Monday, November 23, 2015

Una vez por año #8

8

Es mejor escribir en capas.
Ayer el texto empezaba así:
Apretar botones. Hacerlos hablar. Que digan lo que saben, los delatores:
que una palabra es – también
una canción robótica,
percutida pero arrítmica,
 sensorial          sensible.
Apretar botones, salir.
Una vez más: había una vez - más.

Aunque parezca raro: lo peor halló pasado.
Entre el texto anterior y este, entre el último capítulo y el siguiente, pasó algo de lo peor. Algo que se puede llamar así. El peor escenario con los peores actores, en un solo intervalo.

Debería hablar de hoy, contar mi vida desde hoy, establecer el código narrativo de este día largo. Es una pregunta, aunque sin signos. Es un ejercicio que hemos ejercitado con los participantes del taller de estrategias vitales. Ellos contestan, lo han hecho.
Escribo por capas. Recuerdo anotaciones en un pizarrón.
El pensamiento es una forma del dolor que la escritura alivia.
La escritura como un aliviador, en el sentido, al menos, hidrográfico.

No quiero hablar de mí, con datos e información. Esta vez quiero intentar otra cosa pero no sé si puedo.
Diría, me haría acordar de que: la escritura, como régimen de efectos, es una herramienta valiosísima para la investigación acerca de lo que se puede. ¿Podré?

La verdad: tengo miedo. Por un lado, cierto temor; por otro: miedo puro.
Qué decir, cómo callar. Y, especialmente, para qué.
Y el poema: un sistema de silencios, mucho más que una receta formal.
Pensar que alguna vez escribí novelas.
(Esto no empieza más).

Hoy, con Serena en la terraza. Le tiene miedo a la mariposa, asusta a un gato gordo. Nos abrazamos, me palmea la espalda. Todas las cosas de mi casa quedan teñidas por su gestualidad – a salvo.
Ella y su juego con las puertas, en el tono de Ponge cuando compadece a los reyes porque “no tocan las puertas. No conocen esa felicidad: empujar hacia delante con suavidad  o bruscamente uno de esos grandes paneles familiares, volverse hacia él para devolverlo a su lugar –tener en brazos una puerta.”
Así es la atención al derrotero creador de un bebé sabio: la posibilidad de volver a las cosas sin mediación, de rejuvenecimiento súbito del vínculo con cada cosa y cada palabra que intenta nombrar la cosa y no puede más que arrinconarla, asediarla –hasta encontrar algo indecible, lo bebé de la cosa.

Llorar un rato, en una habitación rota, que es el mapa de una vida.
La pared descascarada, información de vigas maestras, humedadecimiento, mundo marino. Sin autocompasión, sin autocelebración, ese es el desafío: solo conexiones, caminos, poemas. Sin jerarquizar. A lo sumo un poco de vino.
Es húmedo este pantano: cuando vengo a escribir de madrugada tengo que sacar los caracoles de arriba del teclado. Ponge, otra vez, dice que los caracoles son santos: “…en que obedecen precisamente a su naturaleza”.
“En su obra no hay nada exterior a ellos, a su obligación, a su necesidad. Nada desproporcionado, por lo demás, a su ser físico”.

Caracoles, silencio, repeticiones, dolor. Votar a Scioli para perder con macri (¿era necesario?): el peor escenario con los peores actores. Las metáforas, analogías, homologaciones, metonimias, desplazamientos, fábulas, por ahora pueden irse a pasear.

Tengo la lengua en los dedos, y me da miedo soltarla. Me temo. Que.

¿Se entiende? ¿Se escucha? ¿Se siente?
Probar sonido, como cada vez, probar sonido, imagen, lengua, biografía muscular. Desperezar: así se empieza, así se pasa de un año de quietud a un capítulo de movimiento. Como el mármol del umbral de esta casa, partido por la fuerza de la raíz de un árbol: cómo la fuerza no necesita en absoluto de la aceleración para operar.

Escribir apenas para extender el campo de la presencia. Escribo diarios, todo el tiempo, sin parar ni para escribir, y hay cosas, sin embargo, que se resisten, que se demuestran imponentes en su inescritura: como aquella tarde.

Me gustaría terminar este texto pronto, sin alardes, sintetizando sus componentes activos y metabolizándolos. El hígado es cribe (según RAE: “Someter a una selección rigurosa un conjunto de personas o cosas.

En una plaza del microcentro, ella duerme en su pequeño coche: la miro, no pasa nada. Son sólo un par de horas en el centro, sin centro, sin casa, sin nada, sólo dos horas para dar vueltas con un bebé en un cochecito, por el centro, plazas llenas, vendedores ambulando… ella, sabia, se duerme, serena.
La palabra es: desolación. O bien: intemperie.
Papá la mira, no debe dormir, no ha comido en todo el día, viene de un trabajo nuevo y más tarde tiene una primera clase de taller… Dos horas en el microcentro, ella dormida y él micro sentado, con frío, sintiendo el pasto húmedo, cuidando, contracturando, para qué. No hay más, no se puede más. La humillación, el sometimiento a una ley insensata, el budismo forzado como estrategia contra un poder abusivo y gozador, demasiado; todo coagula en el relato impotente, la rabia se excede, se satura, y de pronto el silencio.

Importante: no identificarse a los procesos mentales. 1 no es exactamente eso que está pensando, y que pareciera no poder parar de pensar. La máquina. Lo dice Gurdjeff, o Nestor Sanchez, o Baigorria.
Cuántos nuevos amigos de esos, este año. Poder hablar de artes marciales, poder hablar de feminismo, poder hablar del I ching, de la escritura, de la locura, de las canciones. Hasta no tener nada que decir, y vivir cada vez en lo que puede ser dicho.
Buscando una palabra que pueda ser dicha.
Volvamos a la plaza microcéntrica: la vida en el mundo se ha vuelto un dolor de cabeza sin precedentes. Si uno fuera terrorista… pero uno justo es el mundo civilizado intentando demostrar el poder de la razón, qué cagada que nos haya tocado esto y no lo otro.

Odiamos el centro.
Siempre los otros son hegemónicos, siempre nosotros minoritarios.
Curioso.

Y ahora, que hemos perdido por completo, y casi nada tenemos por perder, agárrense: ahora no queda otra. Escribir para sobrevivir, biopolítica para sobrevivir.
Como hacen los padres en las plazas.

Dura un segundo: pienso que podría abandonarlo todo. Nunca lo había sentido así, y ahora lo percibo como una iluminación:: podría de veras fugarme, soltar amarras definitivas con cada una de las cosas que me enganchan al mundo, puedo, lo estoy viendo, las palabras me atan y me puedo desatar: abandonar, todo, con los ojos cerrados miro para dentro y veo un camino interminable de fuga, de des-sujetamiento, puedo llegar a faltar, ahora lo sé.
( )
Dura un segundo.
No obstante, algo queda. Porque al rato tengo un calambre en una pierna, y en lugar de sufrirlo como dolor de pierna lo percibo desde afuera. Me parece información, me parece interesante. A alguien le está pasando esto, y el hecho de que justo ese alguien sea yo… no resulta importante, ni menos justo.

Porque YO es uno solo, pero repetible: hay otros, equivalentes, equidistantes, se los puede leer, acá y allá, como las luces de un árbol de navidad:
Se encienden, se apagan
Los padres de las plazas.

