¿Hace cuanto tengo y uso wasap?
No recuerdo, escribí recién. Y lo repito: no me acuerdo (corregido) con qué criterio venía usando, diciendo u ocultando, los nombres propios de los personajes que desfilan por acá. Me asaltó la duda. Eso es algo que le pasa a los personajes de los libros, y a los que escriben los libros, aparentemente: los asalta la duda.
Ahí aparece el tono de “malicia”.

Hace poco me di cuenta de que el hecho de haber leído muchas novelas desde muy chico probablemente me haya llevado, una y otra vez, a lo largo de toda mi vida, a tomar decisiones del modo en que toman las decisiones los personajes de las novelas: no para salvarse ni para beneficiarse, sino para… mejorar la trama. Y bueno, así pasan las cosas.

No quiero escribir, es raro. Quiero cocinar. Para comer hoy y que quede para el almuerzo con Serena y su tía Ayi, mañana.
Al menos estoy como hablando. Crema de remolacha, salsa de cilantro -a Sere le gusta mucho comer agregándole salsas a la cosa en sí.
Metatexto. Este programa de escritura que no puede sino radicalizar su contrato de honestidad cada vez, aprieta de vértigo y produce un efecto espiral que parecería poder terminar, sin ir más lejos, en el suicido: ¿así le habrá pasado a D.F. Wallace, como dice Lucha?
Fin del metatexto.
Pero vuelve: todo me parece mentira. Si sé que voy a escribir algo y empiezo a preparar el terreno para que se destaque, para que quede dicho, me percibo deshonesto.
Creo que lo que me resulta mentiroso es el formato de “continuidad”, de continuidades articuladas, engarzadas. Que si no creo en eso en mis días, por qué haría como que así se estructura mi vida.
Los fragmentos. Los precipicios. Creo haber encontrado, este año, y tal vez a mi pesar (pesando sobre mi Yo, un mono bailando sobre los hombros de Dr. Ego), una maquinita de goteo escritural muy atinada a mi estado de vida y a mi idea encarnada de la identidad. Si la identidad es más un collage que una cadena... para qué andar eslabonando.
Porque ahora, 22 de noviembre (en realidad 21: así como en los años anteriores me demoró la presión -depresionó- esta vez me apuró la inminencia), tengo que abandonar de repente la po ética del goteo, ese fraseo que precipita de la vida cotidiana como de una meditación errante y más o menos sórdida, en un archivo latente de google drive; ahora tengo que, debería, retomar esa lógica de escritura-embudo. Toda la energía por el mismo agujerito, toda al mismo tiempo y en la misma dirección: abandonar todo y escribir. No cocinar, no curar, no cuidar ni cantar. En una silla. Así se escriben las novelas. Qué gracioso, el otro día me reía, con mi amigo-maestro-camarada radial (lo venía nombrando o no? Sic), nos reíamos del paradigma ese de escritor, el arquetipo Pavese, y sus frases como “encadenarse a la silla y trabajar”. Es verdaderamente cómico. Para colmo: ¡a una silla! Pero… sentate en el piso, un rato! El deber ser de la escritura tiene esa moral de elevarse del piso. Y convertirse en una contractura cósmica. Estatua, bronce.
Hoy, no como el año pasado, estoy en mi casa monoambiental. Un ambiente que se llena de olores masticables por la noche, que duran todo el día de mañana: se van yendo a medida pasan las cosas. Mis libros están allá, en esa casa grande desde la que escribí el comunicado pasado. Esta es la casa de mi período portátil. Construir con solvencia sobre lo provisorio: en una baldosa. Otro tipo de desafío.
Es cierto que ya no me ilusiono tanto. Es cierto que es mejor así. Más vivido, menos excitado, no menos vibrante. Lo que no quiere decir disciplina, ni nada de eso. Construcción en su sentido más plano. Una ingeniería de los días, las semanas.
Hay que pensar en la agenda íntima, habría que pensar en eso como en un campo de batalla. Suele tomarse a la agenda personal como algo banal, y a la agenda pública como el territorio en disputa, pero: la agenda íntima es muy importante.
Cómo trabajarla, cómo usarla.
Experimentemos con seriedad, por favor.
Hace varias semanas que tiendo a pensar mi agenda como un archipiélago. Como si un Creador jugara a diseñar archipiélagos.
Hay que diseñar agendas.
Bueno, me mantengo en el presente puro y la teoría.
Porque el año…
porque el año…
Tal vez, el collage tenga también una utilidad práctica: poder recurrir a esos retazos, sembrar el camino de retazos para recurrir a ellos en momentos como este, y no tener que retroceder con todo el cuerpoespíritu, con los costos que eso conllevaría.
Si estoy bien, tomando algo, empezando a cocinar para hoy y mañana, ¿por qué debería tomar aire y zambullirme de vuelta en todos esos días?
Tal vez, porque esa es la gracia de este juego. Tal vez el Yo-Collage puede ser muy efectivo para un lector, pero este es mi juego solitario y lo que tiene que actualizarse, primero, es mi cuerpo en palabras.
En realidad, también es honesto hacer el recorrido (el remontaje y montaje narrativo), cuando es práctico en el presente, cuando se comienza a tornar imprescindible. Quiero decir: una forma de convivir con fantasmas en un monoambiente.
Fantasmas: movimientos y gestos que se demoran un poco y conquistan un espacio sin tiempo. Y yo acá, quiero decir, todos acá, enchufados, hablando. Cuando todos los fantasmas están enchufados, y todas sus bocas abiertas, y ya no se escuchan entre ellos… organizarlos es des-angustiarse. Lo vamos a llamar la “asamblea íntima”. No interna, como escribí primero y después suprimí, porque sucede afuera, esa es la gracia de la vida monoambiental.
Como me ha contado Sic acerca de la “mente holográfica”, o algo así. (Le creo tanto cuando habla que nunca escucho bien los detalles). Que cada tipo de pensamiento, o idea, o recuerdo, o conexión, digamos, cada objeto de producción mental ocupa un espacio en el.... espacio, real, físico. Que puede reconocerse (en qué parte del espacio que me circunda veo yo determinado recuerdo, hacia donde me dirijo para imaginar o proyectar, etc.) Esa idea, de por sí incontestable, gana matices inquietantes si se la despliega en la vida de una persona en un monoambiente. Todo lo que se ve está tocado, penetrado, por la mente. Todo es mente. Así, bailar o limpiar el monoambiente puede ser una sesión de terapia, o una danza ritual, o una sesión de espiritismo.
Y así se pueden recorrer zonas del espacio cargadas de pensamientos malos, maquinaciones (la caminata queda trabada entre dos cortes, no deja de ir y venir), zonas tentadoras y efímeras, zonas donde quedaron sembrados de manera imperceptible pensamientos o recuerdos que un buen día aparecen como salidos de la nada: al abrir un cajón, acomodar unos juguetes, barrer una esquina poco consciente.