El Tao te king es un libro que se debe usar cuando ha comenzado la vida real. Antes es… peligrosamente inocuo. La vida real es esto: saber que un odio así no es algo de todos los días, no es desperdiciable.
No obstante: conocer el funcionamiento de un sistema es muy parecido a obedecer. Pero no es lo mismo.

Si quieren pararlos
¡Los van a tener que matar!

Durante todo este año, más aún durante los peores momentos, pensé en esta instancia de escritura capitular, pensé en capitular. Que iba a ser demasiado. Que no iba a saber callar, y entonces no iba a poder decir, qué horror.

Y aceptando que tenía dentro de mi caja de herramientas la posibilidad de fugarme de una vez por todas, de una vez y para siempre, etcétera, supe que no lo iba a hacer, por una única y simplísima razón. Que parece una locura, una sinrazón, que no se parece a nada y mucho menos es. Por mi pivote único, unilateral: algo mucho más importante, denso, potente, repetitivo, lúdico y enseñante que aquello otro llamado amor: es una suerte de principio inalienable de realidad, una estabilidad enloquecida. Esa presencia tiene en mi vida  una potencia que no puedo creer, que no requiere de fe: es, y al mismo tiempo, es reventar. No discute ni se compara con nada. ¿Por qué? Porque a veces existe el principio de “por qué no”. No siempre.
Amor sí, macri no, dicen los chicos que no saben de amor, que no saben que el amor es una guerra de miembros mutilados y cuerpos enlazados, un cuerpo mitológico de dos mitades derechas; el amor ES macri: la mitología que allana el camino a todos los abusos. No es cierto, no es así: el psicoanálisis, la moral de la interpretación, el cuidado incondicional de la lengua de Lacan, el sicario intelectual de patriarcado, es una máquina institucional de dolor.

Los padres de las plazas son aquellos monstruos raros, algunos con rastas, otros vestidos de oficinistas o de obreros de la construcción, hipsters o metaleros, cada uno igual a sí mismo: ni infantilizados ni feminizados a la fuerza, quiero decir, ninguno creyendo que ser papá, ser la compañía papá de su hijo, implica un disfraz, un sometimiento a una fuerza externa, ajena, alienada.
Como los caracoles. Esa es la obra.
Los padres de las plazas andan en horarios imposibles por calles abandonadas, hasta llegar a los juegos necesarios, a esos espacios de la vía pública que permiten un alivio, un descanso único. Y ahí son, ellos enlazados de manera única, final e inevitable, con sus hijos. No tienen hijos, no entretienen hijos: los padres de las plazas se disuelven y se vuelven con sus hijos una singularidad fundante, luminosa. En la que, como en la danza de roles intercambiables entre las palabras y las cosas, no hay un amo y otro esclavo.
Los padres de las plazas están de parte de las cosas.
Allí late el germen mutante del anarco taoísmo.
Bajo el sol de la siesta, en la lluvia del otoño, durante el partido de argentina o el riverboca, en medio de un balotaje, a la hora de los saqueos o a la de tinelli: la calle queda libre y ellos, los padres de las plazas, emergen en toda su incomprensible e imposible prestancia, algo heroica pero más o menos, siempre perdedores y humillados, potentes y en pie de guerra para la delicada batalla del cariño eterno.
Los padres de las plazas.
Ahí están, ¿los ven?
Cada uno es diferente, único, pero todos tienen algo que los conecta, que no se puede definir ni describir.
Miralo a ese: empuja la hamaca. El hijo se va, retrocede en su campo visual, se aleja, y: mirá la mirada de papá, se nota que cree, siente, entiende, que no sabe si su hijo va a volver, y sin embargo disfruta de ese viaje infantil, ensoñado; pone todo de sí para dejar de ser él, para saber algo más de lo que significa alejarse y acercarse, y ahora de vuelta, acá esta, el bebé mirándolo, siendo todo presente. Y a pesar de haber sufrido como un condenado 
(lo está), 
a pesar de saber que esa distancia es fuente de pesar, vuelve a empujar. Vuelve a empujar. Vuelve a empujar. Vuelve a pesar: todo pesa, todo pasa.
Y su hijo se aleja, y vuelve, se aleja y vuelve.
Ellos, los hijos, a veces lloran, ríen; como bebés, o como los padres de las plazas.

Después del estallido o la disolución-desilusión de la intimidad familiar, la relación de un padre y un hijo pasa de lo privado a lo social, y en muchos casos, de derrota inexpugnable, ese movimiento implica un pasaje equivalente de lo íntimo a lo público: así, la relación de un padre y un hijo no encuentra más marco que una plaza. Porque, en realidad, expulsado o impedido de cualquier marco (hasta a veces mediante el uso de la fuerza, como la fuerza que radica en toda puerta cerrada), los padres de las plazas encuentran en la vía pública el único escenario posible para una relación petardeada por enemigos internos, públicos, jurídicos, históricos, mitológicos, culturales.
Esto es así: el patriarcado necesita padres que ganen plata y organicen familias  imponiendo y distribuyendo límites y distancias entre los cuerpos (el rol, la función, como reza la épica lacaniana). Cuando un padre quiere poner el cuerpo en la crianza de su hijo, cuando se aparta de esa manera de la funcionalidad que le otorga/pide la sociedad…; entonces el patriarcado descarga sobre él su desprecio totalitario mediante sus ocasionales representantes.

Es triste. Pero los padres de las plazas, al menos según lo que se puede ver en la calle cada día, no crecen en esa tristeza. Invaden la calle como hongos, con un canto silencioso, y acá y allá se miran en los ojos de sus hijos y…
No habría que romantizar, ni exagerar las virtudes de los que queremos, de los nuestros. Ni parodia ni apología, intentémoslo.

Pero es que 1 llega a sentirse solo.

Pican los mosquitos en los tobillos, macri presidente.

Pienso en todas las veces que en este año me sentí extraordinariamente solo -como dirigido por una máquina de palabras ajenas. Y recuerdo esos momentos luminosos en que me descubrí de pronto acompañado. Esa sensación exactamente contraria a la de sentir la muerte en el cuerpo, esa de querer salir a correr y festejar sin palabras.
Por ejemplo, cuando me pasaron este fragmento de un texto de V. Despentes.
Del mismo modo, las mujeres ganaríamos pensando mejor en las ventajas del acceso de los hombres a una paternidad activa, más que aprovecharse del poder que les confiere políticamente la exaltación del instinto maternal. La mirada del padre sobre el niño constituye una revolución en potencia. Los padres pueden hacer saber a sus hijas que ellas tienen una existencia propia, fuera del mercado de la seducción, que poseen fuerza física, espíritu emprendedor e independiente, y pueden valorarlas por esta fuerza sin miedo a un castigo inmanente.

En el espejo tengo algunas canas en la barba y una mirada ancestral, inexplicable. Me miro y no me entiendo. Fuera del espejo, me pregunto si el triunfo del mal no es, una vez más, la excusa perfecta: si un resultado electoral te pone tan mal, entonces tal vez sea el tiempo de ponerte, en serio, a actuar. A consistir. Será cuestión de pensar dónde y cómo.

Ay, ay, los padres de las plazas, en la vía pública. Una intimidad que solo puede desplegarse a la vista -y bajo el juicio- de todos. Los padres de las plazas tienen una belleza inexplicable. Son la causa demasiado perdida, que no puede perder un día más.
Las canciones de este dolor son únicas, irrepetibles, y todos los padres de las plazas son, de algún modo, compañeros.
Valga decir: los padres que miran su celular sin parar mientras esperan que sus hijos no se accidenten y en la medida de lo posible se duerman, no son los padres de las plazas. Los padres de las plazas no miran el celular cuando están con sus hijos: no se trata de una moral sino de una política del tiempo y la presencia. Los padres de las plazas no gozan prohibiendo, investigan. Los padres de las plazas no se vengan, no conspiran, no se imponen, no extorsionan, no se jactan de sus hijos ni jamás se “ponen orgullosos” (porque no son suyos sino que son con ellos –y porque no tienen tiempo).
Los padres de las plazas son una conquista del espacio, están a la vanguardia de la carrera espacial.

Ahí vienen, te abrazan
Los padres de las plazas
Si quieren pararlos
Los van a tener que matar

También están, es cierto, los abogados.
La idea de “abogados culturales” es tan oximorónica como la de “inteligencia militar”. La de abogados familiares abreva en la tradición de lo siniestro.  

Los padres de las plazas son poemas que se desgranan y despliegan en lenguas entrecruzadas de la ciudad.
Los ves.
Avanzan.
Sus miradas son dulces, sus abrazos sinceros: esos niños están siendo tan sinceramente abrazados que podría esperarse de ellos una revolución. Los padres de las plazas, que por supuesto al mismo tiempo trabajan y sostienen, y se fugan y cantan pero siempre ahí, aguantan; los padres de las plazas no refunfuñan, no se quejan, no se disfrazan, no reclaman, no se distraen con ofertas ni con pedidos, no reciben ni dan piropos, no se asustan cuando sus hijos saludan a los otros invisibles: los linyeras, los pibes chorros y todo tipo de sensibilidad ambulatoria; los padres de las plazas… etcétera.

¿Termina así?



Saturday, November 22, 2014

Una vez por año / 7

Preso de una insoportable placidez espiritual, me acurruco en mi milagro secreto, íntimo ritual: otro 22 de noviembre un botón pausa el universo, y frente al pelotón de fusilamiento el presente se congela y me permite lo imposible: escribir sobre la vida, no al respecto sino encima, superpuesto.

Esto debería ser un libro digital que crezca año a año en la biblioteca del lector. El lector que, con solo cruzarse conmigo un día cualquiera y, por ejemplo, matarme, tendría la posibilidad de intervenir de manera activa en el libro que está leyendo en tiempo real. Esto es, incluso como posibilidad mera, de una novedad extraordinaria en la historia de la literatura.
No digan que no les avisé.

La felicidad es un bebé que duerme por las noches.
Esta frase puede ser leída de muchas maneras:
La felicidad es un bebé que duerme por las noches.
La felicidad es un bebé que duerme por las noches.
La felicidad es un bebé que duerme por las noches.

Y puede que haya alguna más que no estoy pudiendo percibir por el problema de la cercanía.

Hasta Serena se acurruca a su vez en la placidez espectral del sueño, pausa, y papá escribe.
En este solemne acto (ya por siempre anterior, originario), apareció ella en la novela. Es la segunda que vez que la nombro.

No debo abusar de la cursiva. Pero es un vicio. Supongo que este año, visto desde alguna perspectiva mística, por ejemplo maya o chinomágica, es de “cambio de vicios”. Una época rica, etapa nutritiva y sabrosa.

Este libro se derramó sobre mi vida y: los diarios, los textos, la escritura como un pulsar constante. Antes escribía cada tanto y con todo, quedaba exhausto, como vaciado, era una cuestión de éxtasis y resaca: vida o muerte. Ahora que escribo todo el tiempo, me veo tentado de, hoy 22N, copiar fragmentos de los diarios de este año y plasmarlos acá para la posterioridad. Pero, al menos por ahora, primera página, me resulta como una trampa. Y escribo. Escribir todo el tiempo es una cuestión de vida y muerte.

Pasó la página en blanco, apasionante. La otra vez, en ese género que podríamos bautizar como “ensayo oral”, con Ign antes de la clase de Pa Kuá, con la inimputabilidad que da una charla repentina justo antes de una meditación (o sea que ninguna de sus conclusiones ni consecuencias puede durar sin disolverse), mencionamos que la página en blanco no implica la angustia ante el vacío sino ante el caos. El vacío forma dupla con el lleno, y el caos de ninguna manera puede formar parte de una dupla, no puede ser reducido a 1 de 2. El caos es lo anterior, el Tao vendría a ser el compuesto que, al ser agregado en el caos provoca un sublime equilibrio que separa lo pesado de lo liviano, y lo pesado se acomoda abajo y lo liviano sube. Entonces se funda el dos. En el caos, el Horizonte Infinito de Antes, moramos antes de ser. Después pasamos al intermedio, La República de los Inconcebidos, una especie de bar de frontera donde somos una dualidad que observa y espera elegir por donde salir. Y al salir entramos en la Tierra de los Vivos. Es en el bar de frontera aquel donde Serena (todavía en su formato dual, hermafrodita, completa) nos vio (a su madre y a mí) en uno de los televisores del bar, donde los Inconcebidos miran las opciones de padres posibles, y nos eligió.

Ese es uno de los archivos que tengo siempre abiertos: La República de los Inconcebidos. Otro se llama “Los días con Serena”, que es la continuación inevitable del “Diario del embarazo”. Y el otro se titula “Apuntes generales”, donde voy organizando mi investigación sobre los textos y las prácticas, la vida y la obra del maestro Zui Long. Pero prefiero no ahondar. Volvamos a la parte playa.

Desperezar, cantar, cocinar, escribir. Beber, patear, dormir, pasear. Por añadidura: comer, leer, escuchar, despertar. Pipa. Acordeón. Vino. Pañales.
Amarlas.
Cada día.
También, por supuesto: lavarlos platos. Potasio. Y cada tanto: recordar la deuda con el monotributo, pagar el alquiler y la conchuda de la inmobiliaria que no acepta billetes Evita serie A.
Vamos ganando.
Es recuperar las Malvinas cada día. Salir del colchón nuevo con esa esperanza. Las Malvinas: lo que se desea perdido, el cuerpo impropio. Siempre muy al sur. Frío, frío.

El colchón nuevo: son unos nuevos resortes. Son unos nuevos sueños para armar. Son unos nuevos veranos de atardecer en el mar. Son unos nuevos rituales de queso y zapallos en almíbar. Latas y frascos rellenan estantes: el futuro es vertical. Cuentos que encastran como juguetes de nenes muy, muy grandes. Gorros de lana, palabras de goma, gobiernan la oscuridad.

Lo curioso es que no soy exactamente el autor de esta novela: soy el personaje y el narrador. El autor es la vida, el caos.
El autor es también usted.

Recién ahora me doy cuenta de que siempre fui un fanático del futuro. Y que inventar caminando canciones súbitas para bebé es una de las tareas más atinadas en la conquista de lo efímero. Y ojo, que lo efímero no solo se enfrenta a lo trascendente sino también a lo rutinario.

Pensar conectando argumentos es la forma de la máquina (la angustia y el laberinto). Pensar en preguntas y respuestas es la forma de la vida (el alivio, el nacimiento y la muerte). Pensar en melodía sobre ritmo es la forma de la naturaleza. Recién hoy, al bañarme, pensé por primera vez que la vida es algo absolutamente prescindible en el universo; y que sin embargo en el universo todo se mueve. Siempre había pensado a la vida y al movimiento como la misma cosa. Insólito.
Hay algo mucho más importante que la vida: el movimiento. ¡Qué verdad mineral!

Encontrar un maestro, un guía, es algo maravilloso. Más magnífico aún es inventarlo.
Me han pasado las dos cosas en poco tiempo.