La escritura como forma de limpiar, la limpieza como una de las artes efímeras.
Limpiar la casa: doble vaciamiento simultáneo. Yo - Casa. Se limpian las huellas de la actividad del yo en el espacio, el espacio se vacía de Yo. Y yo me vacío (me-olvido-de-mi) en la actividad de limpiar.
El Yo se vacía en la Casa que se vacía, y entre ambos (Yo, Casa)
son-mos ninguno.
Vaciarse.

Si me preguntan por mi monoambiente yo, diga lo que diga, voy a hacer foco, primero (inmediatamente) en el sector de la zapatilla donde se enchufa el cargador del teléfono, al lado de la cama, en el preciso instante en que llegué, alrededor de medianoche, con mi amigo Galle, que me llevó en auto desde la clínica de Lomas de Zamora en la que había entrado, recién, de urgencia a terapia intensiva, la Serenita.

Uf.

Nos habíamos quedado sin cargadores, nos quedábamos sin batería en los teléfonos, incomunicados. En el infierno, incomunicados. El cargador que tenía yo cuando todo empezó ese día, lo perdí en el remís que me llevó desde el centro médico de Avellaneda a la clínica Boedo, en Lomas.
La desesperación por el estado crítico de Serena se yuxtapuso en mi mente con la necesidad de conseguir un cargador.
Todavía sueño con cargadores.

Uf

Cualquiera puede escribir la palabra uf. Y agregar: acabo de exhalar un suspiro profundo.
Pero, hay que creer. Aunque sea verdad, hay que creer. Quiero decir: creer a propósito es algo difícil, muy preciso, puntual, agotador… más allá de que se trate de la verdad. ¿No? Creer no es creer en la verdad. Uno cree cuando no puede hacer otra cosa. Cuando no tiene otra cosa para hacer.
No hay que burlarse de la fe ajena, ni de la propia, ¿cierto?
Aparte, la fe siempre es ajena.
No tiene sentido, ni fin práctico, no favorece a nada ni desenmascara nada que esté firme y maquiavélicamente enmascarado. Un tipo anodino tirándole agua “bendita” a mi hija enferma y dormida logra producirme, al mismo tiempo: profunda vergüenza ajena y una ternura potentísima, ancestral, inexplicable.
Quiero decir: él no es nadie; ellos no son nadie. Son encarnaciones visuales, por no decir alucinaciones, de los que necesitamos creer, en el momento justo.
Es una obviedad: quien quiera aprovecharse de eso, lo hará con facilidad, y podrá considerarse fácilmente como un enemigo de la vida. Pero subestimar, o burlarse de eso, que viene a ser la doctrina en la que he sido criado, es un signo de inhumanidad no tan lejano.
Un poco de humildad, nada más.
Esto parece una guerra larguísima alrededor del cosmos por la conquista de un brevísimo espacio de humildad.
Ahí, llorando. Yo ahí, llorando, como un…
El llanto es algo efectivamente intenso. Es la definición misma de intensidad. Al menos aquel llanto. Que no busca nada, que no puede lograr nada, que no se arraiga en el pasado (el llanto por el hijo sano) ni en el peor futuro (el llanto por el hijo muerto), sino que es un presente exhausto de impotencia. Cansado de tanto no-poder. Ese llanto es, digamos, la expresión física positiva de la impotencia.    

Dios nació cuando los hijos van a la guerra.

Una de las primeras tardes fui de Lomas a mi casa en Barracas (es notable como, a pesar de que estoy ahora en mi casa, la redacción natural de esta frase se impone en sentido inverso, como si todavía estuviera allá); a buscar ropa, juguetes de Serena, pegarme una ducha. Cuando empecé a volver ya era de noche. Mientras caminaba hacia la parada del 100, se levantó el viento. No un viento, ni un par de vientos, ni cierto viento fuerte: se levantó EL viento. La poca gente en la calle se tapaba los ojos, se agarraba de estructuras sólidas para no volarse. Yo tenía presente que en ese mismo instante muchas personas que conocen a Serena estaban improvisando sus llamados, sus empujes, imponiéndole condiciones al caos para que la energía se condujera en la dirección necesaria… Algo me puso optimista.
Al día siguiente empezó a mejorar. Nos dijeron que no iba a ser necesario hacerle diálisis. Mientras dormía le explicamos que tenía adentro un bichito malo que tenía que sacar del cuerpo haciendo pis. Y empezó a hacer pis. A llenar bolsas de pis.
Después me explicaron que el viento ese es propio de la primavera, que sirve a la reproducción de las plantas. Era 23 de septiembre.
Hoy es 22 de noviembre, son las tres y media pasadas de la tarde (ya almorzamos con Sere y Ayi lo que en el párrafo que viene todavía estaré cocinando); Sere está en el jardín, y es muy fácil para mí escribir las palabras:
estoy llorando.    