Mirá, ya se le ve el pelo.


Todo es patafísico, todo sirve por una vez. La experiencia es un peine inútil, la verdad es descartable. Para distraerse, durante dos días de contracciones continuadas pero justo irregulares, ver capítulos de Ranma y ½. Jugar al fútbol en la terraza. Una pelota siguiendo a otra.

La mar estaba serena…; romper bolsa.

Y trabajar, siempre trabajar. En silencio, por lo bajo, como un secreto.

¿La rutina es una coreografía? O la coreografía es la forma de bailar la rutina. La improvisación es el destino. El devenir de los impulsos vuelto construcción primaria, presente salvaje. No se entiende nada. Pero está la musiquita, eso sí.
¿Lo próximo será el baile? ¿Los idiomas?
Escribir es bailar sin el cuerpo, pero…

¿Un nacimiento es una cita a ciegas con la persona más amada?
Ver salir a un ser amado de adentro de otro ser amado. En vivo. Impossible is nothing. Just do it. Etcétera.

¿Por qué será que las personas vinculadas a la literatura son, casi sin excepción, o hippies o soretes?
Con todo el respeto que me merecen los soretes. Habría que escribir una escatología de la historia humana. ¿Ya lo han hecho? El bebé, el encuentro con lo primitivo, con lo olvidado y lo reprimido, es el retorno triunfal de las artes del cuerpo. La caca.

Caca.

En el medio, un mundial de fútbol. Una final del mundo. Gritar el gol contra Suiza con Serena en brazos, que ella estalle en llanto y me salve de ver la jugada siguiente, la del tiro en el palo del infarto. Todo se historiza tan pronto cuando el fútbol media. Que la madre le de la teta en otra habitación mientras pateamos los penales contra Holanda. El recuerdo de mi padre cuando yo tenía cuatro años y él saltaba y golpeaba el techo del departamento a cada gol contra los ingleses y los alemanes. Vivir en una casa de techos altísimos y perder contra la alemaña. Pensar, a los pocos segundos del gol de Götze, en Rusia, con la serenita de cuatro años, y el Tata Martino en el banco.
Fanático del futuro.

Se está tan bien acá dentro. Se siente bien, confortable. Placer. Habitar unas páginas como personaje, aunque sea una vez por año, es una experiencia… placentaria.

Hace unos días que se me activó el resorte de reprimir, o dejar caer, todo proyecto o idea de futuro. Es un descubrimiento, es interesante. Raro: como cuando dejé de fumar y contaba (contabilizaba y narraba, en un cuaderno) los “latigazos” de ganas de fumar. Inventar el cigarrillo no fumado. Sentir la tendencia del alma, el recurso del cerebro, y dejarlo pasar. Dejarlo caer, sostenido en una idea (ficción, utopía, sensación) de presente.
Es lo que hay, es lo que somos… La felicidad es algo muy raro y difícil de digerir para un estómago inquieto, oscuro y desmesurado.
Todo el tiempo.
La felicidad es un bebé que duerme por la noche.
¿La ansiedad es un bebé que despierta por la noche?

Pensar que he desarrollado tantos argumentos para defender a la ansiedad y liberarla de su mala prensa. Quién me ha visto y quien me ve…
En serio: ¿Quién me ha visto?
¿Quién me ve?

Una de las doce mínimas para mi hija serenita:
No te conviertas en ningún personaje del que no te puedas reír.

Porque la felicidad, como proyecto supuestamente unánime y de carácter publicitario, exige y reclama. Hay que responder a la pregunta por la felicidad bajo presión: y vos qué hacés, cómo lo hacés. A ver, veamos el resultado…
Hasta que un día me di cuenta de que más que tener una vida feliz, yo quería que la vida me resultara interesante. Cambio de plano, de paradigma, alivio y demás. Algo que ver con el estilo. Con la errancia, el devenir, el destino.
Se azotó la puerta: qué susto.

Grandes libros de este año: Minga, de Jorge Di Paola. Por qué leer a los clásicos, de Calvino. Frankenstein. Métodos, de Francis Ponge (casi una Biblia súbita. ¿Algún generoso lector de esta novela pública secreta tendrá “el partido de las cosas”, como para prestarme?)

No quiere decir que reprima las imágenes de un futuro proyectado como el bombero que apaga el fuego, agua la fiesta: no, simplemente dejo que caigan en un compartimento distinto, no activo y voluntarioso sino contemplativo, como si fuesen nubes de formas inquietantes, para nada enfrentadas con el presente. Quiero decir: vivir en Mendoza con uvas y olivas, en Marsella trabajando con el Loco Bielsa frente al mediterráneo o en el sur de Italia con familia generosa de amor y música constante; observando el movimiento de los pollos al spiedo, o en una dietética misteriosa que oculta en su fondo un salón con piano, en Mar Azul, trabajando en la cocina en el verano y escribiendo abrazado a ellas en el invierno junto a un hogar encendido; Punta Indio, cazando hongos y cosechando especias; y etcétera. Todo eso sí, encendido, pero como una forma más de habitar el presente. Porque la gracia es que, si tuviera que elegir una de todas esas opciones que se tienden infinitas en la siesta de mi mente, tendría que descartar todas las demás. En cambio, puedo convivir con todas en este presente multiversal… etcétera.

Íntimo y universal: sagrado.

El estilo, queridos idiotas que piensan en “la forma”, y en “el cómo”, el estilo que no es del estilista o peluquero sino del artista artero, es la ética en la elección del enemigo, es la configuración de monstruos y la estrategia en la utilización de arquetipos para enfrentarlos. Que la forma y el contenido no se distingan, queridos idiotas, no quiere decir que la forma sea todo, sino que aquello que quiere ser dicho no puede no configurar su propio modo de ser expresado, puesto en el mundo.

Dadas las condiciones del mundo actual, esta novela está escondida en una montaña.

Daniel Li y Macedonio Fernandez explican que existen tres planos vitales que se conectan, sostienen y contienen: el pragmático, el ético y el místico. Que es preciso no intentar resolver los problemas de un plano con herramientas de otro plano.
Piedra, papel o tijera.
El hijo, el árbol, el libro.  

Es demasiado pronto para el árbol. Los libros y Serena son pasiones, amores del movimiento. El árbol, enigma y éxtasis de la quietud, todavía no tiene dónde.
Amo, tengo, escribo, creo. Pero no me planto, todavía.

¿Y el agua?

Se azotó la puerta de vuelta, ¡mierda! El viento es una fábrica de fantasmas. Y entregar una casa en alquiler y llevarse los picaportes y las tapas de los inodoros es poco elegante: mierda. Eso sí: ahora vivimos en Barracas, y es nuestro barrio. Es actualmente antiguo, con iglesias y gatos bebés y judíos ortodoxos. Y está en una ciudad, llamada Buenos Aires, que siempre convoca a irse, pero acá estamos. Le dije a Lula que quería su cuadro de la liebre, y que quería que mi casa fuera todo aquello que rodea a la liebre. Y cuando la libre apareció en la pared de una estación de subte, a donde me bajo para ir a patear fantasmas con ancestrales piernas de nene, entendí que esta ciudad es mi casa.
Tal vez entonces ahora me pueda empezar a ir. ¿Nos iremos? Siempre es bueno tener a donde caerse muerto y de donde escaparse vivo. 
Como un caracol trepando el Puente Pueyrredón: escapar de la casa y que ahora la casa seas vos.

¡Que nos vendan gato bebé por liebre suspendida! Que nos vendan caracol, pero lentamente, lentamente.

En el capítulo pasado Serena era menos que un poroto. Hoy comió banana pisada.


Esta vez me gustaría terminar de pronto, y sin gritos. Como contando un secreto secreto, como secretando un cuento.


Así, acompañando el fin de la historia de una gota que cae. Despedirme, dar reinicio a la vida, se escuchan los disparos que me cosen a la pared, y prometerme volver junto a nosotros con la próxima gota, dentro de un año.  

Saturday, November 23, 2013

Una vez por año / 6

Otra vez, 23 de noviembre. Se ve que el ciclo biológico anual es tan poderoso en los engranajes de esta novela experimental bio política que cualquier error desplaza al resto de los elementos con suave equidistancia. Algo así como el desarreglo horario que en nuestros calendarios se resuelve con la presencia siempre sorpresiva de los bisiestos, pero hacia delante; o como emparejar la barba con una tijerita: quedó un poco más de este lado, ahora más del otro, y así hasta quedar en piel.
23 de noviembre otra vez: feliz día, querido compañero yo, soldado incansable y algo agotador (¿siempre acá, yo?).  Feliz día lector, hipotético para mí pero real para cada sí mismo. Feliz día de la lealtad al juego solitario abierto. Esto es ser en verdad leal: firme en eso que no agradece, que no verifica nada, que no se corresponde con ningún código moral ni promete, como todas las propagandas de la paciencia y la perseverancia, el éxito final. Feliz día del juego, de la seriedad amorosa, de la solemnidad inútil.

Desde el 23 de noviembre pasado hasta hace unos diez días el proceso fue de acumulación: de anécdotas, de ideas, de recetas, de semblanzas, de hitos, y siempre y cada vez, palabras, palabras y más palabras que se acercaban, rodeaban a las cosas o se les metían dentro, hinchaban cada cosa hasta el colmo de su sentido, hasta que explotaban y como un piñata: palabras otra vez por todos lados. Generosas, dispuestas, palabras como word-scouts, siempre listas a encadenarse en la musicalidad que parece poder decirlo todo. Hace diez días, más o menos, empezó el proceso inverso: las palabras comenzaron a acobardarse, a esconderse o huir del todo, sencillamente. Y hoy, ahora, esta tarde, estoy solo. Me sacaron el banquito. Solo con las cosas, las cosas desinfladas de palabras, desconectadas entre sí, o sea sin poder bailar. Y si no hay baile, claro, no hay música. Llamo a las palabras pero no hay caso. En silencio, limpio la pipa que usé ayer y cargo la que voy a usar ahora.

Es cuestión de cuidado. Cada día limpiar una antes de usar otra, para no imbecilizar el proceso, para evitar el archivado, el cajoneado, la auto-burocracia. Tener manos y hacer, para que ahora el futuro se sienta más llano, esponjoso. Hoy, que todavía es de día, corrompo un poco mi nueva tradición de no fumar pipa hasta la noche, pero modero su efecto en la boca y el ambiente: elijo el tabaco aromatizado con manzana verde, en lugar de la potente mezcla de perique y lataquia, conocida como “oriental azul”, la reina potente de los blends de Toni Petti, el samurai oculto, el rey descoronado para los pipa-fumadores de esta parte del mundo. Tengo solo dos pipas y dos tipos de tabaco porque no estoy en casa. Estoy en Domínico, en la casa de R´ío, la conocerán del capítulo anterior. Acá hay jardín en el fondo, entre otras cosas, y ahí con mi pipa, intentando sin apuro leer las tramas bio narrativas de las cuatro gatas semi salvajes, huelo el cielo y me siento personaje de una trama de otro, de uno verdaderamente adulto, me siento en el banco blanco y estoy alineado. Pienso en el futuro como si eso fuera posible, o sea, pienso en el futuro como si fuera ahora.

Es cuestión de cuidado, que no es lo mismo que defensa. Hace un buen rato que vengo pensando esto, desde que empecé tímidamente con la práctica del pakua, o incluso sin saberlo un poco antes. No confundir cuidar con defender: al defender se supone un ataque proveniente del exterior, y se emplea una fuerza proporcional para contenerlo; pero si del exterior no venía ningún ataque, cosa que suele pasar, la propia fuerza genera la caída, el choque contra lo que no se mueve. El que se defiende de nada inventa el ejército que lo ataca.
El cuidado, en cambio, implica el uso de la fuerza en la contención de lo que hay, en la concentración de lo que no se debe perder, mirando más la importancia de lo que hay adentro que la peligrosidad de lo que viene de afuera.
En fin. Los pájaros cantan siempre.

Así que dos tabacos, dos pipas, la ética de la mochila que se llena con la idea de que no habrá retorno pero sabe que habrá movimiento; la mochila que ahora se frota amorosamente contra la gata tricolor de esta casa, la gata con capacidades diferentes, entre ellas la del amor (aunque su objeto de amor se trate de uno inanimado, pequeña y sabia diferencia).
También en mi casa hay gatos, ahora, por primera vez para mí; mi primera experiencia en el aprendizaje de ningún idioma. La pura lengua. Por suerte, me tomé este año de ventaja para empezar a acostumbrarme a aprender cosas desacostumbradas. Cosas sin idioma.
¿Qué es aprender? ¿Qué cuesta aprender, aprender qué? nos preguntábamos durante aquel viaje documental pre-novela que se anunciaba en el capítulo anterior. Y me monté en una bicicleta, y me caí, y me caí hasta que no. Unas vueltas en camioneta, simplemente. Se ve que no era eso lo que quería aprender, pero me enseñó que algo, no podía saberse qué era en aquel entonces, tenía qué. Difícil. Tantas cosas.

¿Pakua? Una vez di una patada. La patada siguiente, exactamente la siguiente a la última, que había dado veinte años antes. Una patada perfecta, que me abrió una puerta, como en las películas. Como esa patada que el policía da en una puerta para abrirla y entrar a un lugar peligroso, un lugar en el que no sabe qué puede llegar a encontrar, pero la patada fue al aire y la puerta estaba en mi mente: la infancia, mi infancia, mi cuerpo, el dolor y el miedo de mi cuerpo, mi miedo, la potencia de mis palabras, el cuerpo frágil, las palabras fuertes... pero el cuerpo, todavía ahí, esperándome. Con un caudal inmenso de aprendizaje, placer y experiencia potencial. Encerrado tras esa puerta, antes de la patada. Y después la patada y entrar a la casa oscura... peor que una casa abandonada, el cuerpo de un hombre abandonado.
Ahí estaba mi cuerpo, tal vez por dentro. Con sus órganos de iglesia y sus escaleras vertebrales, su escalera caracol que trepa el puente Pueyrredón y las oficinas de la burocracia como siempre en la garganta, ahora abriéndose para dejar salir aire cargado, despejando olor a encierro pero más que nada mezclándose con las bacterias contagiosas de una fuerza, una des-pereza. Una patada inicial, un maestro potencial, como todo maestro que se precie, judeoriental y amigable.
¿Hace algo? Sí, sí, patea.

En el tránsito, en el camino de regreso al cuerpo, la violencia. La violencia es siempre física. Es una constatación del cuerpo. El placer y el dolor, el amor y el odio, son matices de la violencia. (Porque el amor es una guerra, de los cuerpos enlazados, son los miembros mutilados, y las ganas de ganar. Son las ganas de ganar las que se juntan con los miedos a perder, son los párpados quemados de los tártaros sentados a la espera de la ley). Bajar o perder seis kilos, salir del cuerpo para volver a entrar. La anorexia como un arte marcial.