Buena parte de la bondiola va al horno, la otra al freezer. Me he inventado el siguiente sistema: cada vez que compro una pieza de carne más o menos grande, saco una parte y la freezo. Entonces, cuando es necesario descongelar la heladera (esta heladera grandota y antigua que por la noche imita el canto de los grillos en la llanura) tengo el incentivo de ver cómo el inmenso bloque de hielo va cediendo y permitiendo descubrir, en su interior, secretos cárnicos que van a parar, ahí mismo, a mi parrilla de balcón.
Es, en parte, como algo que debo haber contado en algún capítulo antiguo de esta novela: aquella costumbre de guardar, al final de cada temporada, billetes en los bolsillos de pantalones que ya no voy a usar por unos meses, para tener la sorpresa de encontrármelos después.
Son las estaciones.

Ahora también: un seudo chucrut, con repollo, manzana, cebolla, vinagre… A llenar el ambiente de olor! a saturar, a saturar!
A celebrar este día de repliegue y ensimismamiento y des-simismamiento.

En la esquina de la clínica Boedo abrió un boliche de sandwiches a la parrilla justo el día en que internaron a Serena. Fueron dos semanas. Probando cada uno de los sandwiches. Cada vez, una isla: una perspectiva panorámica. Primero el infierno, después el encierro incierto, después incomodidad, esperanza, ansiedad, alivio. Cada estación con sus condimentos.
Ante la explicación de Sic acerca de que lo sagrado es el punto exacto en que se cruzan lo íntimo y lo cósmico, mi nuevo amigo Vasco, de-morador de la casa de Li To, cuenta que encuentra ese punto exacto en la comida, o en el comer.
Busque cada uno su punto exacto.

El monoambiente es como si el cuerpo fuera transparente y la temporalidad, flexible. La ropa del invierno y el verano, los juegos de Serena y los instrumentos de trabajo, la música posible, los libros seleccionados, para grandes y para chicos, los tamaños: la mesa grande y la mesa chica, la silla grande y la silla chica, el tiempo estacionado.

Es un momento de incertidumbre y crisis, como todo momento. Pero ahora, esta vez, estoy seguro de algo: mañana va a ser mañana. Voy a cruzar un par de veces el puente Pueyrredón, una de ellas con Serena.
Siempre cantamos la canción del caracol que lo trepa. Ella ama el puente Pueyrredón. Nos preguntamos seguido, en esos viajes, qué pasaría si lo sacamos y lo traemos a casa. Por momentos parece una mala idea: los autos se caen.
Pero no deja de ser una posibilidad.   
Yo siempre miro, me pongo de repente extremadamente perceptivo, o perceptivo de otra manera, como si yo, en efecto, fuera otro.
A veces el riachuelo está crecido, a veces está bajito.
Mirá, está alto, mirá, está bajando.
A veces huele mal, a veces peor.
Es mi relación precaria, recuperada sobre la nada, con la naturaleza entre ciudades en la que vivo.

Me río de mí; me gustaría reírme de mí hasta no ser más: hasta no poder más. Pero es arduo: el diosito que me dieron, el diosito escéptico y pendenciero de los ateos que me armaron de chico y todavía hoy me-me-rodea, es difícil de eludir.

Este año volví a escribir los sueños, gracias al trabajo con mi amigo Guga; los anoto en un cuaderno chiquito; cada sueño no debe ocupar más de una página, así que tienen un formato muy particular.   
Un día soñé esta idea:
un problema muy grave de la inmortalidad,
si se dieran las condiciones genéticas para la inmortalidad,
es que la muerte accidental sería algo
tremendamente, infinitamente peor.
Si un accidente provocara una muerte
interrumpiría una vida “interminable”; sería demasiado.
Ningún inmortal admitiría
jamás
correr ningún riesgo.
Ninguno viviría en absoluto.

Capaz que eso de evitar el collage respecto de lo ya escrito y basar todos estos capítulos en la escritura más o menos espontánea de este día, no deje de ser una moral autoinventada.
Basho, el maestro del jaiku japonés, siglo XVII, escribió un único libro narrado: un relato de un viaje por los caminos hondos de su país; cada capítulo es un fragmento de itinerario que suele terminar con el poema que escribió en el momento.
Entonces me despido así hasta el año que viene.

La vida es una pausa de guerra
en un desierto de paz
Dentro de la vida, la paz es una pausa
entreguerras.
Una demora santa
que arrastra.
Recuerdos del desierto.

Monday, November 23, 2015

Una vez por año #8

8

Es mejor escribir en capas.
Ayer el texto empezaba así:
Apretar botones. Hacerlos hablar. Que digan lo que saben, los delatores:
que una palabra es – también
una canción robótica,
percutida pero arrítmica,
 sensorial          sensible.
Apretar botones, salir.
Una vez más: había una vez - más.

Aunque parezca raro: lo peor halló pasado.
Entre el texto anterior y este, entre el último capítulo y el siguiente, pasó algo de lo peor. Algo que se puede llamar así. El peor escenario con los peores actores, en un solo intervalo.

Debería hablar de hoy, contar mi vida desde hoy, establecer el código narrativo de este día largo. Es una pregunta, aunque sin signos. Es un ejercicio que hemos ejercitado con los participantes del taller de estrategias vitales. Ellos contestan, lo han hecho.
Escribo por capas. Recuerdo anotaciones en un pizarrón.
El pensamiento es una forma del dolor que la escritura alivia.
La escritura como un aliviador, en el sentido, al menos, hidrográfico.

No quiero hablar de mí, con datos e información. Esta vez quiero intentar otra cosa pero no sé si puedo.
Diría, me haría acordar de que: la escritura, como régimen de efectos, es una herramienta valiosísima para la investigación acerca de lo que se puede. ¿Podré?

La verdad: tengo miedo. Por un lado, cierto temor; por otro: miedo puro.
Qué decir, cómo callar. Y, especialmente, para qué.
Y el poema: un sistema de silencios, mucho más que una receta formal.
Pensar que alguna vez escribí novelas.
(Esto no empieza más).

Hoy, con Serena en la terraza. Le tiene miedo a la mariposa, asusta a un gato gordo. Nos abrazamos, me palmea la espalda. Todas las cosas de mi casa quedan teñidas por su gestualidad – a salvo.
Ella y su juego con las puertas, en el tono de Ponge cuando compadece a los reyes porque “no tocan las puertas. No conocen esa felicidad: empujar hacia delante con suavidad  o bruscamente uno de esos grandes paneles familiares, volverse hacia él para devolverlo a su lugar –tener en brazos una puerta.”
Así es la atención al derrotero creador de un bebé sabio: la posibilidad de volver a las cosas sin mediación, de rejuvenecimiento súbito del vínculo con cada cosa y cada palabra que intenta nombrar la cosa y no puede más que arrinconarla, asediarla –hasta encontrar algo indecible, lo bebé de la cosa.

Llorar un rato, en una habitación rota, que es el mapa de una vida.
La pared descascarada, información de vigas maestras, humedadecimiento, mundo marino. Sin autocompasión, sin autocelebración, ese es el desafío: solo conexiones, caminos, poemas. Sin jerarquizar. A lo sumo un poco de vino.
Es húmedo este pantano: cuando vengo a escribir de madrugada tengo que sacar los caracoles de arriba del teclado. Ponge, otra vez, dice que los caracoles son santos: “…en que obedecen precisamente a su naturaleza”.
“En su obra no hay nada exterior a ellos, a su obligación, a su necesidad. Nada desproporcionado, por lo demás, a su ser físico”.

Caracoles, silencio, repeticiones, dolor. Votar a Scioli para perder con macri (¿era necesario?): el peor escenario con los peores actores. Las metáforas, analogías, homologaciones, metonimias, desplazamientos, fábulas, por ahora pueden irse a pasear.

Tengo la lengua en los dedos, y me da miedo soltarla. Me temo. Que.

¿Se entiende? ¿Se escucha? ¿Se siente?
Probar sonido, como cada vez, probar sonido, imagen, lengua, biografía muscular. Desperezar: así se empieza, así se pasa de un año de quietud a un capítulo de movimiento. Como el mármol del umbral de esta casa, partido por la fuerza de la raíz de un árbol: cómo la fuerza no necesita en absoluto de la aceleración para operar.

Escribir apenas para extender el campo de la presencia. Escribo diarios, todo el tiempo, sin parar ni para escribir, y hay cosas, sin embargo, que se resisten, que se demuestran imponentes en su inescritura: como aquella tarde.

Me gustaría terminar este texto pronto, sin alardes, sintetizando sus componentes activos y metabolizándolos. El hígado es cribe (según RAE: “Someter a una selección rigurosa un conjunto de personas o cosas.

En una plaza del microcentro, ella duerme en su pequeño coche: la miro, no pasa nada. Son sólo un par de horas en el centro, sin centro, sin casa, sin nada, sólo dos horas para dar vueltas con un bebé en un cochecito, por el centro, plazas llenas, vendedores ambulando… ella, sabia, se duerme, serena.
La palabra es: desolación. O bien: intemperie.
Papá la mira, no debe dormir, no ha comido en todo el día, viene de un trabajo nuevo y más tarde tiene una primera clase de taller… Dos horas en el microcentro, ella dormida y él micro sentado, con frío, sintiendo el pasto húmedo, cuidando, contracturando, para qué. No hay más, no se puede más. La humillación, el sometimiento a una ley insensata, el budismo forzado como estrategia contra un poder abusivo y gozador, demasiado; todo coagula en el relato impotente, la rabia se excede, se satura, y de pronto el silencio.

Importante: no identificarse a los procesos mentales. 1 no es exactamente eso que está pensando, y que pareciera no poder parar de pensar. La máquina. Lo dice Gurdjeff, o Nestor Sanchez, o Baigorria.
Cuántos nuevos amigos de esos, este año. Poder hablar de artes marciales, poder hablar de feminismo, poder hablar del I ching, de la escritura, de la locura, de las canciones. Hasta no tener nada que decir, y vivir cada vez en lo que puede ser dicho.
Buscando una palabra que pueda ser dicha.
Volvamos a la plaza microcéntrica: la vida en el mundo se ha vuelto un dolor de cabeza sin precedentes. Si uno fuera terrorista… pero uno justo es el mundo civilizado intentando demostrar el poder de la razón, qué cagada que nos haya tocado esto y no lo otro.

Odiamos el centro.
Siempre los otros son hegemónicos, siempre nosotros minoritarios.
Curioso.

Y ahora, que hemos perdido por completo, y casi nada tenemos por perder, agárrense: ahora no queda otra. Escribir para sobrevivir, biopolítica para sobrevivir.
Como hacen los padres en las plazas.

Dura un segundo: pienso que podría abandonarlo todo. Nunca lo había sentido así, y ahora lo percibo como una iluminación:: podría de veras fugarme, soltar amarras definitivas con cada una de las cosas que me enganchan al mundo, puedo, lo estoy viendo, las palabras me atan y me puedo desatar: abandonar, todo, con los ojos cerrados miro para dentro y veo un camino interminable de fuga, de des-sujetamiento, puedo llegar a faltar, ahora lo sé.
( )
Dura un segundo.
No obstante, algo queda. Porque al rato tengo un calambre en una pierna, y en lugar de sufrirlo como dolor de pierna lo percibo desde afuera. Me parece información, me parece interesante. A alguien le está pasando esto, y el hecho de que justo ese alguien sea yo… no resulta importante, ni menos justo.