Hay muchas películas. Simultáneas, universos paralelos, como si me hubiera caído en una novela de mi juventud y ahora fuera un personaje construido de manera exótica, y la vida, un capricho semántico-sensorial. Igor, Gombrowicz: ¿y el balbuceo del momento que nace?

En una película, el muchacho es, como siempre de Ñuls. La muchacha es, desde hace poco y hasta hace poco, también de Ñuls. Porque ahora se separan. Lloran un domingo, a las nueve de la noche, en la vereda, plena avenida Corrientes, cerca de Callao. Se dan un beso desgarrado, despedible, es el final, y comienzan a escuchar bocinazos. Miran la avenida y ven pasar, uno, tres, diez autos con banderas azules y amarillas, hinchas sin-aliento celebrando su ascenso a primera, rumbo al obelisco. En esa parte ganan los malos. Gana la derrota.

Después de eso, los seis kilos. En medio, una imagen perpetua de la amistad. En casa de mi amigo Olv, cultivando la pena parsimoniosamente, sin saber demasiado de nada, hablando y bebiendo y sobre todo no comiendo. El me ofrece una galletita untada con una pasta de aceitunas, yo rechazo. No obstante, de pronto estoy comiendo una galletita untada con pasta de aceitunas. Tan rápido, que mi amigo Olv me acerca otra, y después otra, y un buen rato seguimos conversando como si ninguna otra cosa pasara, mientras él logra que yo coma después de varios días. Se termina la pasta de aceitunas en el frasco, Olv me pregunta si quiero comer una fruta. Digo que no. Y ahora estamos comiendo de una bandeja llena de mango, duraznos, papaya, todo cortado en cubos que viajan sin ruido entre mis manos y mi boca, volviendo a la vida de mi cuerpo, recuperando lo que no sabía perdido.

Meses después, él muchacho festeja, en el obelisco, el gran título del inolvidable Ñuls del Tata Martino, con más de mil amigos nuevos, otros leprosos del exilio, leprosos de la diáspora espiralada. Después, toma un par de colectivos, trepa como un caracol el puente Pueyrredón (ya se olvidó de su casa, “ahora mi casa sos vos”) y llega una vez más a Dominico, para el festejo íntimo.
Hay otras películas, menos lineales, más extrañas y profundas (porque lo más extraño más adentro está, ¿cierto?): una en blanco y negro, la película de un poroto que se mece en su infinito portátil y repiquetea. Cine mudo musicalizado por un baterista de heavy metal (iba a poner  “baterista con doble bombo” pero me amedrenté).

Ayer en el colectivo, avanzando lento y sudoroso por la avenida Mitre, le cedí el asiento a una mujer casi vieja y bastante gorda. Cuando me paré, vi que había otro asiento disponible, uno que ella había rechazado (creo que porque pensó que no entraría). El último asiento, junto a la ventanilla, de la fila del fondo. Ahí me senté, y quedé virtualmente encerrado, como un rey de ajedrez después de un enroque, entre dos parejas de sordomudos. Habían dejado libre ese asiento para poder acomodarse de modo tal de verse las palabras. Ahí quedé yo. No tenían cosas sencillas y apacibles para decirse, estaban a los gritos con las manos.
Eso. Volví con una contractura que no me dejó escribir el texto en el día que correspondía.

El fracaso es lo que hay para construir un estilo. El éxito siempre confunde, solo el fracaso obliga a usar lo más genuino (por único, personal, ético-inmediato) del propio repertorio nacido junto a la contingencia. El fracaso no es la derrota. Tampoco el éxito. Es lo contrario de ambas cosas. Creo que ya lo escribí en un capítulo anterior, pero lo vuelvo a pensar cada año por primera vez.

Fracasar, o no, pero siempre tener a mano un cuaderno. Eso es vida. Eso me enseñó R´ío. A vivir, supongo.
Tengo muchísimas páginas de un cuaderno escrito bajo el nombre de “diario de dejar de fumar”. Así dejé de fumar puchitos, así abandoné el goce de la servidumbre voluntaria: escribiendo.
Ya no, necesariamente, libros: ya no necesariamente para todos. Para uno, para un otro. Ese reencuentro fue... cómo decirlo... Mi abuela diría: ¡amerita un brindis!
Salud, abuelita. Ella, que decidió mudarse, porque se aburrió de su casa de las últimas tres décadas, este año. Después de casi nueve décadas, con ganas de volver a tener miedos nuevos.
Eso es vida.
Anotar.

¿Será la casa de Jovellanos, en Barracas? ¿Será llano ser joven? ¿Cuánto más empinada es la adultez? Lo sabremos en el próximo capítulo.

Hasta ahora lo inmobiliario, despegado de lo hogareño (ver capítulo pasado) había adquirido cierta liviandad, primero más o menos satisfactoria, poco después un tanto insípida. Ahora volvió la potencia decisiva, el sabor fuerte, volvió la alegría. ¿A dónde?

Parece que fue hace mucho que vino mi hermana L a vivir conmigo y yo empecé a ir a trabajar (o escribir), a una gran habitación de la casa de la Paternal conocida como el Castillito en algún capítulo anterior. Pero no, fue este año. Nací este año, y este año, alguna vez, forzosamente, se va a terminar. Creo que me voy a poner triste, creo que viviría por siempre encerrado en este año, rebotando de un borde a otro, de arriba a bajo, como rebotaba ella en la colchoneta elástica que un par de ex payasos habían montado en la plaza principal de la localidad de Los Toldos. Ahí donde, con Mr.o y Nya, y también R`ío, conocimos a Juan y Reinaldo, dos policías aficionados a la cocina, etcétera. Ahí donde con Nya, bastante director de todas estas películas, enterramos un gatito muerto en el suelo de una plaza. Para siempre este año, rebotando contra las cuerdas de cada uno de los lados del cuadrilátero, recibiendo los golpes que sean necesarios, pero contenido en ese ir y venir, esa sensación de aprendizaje inevitable, constante.
La idea filo-boxística de que “la experiencia es un peine que te dan cuando te quedaste pelado” es certera, pero su sonrisa amarga es mezquina: la propia experiencia puede enseñar qué hacer con un peine cuando uno es(tá) pelado.
Por ejemplo, regalarlo a alguien con cabello. O hacer un instrumento musical.
La experiencia sirve para pasar de un modo más fluido y musical a un nuevo territorio de ignorancia.
Venga ese peine.

Esa habitación en el Castillito ya forma parte del museo de mi vida, o sea, de las cosas presentes por su importancia, aunque tal vez ya no por su funcionalidad. ¿Tan rápido? Dios mío, ¿cómo funciona esto? Es una máquina con los botones en otro idioma.

Una vez soñé, en medio de una seguidilla de pesadas angustiosas, una iluminación que me explicó que: el ídolo de mi infancia era He-Man. Él vivía en un castillo (en el balcón de la casa de Zapiola) , junto a She-ra. Yo este año viví con mi hermana, y aparte habité el Castillito. En suma, fui el héroe de mi infancia.
No es poco. Ni lindo ni feo, es bastante.
En medio de una caminata entre el templo-cueva de los tabacos de T.P. y la casa de mi amigo Galle, en su función maestro de piano, tomé un contra-atajo y pasé por el frente de la casa de Zapiola. Fue la experiencia más parecida a soñar de las que he tenido con los ojos abiertos. Antes me había comido, caminando, una empanada de carne frita. Adopté la costumbre (de las veinte costumbres nuevas por día que inventé después de dejar de fumar puchos) de comprar y comer empanadas fritas siempre que una caminata más o menos extensa me presente la oportunidad.