Porque YO es uno solo, pero repetible: hay otros, equivalentes, equidistantes, se los puede leer, acá y allá, como las luces de un árbol de navidad:
Se encienden, se apagan
Los padres de las plazas.

El Tao te king es un libro que se debe usar cuando ha comenzado la vida real. Antes es… peligrosamente inocuo. La vida real es esto: saber que un odio así no es algo de todos los días, no es desperdiciable.
No obstante: conocer el funcionamiento de un sistema es muy parecido a obedecer. Pero no es lo mismo.

Si quieren pararlos
¡Los van a tener que matar!

Durante todo este año, más aún durante los peores momentos, pensé en esta instancia de escritura capitular, pensé en capitular. Que iba a ser demasiado. Que no iba a saber callar, y entonces no iba a poder decir, qué horror.

Y aceptando que tenía dentro de mi caja de herramientas la posibilidad de fugarme de una vez por todas, de una vez y para siempre, etcétera, supe que no lo iba a hacer, por una única y simplísima razón. Que parece una locura, una sinrazón, que no se parece a nada y mucho menos es. Por mi pivote único, unilateral: algo mucho más importante, denso, potente, repetitivo, lúdico y enseñante que aquello otro llamado amor: es una suerte de principio inalienable de realidad, una estabilidad enloquecida. Esa presencia tiene en mi vida  una potencia que no puedo creer, que no requiere de fe: es, y al mismo tiempo, es reventar. No discute ni se compara con nada. ¿Por qué? Porque a veces existe el principio de “por qué no”. No siempre.
Amor sí, macri no, dicen los chicos que no saben de amor, que no saben que el amor es una guerra de miembros mutilados y cuerpos enlazados, un cuerpo mitológico de dos mitades derechas; el amor ES macri: la mitología que allana el camino a todos los abusos. No es cierto, no es así: el psicoanálisis, la moral de la interpretación, el cuidado incondicional de la lengua de Lacan, el sicario intelectual de patriarcado, es una máquina institucional de dolor.

Los padres de las plazas son aquellos monstruos raros, algunos con rastas, otros vestidos de oficinistas o de obreros de la construcción, hipsters o metaleros, cada uno igual a sí mismo: ni infantilizados ni feminizados a la fuerza, quiero decir, ninguno creyendo que ser papá, ser la compañía papá de su hijo, implica un disfraz, un sometimiento a una fuerza externa, ajena, alienada.
Como los caracoles. Esa es la obra.
Los padres de las plazas andan en horarios imposibles por calles abandonadas, hasta llegar a los juegos necesarios, a esos espacios de la vía pública que permiten un alivio, un descanso único. Y ahí son, ellos enlazados de manera única, final e inevitable, con sus hijos. No tienen hijos, no entretienen hijos: los padres de las plazas se disuelven y se vuelven con sus hijos una singularidad fundante, luminosa. En la que, como en la danza de roles intercambiables entre las palabras y las cosas, no hay un amo y otro esclavo.
Los padres de las plazas están de parte de las cosas.
Allí late el germen mutante del anarco taoísmo.
Bajo el sol de la siesta, en la lluvia del otoño, durante el partido de argentina o el riverboca, en medio de un balotaje, a la hora de los saqueos o a la de tinelli: la calle queda libre y ellos, los padres de las plazas, emergen en toda su incomprensible e imposible prestancia, algo heroica pero más o menos, siempre perdedores y humillados, potentes y en pie de guerra para la delicada batalla del cariño eterno.
Los padres de las plazas.
Ahí están, ¿los ven?
Cada uno es diferente, único, pero todos tienen algo que los conecta, que no se puede definir ni describir.
Miralo a ese: empuja la hamaca. El hijo se va, retrocede en su campo visual, se aleja, y: mirá la mirada de papá, se nota que cree, siente, entiende, que no sabe si su hijo va a volver, y sin embargo disfruta de ese viaje infantil, ensoñado; pone todo de sí para dejar de ser él, para saber algo más de lo que significa alejarse y acercarse, y ahora de vuelta, acá esta, el bebé mirándolo, siendo todo presente. Y a pesar de haber sufrido como un condenado 
(lo está), 
a pesar de saber que esa distancia es fuente de pesar, vuelve a empujar. Vuelve a empujar. Vuelve a empujar. Vuelve a pesar: todo pesa, todo pasa.
Y su hijo se aleja, y vuelve, se aleja y vuelve.
Ellos, los hijos, a veces lloran, ríen; como bebés, o como los padres de las plazas.

Después del estallido o la disolución-desilusión de la intimidad familiar, la relación de un padre y un hijo pasa de lo privado a lo social, y en muchos casos, de derrota inexpugnable, ese movimiento implica un pasaje equivalente de lo íntimo a lo público: así, la relación de un padre y un hijo no encuentra más marco que una plaza. Porque, en realidad, expulsado o impedido de cualquier marco (hasta a veces mediante el uso de la fuerza, como la fuerza que radica en toda puerta cerrada), los padres de las plazas encuentran en la vía pública el único escenario posible para una relación petardeada por enemigos internos, públicos, jurídicos, históricos, mitológicos, culturales.
Esto es así: el patriarcado necesita padres que ganen plata y organicen familias  imponiendo y distribuyendo límites y distancias entre los cuerpos (el rol, la función, como reza la épica lacaniana). Cuando un padre quiere poner el cuerpo en la crianza de su hijo, cuando se aparta de esa manera de la funcionalidad que le otorga/pide la sociedad…; entonces el patriarcado descarga sobre él su desprecio totalitario mediante sus ocasionales representantes.

Es triste. Pero los padres de las plazas, al menos según lo que se puede ver en la calle cada día, no crecen en esa tristeza. Invaden la calle como hongos, con un canto silencioso, y acá y allá se miran en los ojos de sus hijos y…
No habría que romantizar, ni exagerar las virtudes de los que queremos, de los nuestros. Ni parodia ni apología, intentémoslo.