Dejar de fumar es sacar un tapón, el tiempo es una bañera y uno es el agua que se arremolina.

(Todavía es de día, lo cual confirma matemáticamente una antigua sospecha sentimental: escribir es mucho más fácil que no escribir. Se puede escribir en menos de dos horas lo que ha tardado años en no escribirse)

Entre mi casa y el Castillito, el mundo: eso aprendí. Ir de un lugar a otro abre un paraíso topológico, que pone límites (tienen que ser al menos dos, claro) al infinito. En el medio, todo: caminatas, caramelos de jengibre y miel, plazas, tabacos argentinos de exportación, sánguches de bondiola y latas de cerveza bajo la llovizna, la reinvención del mediodía, un cuaderno que no deja de escribirse.
Y la cuestión de inventar un héroe, de ser el propio juguete que toma vida y monta la película necesaria. Un mes y medio, dos meses, yendo todas las noches al Castillito y volviendo a la madrugada a mi casa, en el 24 de Carlos, el de las 5 de la mañana. Durante: la escritura, El Sapo, Dionisio, Nina, Claudio, Juan el policía, los viajes, la vejez, las separaciones, la muerte, el dolor, la distancia, la libertad, el desarraigo. Una novela final. El final de una saga que empezó hace muchos años (¿al mismo tiempo que empezó esta novela anual? Revisar) y termina, justo, cuando empieza todo.

Si mi preguntan ahora mismo, a esta hora de la tarde,  sobre la belleza, sobre la vida, sobre qué le diría a un hijo mío acerca de la belleza y la vida, diría que no hay sensación más bella y vital que la de perder un miedo.
Yo cuando era chico, cuando era hijo, tenía miedo de que se cayera el techo del lugar en que estaba, tenía miedo de que entrara un familiar mío a la noche en mi cuarto para matarme con un hacha, tenía miedo de olvidarme cómo caminar y me ponía a pensar en eso y me caía. Miraba hacia la puerta para enterarme, justo antes, de quién era ese que me iba a matar. Todo a la noche. Desde entonces, decidí quedarme vigilando por las noches. El soldado agotador, el agitador soldado.
Recién ahora, este año,  empecé a tener sueño en lo oscuro. Recién en estos días volví a entregar la oscuridad a la oscuridad, sin taaaaanto miedo.

Diría que el miedo es un asesor sabio pero un gobernante estúpido.
Y es tan emocionante y enseñador cuando después de un miedo cae otro, y después otro, y así. Porque recién entonces, cuando el dominó termina de recostar su última ficha, uno puede inventar un miedo nuevo. Y sacar de adentro la fuerza para dejarlo caer. Diría mi abuela, ¿cierto?: inventar miedos es una tarea reservada para esos grandes genios que nacen de siglo en siglo, de milenio en milenio, adentro de uno, cerca de la región de los deseos, al menos, a la altura de los deseos.
Más arriba que eso, está lo otro.
O por acumulación de eso nace lo otro, quiero decir, no sé: lo sagrado, lo sublime.
Si tuviera que decirle algo, desde ese lugar, a un hijo nuestro, primero debería inventar un idioma, con ella. Después del idioma, inevitable, la religión.
Y después, solo después, me quedaría callado.      

   


Friday, November 23, 2012

Una vez por año #5


 “Construir un estilo lleva tanto tiempo que si, frente a la adversidad, la alternativa es sustituirlo, la solución es imposible”.
Marcelo Bielsa.

Otra vez pude resistirme al impulso de leer los capítulos anteriores antes de emprender el viaje-texto de este año. En cambio, creo que nunca estuve tan nervioso por la llegada del 22 de noviembre, cumpleaños en cuerpo y alma de esta novela que semeja ser yo.
Otra cosa que pasó, y prometo que es el último comentario sobre “el hecho en sí”, es que durante el año, más que en los años anteriores, me sorprendí casi demasiadas veces redactando para mi adentro los párrafos de lo que iba sucediendo.
Qué lindo va a estar el 22N.
Cuántas veces, cuantas cosas. ¿Qué cosas eran?
No me acuerdo. Es la trampa que me hace esta novela, en compensación por esas otras trampas que hice yo, su pre-encarnación.
Hoy no sé escribir. 
¿Y ahora? Mi memoria, atada de terror, coquetea con la corrupción del balance, la crónica.
Ohhhhh, qué engolado.

Tomando Cepita de pomelo con soda, el trago del día. Dando vueltas: living, cocina, living, balcón, living. Porque ahora la computadora está en el livig. Ya no rodeada por un cuarto que la espera útil, sino erigida sin sentido, como un Moai indescifrable en medio del paso. Porque ahora esta casa, el mismo espacio físico que el año/capítulo pasado, es otra cosa, otra casa.
Tengo la cabeza llena de policías. Como nunca, se me entraman los límites: que el pudor, que la mentira, que la exposición, que la memoria y que el olvido: en fin, que el estilo.
Lo fabuloso de Bielsa y su frase que nos envió en una botella para este año es que, a pesar de tener la musicalidad inconfundible de la certeza, el autor se escucha a tiempo y encuentra una tangente hacia la ambigüedad. Quién pudiera. Termina casi en paradoja. Como toda buena reseña autobiográfica. De lo contrario, el autor tendría que ponerse a sí mismo como ejemplar. Es decir, subordinar la acción a la función de ejemplo de una certeza previa. Es el problema de los consejos, tal vez el peor género inventado hasta la fecha. Este año recuerdo haber recibido los peores consejos; y he dado algunos bastante malos, también.

Me voy a bañar.

Igual que antes. Tengo miedo y ganas de llorar, me siento un poco débil. Capaz que tengo que comer algo. Pero no es el momento.
¿Entonces?: miento no miento, ceno o no ceno, zen o no zen.
Eso es una canción.

Y además, qué insoportable viene esto, me duele el cuerpo, la bruta contractura lumbar que gesté durante los últimos seis minutos de la derrota de Ñuls el domingo pasado. El hecho de que este capítulo anual haya caído azarosamente los 22 de noviembre colabora con que el fútbol se ubique en un lugar nuclear del relato: fin de campeonato. Creo que la tensión del sufrimiento combinada con el confort del sillón de la casa paterna propició la mezcla letal. El sufrimiento y el confort conjugan mal, potencian sus cargas negativas. (Por eso los ricos se suicidan más que los pobres, ¿?)
Y, claro, la fatiga del espectador.
El rosarino JanSo estuvo viviendo un mes en esta casa, que ya no era la misma. No es la misma porque la puerta se abrió y no se volvió a cerrar. El anfitrión, el bicho humano al que refiere este texto, adoptó (o lo intenta) la flexibilidad, esa que se le reconoce a los sabios y a los bebés, frente a la rigidez de la muerte. JanSo, que aparece en algún capítulo previo, en Rosario, como querido-no querido, durante la presentación de un libro, estuvo viviendo acá, y varias veces me sugirió que escriba el texto de (ahí volvemos), la fatiga del espectador, para la revista de fútbol que derivó de aquel libro artesanal. Esto es: el hincha espectador, pasivo pero activo, realiza los movimientos de cada uno de los jugadores de su equipo durante 90 minutos. Un efecto especular tal vez de raíz neurológica, pero multiplicado por once. Corro con Cáceres intentando gambetear al marcador de punta rival y tirar el centro, y al mismo tiempo, por el medio de la cancha, soy Scocco buscando el punto penal para cabecear. Y si el gol no llega, y la adrenalina no se concilia en grito… Agotador, digno de las más rígidas contracturas.