Pero es que 1 llega a sentirse solo.

Pican los mosquitos en los tobillos, macri presidente.

Pienso en todas las veces que en este año me sentí extraordinariamente solo -como dirigido por una máquina de palabras ajenas. Y recuerdo esos momentos luminosos en que me descubrí de pronto acompañado. Esa sensación exactamente contraria a la de sentir la muerte en el cuerpo, esa de querer salir a correr y festejar sin palabras.
Por ejemplo, cuando me pasaron este fragmento de un texto de V. Despentes.
Del mismo modo, las mujeres ganaríamos pensando mejor en las ventajas del acceso de los hombres a una paternidad activa, más que aprovecharse del poder que les confiere políticamente la exaltación del instinto maternal. La mirada del padre sobre el niño constituye una revolución en potencia. Los padres pueden hacer saber a sus hijas que ellas tienen una existencia propia, fuera del mercado de la seducción, que poseen fuerza física, espíritu emprendedor e independiente, y pueden valorarlas por esta fuerza sin miedo a un castigo inmanente.

En el espejo tengo algunas canas en la barba y una mirada ancestral, inexplicable. Me miro y no me entiendo. Fuera del espejo, me pregunto si el triunfo del mal no es, una vez más, la excusa perfecta: si un resultado electoral te pone tan mal, entonces tal vez sea el tiempo de ponerte, en serio, a actuar. A consistir. Será cuestión de pensar dónde y cómo.

Ay, ay, los padres de las plazas, en la vía pública. Una intimidad que solo puede desplegarse a la vista -y bajo el juicio- de todos. Los padres de las plazas tienen una belleza inexplicable. Son la causa demasiado perdida, que no puede perder un día más.
Las canciones de este dolor son únicas, irrepetibles, y todos los padres de las plazas son, de algún modo, compañeros.
Valga decir: los padres que miran su celular sin parar mientras esperan que sus hijos no se accidenten y en la medida de lo posible se duerman, no son los padres de las plazas. Los padres de las plazas no miran el celular cuando están con sus hijos: no se trata de una moral sino de una política del tiempo y la presencia. Los padres de las plazas no gozan prohibiendo, investigan. Los padres de las plazas no se vengan, no conspiran, no se imponen, no extorsionan, no se jactan de sus hijos ni jamás se “ponen orgullosos” (porque no son suyos sino que son con ellos –y porque no tienen tiempo).
Los padres de las plazas son una conquista del espacio, están a la vanguardia de la carrera espacial.

Ahí vienen, te abrazan
Los padres de las plazas
Si quieren pararlos
Los van a tener que matar

También están, es cierto, los abogados.
La idea de “abogados culturales” es tan oximorónica como la de “inteligencia militar”. La de abogados familiares abreva en la tradición de lo siniestro.  

Los padres de las plazas son poemas que se desgranan y despliegan en lenguas entrecruzadas de la ciudad.
Los ves.
Avanzan.
Sus miradas son dulces, sus abrazos sinceros: esos niños están siendo tan sinceramente abrazados que podría esperarse de ellos una revolución. Los padres de las plazas, que por supuesto al mismo tiempo trabajan y sostienen, y se fugan y cantan pero siempre ahí, aguantan; los padres de las plazas no refunfuñan, no se quejan, no se disfrazan, no reclaman, no se distraen con ofertas ni con pedidos, no reciben ni dan piropos, no se asustan cuando sus hijos saludan a los otros invisibles: los linyeras, los pibes chorros y todo tipo de sensibilidad ambulatoria; los padres de las plazas… etcétera.

¿Termina así?



Saturday, November 22, 2014

Una vez por año / 7

Preso de una insoportable placidez espiritual, me acurruco en mi milagro secreto, íntimo ritual: otro 22 de noviembre un botón pausa el universo, y frente al pelotón de fusilamiento el presente se congela y me permite lo imposible: escribir sobre la vida, no al respecto sino encima, superpuesto.

Esto debería ser un libro digital que crezca año a año en la biblioteca del lector. El lector que, con solo cruzarse conmigo un día cualquiera y, por ejemplo, matarme, tendría la posibilidad de intervenir de manera activa en el libro que está leyendo en tiempo real. Esto es, incluso como posibilidad mera, de una novedad extraordinaria en la historia de la literatura.
No digan que no les avisé.

La felicidad es un bebé que duerme por las noches.
Esta frase puede ser leída de muchas maneras:
La felicidad es un bebé que duerme por las noches.
La felicidad es un bebé que duerme por las noches.
La felicidad es un bebé que duerme por las noches.

Y puede que haya alguna más que no estoy pudiendo percibir por el problema de la cercanía.

Hasta Serena se acurruca a su vez en la placidez espectral del sueño, pausa, y papá escribe.
En este solemne acto (ya por siempre anterior, originario), apareció ella en la novela. Es la segunda que vez que la nombro.

No debo abusar de la cursiva. Pero es un vicio. Supongo que este año, visto desde alguna perspectiva mística, por ejemplo maya o chinomágica, es de “cambio de vicios”. Una época rica, etapa nutritiva y sabrosa.

Este libro se derramó sobre mi vida y: los diarios, los textos, la escritura como un pulsar constante. Antes escribía cada tanto y con todo, quedaba exhausto, como vaciado, era una cuestión de éxtasis y resaca: vida o muerte. Ahora que escribo todo el tiempo, me veo tentado de, hoy 22N, copiar fragmentos de los diarios de este año y plasmarlos acá para la posterioridad. Pero, al menos por ahora, primera página, me resulta como una trampa. Y escribo. Escribir todo el tiempo es una cuestión de vida y muerte.

Pasó la página en blanco, apasionante. La otra vez, en ese género que podríamos bautizar como “ensayo oral”, con Ign antes de la clase de Pa Kuá, con la inimputabilidad que da una charla repentina justo antes de una meditación (o sea que ninguna de sus conclusiones ni consecuencias puede durar sin disolverse), mencionamos que la página en blanco no implica la angustia ante el vacío sino ante el caos. El vacío forma dupla con el lleno, y el caos de ninguna manera puede formar parte de una dupla, no puede ser reducido a 1 de 2. El caos es lo anterior, el Tao vendría a ser el compuesto que, al ser agregado en el caos provoca un sublime equilibrio que separa lo pesado de lo liviano, y lo pesado se acomoda abajo y lo liviano sube. Entonces se funda el dos. En el caos, el Horizonte Infinito de Antes, moramos antes de ser. Después pasamos al intermedio, La República de los Inconcebidos, una especie de bar de frontera donde somos una dualidad que observa y espera elegir por donde salir. Y al salir entramos en la Tierra de los Vivos. Es en el bar de frontera aquel donde Serena (todavía en su formato dual, hermafrodita, completa) nos vio (a su madre y a mí) en uno de los televisores del bar, donde los Inconcebidos miran las opciones de padres posibles, y nos eligió.

Ese es uno de los archivos que tengo siempre abiertos: La República de los Inconcebidos. Otro se llama “Los días con Serena”, que es la continuación inevitable del “Diario del embarazo”. Y el otro se titula “Apuntes generales”, donde voy organizando mi investigación sobre los textos y las prácticas, la vida y la obra del maestro Zui Long. Pero prefiero no ahondar. Volvamos a la parte playa.

Desperezar, cantar, cocinar, escribir. Beber, patear, dormir, pasear. Por añadidura: comer, leer, escuchar, despertar. Pipa. Acordeón. Vino. Pañales.
Amarlas.
Cada día.
También, por supuesto: lavarlos platos. Potasio. Y cada tanto: recordar la deuda con el monotributo, pagar el alquiler y la conchuda de la inmobiliaria que no acepta billetes Evita serie A.
Vamos ganando.
Es recuperar las Malvinas cada día. Salir del colchón nuevo con esa esperanza. Las Malvinas: lo que se desea perdido, el cuerpo impropio. Siempre muy al sur. Frío, frío.

El colchón nuevo: son unos nuevos resortes. Son unos nuevos sueños para armar. Son unos nuevos veranos de atardecer en el mar. Son unos nuevos rituales de queso y zapallos en almíbar. Latas y frascos rellenan estantes: el futuro es vertical. Cuentos que encastran como juguetes de nenes muy, muy grandes. Gorros de lana, palabras de goma, gobiernan la oscuridad.

Lo curioso es que no soy exactamente el autor de esta novela: soy el personaje y el narrador. El autor es la vida, el caos.
El autor es también usted.

Recién ahora me doy cuenta de que siempre fui un fanático del futuro. Y que inventar caminando canciones súbitas para bebé es una de las tareas más atinadas en la conquista de lo efímero. Y ojo, que lo efímero no solo se enfrenta a lo trascendente sino también a lo rutinario.

Pensar conectando argumentos es la forma de la máquina (la angustia y el laberinto). Pensar en preguntas y respuestas es la forma de la vida (el alivio, el nacimiento y la muerte). Pensar en melodía sobre ritmo es la forma de la naturaleza. Recién hoy, al bañarme, pensé por primera vez que la vida es algo absolutamente prescindible en el universo; y que sin embargo en el universo todo se mueve. Siempre había pensado a la vida y al movimiento como la misma cosa. Insólito.
Hay algo mucho más importante que la vida: el movimiento. ¡Qué verdad mineral!

Encontrar un maestro, un guía, es algo maravilloso. Más magnífico aún es inventarlo.
Me han pasado las dos cosas en poco tiempo.

Mirá, ya se le ve el pelo.


Todo es patafísico, todo sirve por una vez. La experiencia es un peine inútil, la verdad es descartable. Para distraerse, durante dos días de contracciones continuadas pero justo irregulares, ver capítulos de Ranma y ½. Jugar al fútbol en la terraza. Una pelota siguiendo a otra.

La mar estaba serena…; romper bolsa.

Y trabajar, siempre trabajar. En silencio, por lo bajo, como un secreto.

¿La rutina es una coreografía? O la coreografía es la forma de bailar la rutina. La improvisación es el destino. El devenir de los impulsos vuelto construcción primaria, presente salvaje. No se entiende nada. Pero está la musiquita, eso sí.
¿Lo próximo será el baile? ¿Los idiomas?
Escribir es bailar sin el cuerpo, pero…

¿Un nacimiento es una cita a ciegas con la persona más amada?
Ver salir a un ser amado de adentro de otro ser amado. En vivo. Impossible is nothing. Just do it. Etcétera.

¿Por qué será que las personas vinculadas a la literatura son, casi sin excepción, o hippies o soretes?
Con todo el respeto que me merecen los soretes. Habría que escribir una escatología de la historia humana. ¿Ya lo han hecho? El bebé, el encuentro con lo primitivo, con lo olvidado y lo reprimido, es el retorno triunfal de las artes del cuerpo. La caca.

Caca.

En el medio, un mundial de fútbol. Una final del mundo. Gritar el gol contra Suiza con Serena en brazos, que ella estalle en llanto y me salve de ver la jugada siguiente, la del tiro en el palo del infarto. Todo se historiza tan pronto cuando el fútbol media. Que la madre le de la teta en otra habitación mientras pateamos los penales contra Holanda. El recuerdo de mi padre cuando yo tenía cuatro años y él saltaba y golpeaba el techo del departamento a cada gol contra los ingleses y los alemanes. Vivir en una casa de techos altísimos y perder contra la alemaña. Pensar, a los pocos segundos del gol de Götze, en Rusia, con la serenita de cuatro años, y el Tata Martino en el banco.
Fanático del futuro.

Se está tan bien acá dentro. Se siente bien, confortable. Placer. Habitar unas páginas como personaje, aunque sea una vez por año, es una experiencia… placentaria.

Hace unos días que se me activó el resorte de reprimir, o dejar caer, todo proyecto o idea de futuro. Es un descubrimiento, es interesante. Raro: como cuando dejé de fumar y contaba (contabilizaba y narraba, en un cuaderno) los “latigazos” de ganas de fumar. Inventar el cigarrillo no fumado. Sentir la tendencia del alma, el recurso del cerebro, y dejarlo pasar. Dejarlo caer, sostenido en una idea (ficción, utopía, sensación) de presente.
Es lo que hay, es lo que somos… La felicidad es algo muy raro y difícil de digerir para un estómago inquieto, oscuro y desmesurado.
Todo el tiempo.
La felicidad es un bebé que duerme por la noche.
¿La ansiedad es un bebé que despierta por la noche?

Pensar que he desarrollado tantos argumentos para defender a la ansiedad y liberarla de su mala prensa. Quién me ha visto y quien me ve…
En serio: ¿Quién me ha visto?
¿Quién me ve?

Una de las doce mínimas para mi hija serenita:
No te conviertas en ningún personaje del que no te puedas reír.

Porque la felicidad, como proyecto supuestamente unánime y de carácter publicitario, exige y reclama. Hay que responder a la pregunta por la felicidad bajo presión: y vos qué hacés, cómo lo hacés. A ver, veamos el resultado…
Hasta que un día me di cuenta de que más que tener una vida feliz, yo quería que la vida me resultara interesante. Cambio de plano, de paradigma, alivio y demás. Algo que ver con el estilo. Con la errancia, el devenir, el destino.
Se azotó la puerta: qué susto.

Grandes libros de este año: Minga, de Jorge Di Paola. Por qué leer a los clásicos, de Calvino. Frankenstein. Métodos, de Francis Ponge (casi una Biblia súbita. ¿Algún generoso lector de esta novela pública secreta tendrá “el partido de las cosas”, como para prestarme?)

No quiere decir que reprima las imágenes de un futuro proyectado como el bombero que apaga el fuego, agua la fiesta: no, simplemente dejo que caigan en un compartimento distinto, no activo y voluntarioso sino contemplativo, como si fuesen nubes de formas inquietantes, para nada enfrentadas con el presente. Quiero decir: vivir en Mendoza con uvas y olivas, en Marsella trabajando con el Loco Bielsa frente al mediterráneo o en el sur de Italia con familia generosa de amor y música constante; observando el movimiento de los pollos al spiedo, o en una dietética misteriosa que oculta en su fondo un salón con piano, en Mar Azul, trabajando en la cocina en el verano y escribiendo abrazado a ellas en el invierno junto a un hogar encendido; Punta Indio, cazando hongos y cosechando especias; y etcétera. Todo eso sí, encendido, pero como una forma más de habitar el presente. Porque la gracia es que, si tuviera que elegir una de todas esas opciones que se tienden infinitas en la siesta de mi mente, tendría que descartar todas las demás. En cambio, puedo convivir con todas en este presente multiversal… etcétera.

Íntimo y universal: sagrado.

El estilo, queridos idiotas que piensan en “la forma”, y en “el cómo”, el estilo que no es del estilista o peluquero sino del artista artero, es la ética en la elección del enemigo, es la configuración de monstruos y la estrategia en la utilización de arquetipos para enfrentarlos. Que la forma y el contenido no se distingan, queridos idiotas, no quiere decir que la forma sea todo, sino que aquello que quiere ser dicho no puede no configurar su propio modo de ser expresado, puesto en el mundo.

Dadas las condiciones del mundo actual, esta novela está escondida en una montaña.

Daniel Li y Macedonio Fernandez explican que existen tres planos vitales que se conectan, sostienen y contienen: el pragmático, el ético y el místico. Que es preciso no intentar resolver los problemas de un plano con herramientas de otro plano.
Piedra, papel o tijera.
El hijo, el árbol, el libro.  

Es demasiado pronto para el árbol. Los libros y Serena son pasiones, amores del movimiento. El árbol, enigma y éxtasis de la quietud, todavía no tiene dónde.
Amo, tengo, escribo, creo. Pero no me planto, todavía.

¿Y el agua?

Se azotó la puerta de vuelta, ¡mierda! El viento es una fábrica de fantasmas. Y entregar una casa en alquiler y llevarse los picaportes y las tapas de los inodoros es poco elegante: mierda. Eso sí: ahora vivimos en Barracas, y es nuestro barrio. Es actualmente antiguo, con iglesias y gatos bebés y judíos ortodoxos. Y está en una ciudad, llamada Buenos Aires, que siempre convoca a irse, pero acá estamos. Le dije a Lula que quería su cuadro de la liebre, y que quería que mi casa fuera todo aquello que rodea a la liebre. Y cuando la libre apareció en la pared de una estación de subte, a donde me bajo para ir a patear fantasmas con ancestrales piernas de nene, entendí que esta ciudad es mi casa.
Tal vez entonces ahora me pueda empezar a ir. ¿Nos iremos? Siempre es bueno tener a donde caerse muerto y de donde escaparse vivo. 
Como un caracol trepando el Puente Pueyrredón: escapar de la casa y que ahora la casa seas vos.

¡Que nos vendan gato bebé por liebre suspendida! Que nos vendan caracol, pero lentamente, lentamente.

En el capítulo pasado Serena era menos que un poroto. Hoy comió banana pisada.


Esta vez me gustaría terminar de pronto, y sin gritos. Como contando un secreto secreto, como secretando un cuento.


Así, acompañando el fin de la historia de una gota que cae. Despedirme, dar reinicio a la vida, se escuchan los disparos que me cosen a la pared, y prometerme volver junto a nosotros con la próxima gota, dentro de un año.  

This page is powered by Blogger. Isn't yours?

Subscribe to Posts [Atom]