La casa. Antes de JanSo estuvo mi amigo Nya. (Me parece que en cada año/capítulo cambio el criterio de uso de los nombres reales). El azar quiso que la vida nos encuentre recién separados. Él, sin casa, yo, con la casa afantasmada.
“Es peor que una casa abandonada, es la casa de un hombre abandonado”.
Puede ser un principio de novela o de canción. Si se convierte en canción, será parte del repertorio de Levín Hermanos.

Con Nya y su guitarra, durante una de las largas noches de fogón indoor, entre canciones de Hermética y Buenos Aires Negro, con lecturas del I Ching, whisky y comidas de madrugada, inventamos una tabla: la tabla de las Ocho Mujeres.
Pocos días antes de cierta noche, me encontré diciendo en la intimidad del P`cha, que para reemplazar la presencia de una novia en la vida de un hombre (…) eran necesarias ocho mujeres. En mi casa, con Nya, elaboramos la tabla de las ocho mujeres, representantes de las ocho cosas que uno necesita dar a, o que necesita de, una novia. A cada uno de estos ocho ítems la otorgamos un puntaje, del 1 al 8. De esa manera incluimos la posibilidad de que una mujer cumpla con más de un ítem al mismo tiempo; en ese caso, al sumar sus puntos se coteja con una tabla paralela en la que se estima qué tipo de lugar ocuparía en la vida del hombre. Para ser “algo más” que un garche, tiene que sumar un mínimo de 8 puntos. El único ítem que alcanza por si solo para acceder a ese “algo más”, es decir el que vale 8 puntos, es: enigma indescifrable.

Días antes, en el P´cha, enternecido por la apuesta científica de mi comentario, un amigo superhéroe mencionó, como entrance, la existencia de una persona llamada R´ío.

“Si la avenida Corrientes fuera un río, yo sería el hombre más feliz del mundo”.
Pero eso es otro cantar. Quiero cantar.
Y la casa, porque antes de JuanSo y Nya estuvo también acá la que era mi novia. Dos meses de convivencia, un nuevo record olímpico, como el de mi amigo Bolt.
Bolt y su velocidad me llevaron, hace pocos meses, a incursionaren el mundo del libro digital. Pero no viene al caso. No es cuestión de convertir esto en un disimulado CV narrativo. 

Tal vez algo haya empezado allá por marzo, cuando el dueño de esta casa (ver capítulo anterior) me anunció el aumento del alquiler: yo seguía sin trabajo. Sin trabajo: después de leer el capítulo del año pasado, recién vuelto del viaje europeo, llegué a la conclusión de que era mi capítulo menos preferido de esta novela, hasta el momento: demasiado lineal, cronológico. Obvio, la distancia respecto de los sueños y el tiempo aplanado del oficinista que narra. Así que dejé el trabajo.
Claro, ese viaje: viajé a Europa con la excusa estratégica de estar con quien era mi, de visitar a mi hermana mayor & familia, en Alemaña, y a mi amiga B en España. Lo cierto es que ahora tanto mi hermana mayor & familia, como mi amiga B, están viviendo nuevamente en Buenos Aires; y la que era mi, ya no.
Como si se hubiera tratado de un viaje iniciático de final.

Creo que esos cuatrocientos pesos de aumento en el alquiler fueron el detalle que hizo explotar algo, el botón escondido. Para algo tenía que servir la plata. Que entonces no tengo casa. Que mi casa puede ser cualquiera pero mi hogar cuál es… Así me encontré concluyendo que mi hogar es este texto. Muchas veces durante el año la perspectiva de este hogar textual me salvó, o me acunó, o me activó. De acá no me saca nadie. Porque acá, en efecto, no estoy.

Un viaje iniciático de final: aproximadamente la idea de la última novela de la trilogía del Hambre, todavía no escrita. Donde El Sapo, su amigo Dionisio y su amiga Nina se suben a una camioneta que los sube a la ruta. ¿Cómo escribir una novela de ruta desde adentro de una casa que no es tal? De miles de maneras, para eso está la literatura. Claro que la literatura no me interesa tanto como la escritura. La escritura es el hogar, y el hogar puede querer deslizarse en el viaje. Decidí, a principio de año, realizar el viaje lento, pueblo por pueblo, que van a hacer mis personajes. Este proyecto se cruzó con otro, la idea gestada con mi amiga B de hacer un programa de tele de viajes culinarios. El programa de tele mutó en documental, y entonces, eureka: un documental sobre el viaje de un escritor escribiendo una novela de viaje (iniciático final). A mi amiga B, documentalista, se sumó mi amigo Nya. Y, hace pocas semanas, un nuevo amigo/ nuevo personaje de este año/capítulo, Mro. Que justo, justo, se compró una camioneta.
Dicen que “la uva o el grano, los dos no es sano”. Pero, me he dado cuenta después de años de perseguir la altura de mis deseos, me gusta mezclar. Experimentar, fallar y mezclar. Es lo que me emociona. La ética de lo impuro, la inevitable tendencia a lo informal. Así que también, además de El Sapo, Dionisio, Nina y el autor que los parió, tanto en la novela como en el documental, puede llegar a haber una chica andando en bicicleta por la ruta.
Hace unos días un amigo me aconsejó que no lo hiciera, mencionó los peligros de la mezcla. Al fin y al cabo, un consejo.

Tengo hambre, voy a tomar la media cerveza que sobró de ayer. De paso pienso un poco, creo que viene todo bastante demasiado lineal.

Bueno, tal vez sea genuinamente lineal, no hay por qué oponerse. Será el estilo de hoy. Y si el estilo general toma en cuenta el ánimo de los días de juego, intentar sustituirlo frente a la adversidad haría imposible la solución.
Una noche, hace poco más de dos meses, en la terraza de una librería de San Telmo, arriba de la presentación de un libro, Cocinero Po asaba unas hamburguesas. Me acerqué en silencio, con ganas de invisibilidad, porque Cocinero Po me relaja con una sabiduría rara, casi corporal. El viento volteó un rollo de papel de cocina, el rollo comenzó a rodar sobre la mesa, lento, deshojándose. Intenté manotearlo para que no se cayera, y en el mismo movimiento volqué un vaso de vino entero que cayó sobre las servilletas y los bols con lechuga, con tomate y con mayonesa. Cocinero Po me miró, y tuve que decir: “por intentar evitar un problema banal, terminé cometiendo un error imperdonable”.
Y listo. El eco de la propia musicalidad interna me externó de las dolencias. Cocinero Po festejó, todos festejamos un poco. Una canción embrionaria.
No tanto por el contenido en sí, de problemas y errores, más por el prodigio latente del encadenamiento de causalidades. Solo se puede ser libre ahí, librados a la naturaleza del encadenamiento. Algo así como trabajar por el 49% restante, sabiendo que el 51% lo hace el azar. Con sus métodos.
Al rato, ya acostumbrado a mi visibilidad, bajé a la presentación del libro: dos superhéroes profesionales se abrieron y quedé de frente a R`ío, aquella persona mencionada. Estaba intentando escribir un mensaje de texto. En los primeros minutos, ella me contó que planeaba hacer un viaje largo en bicicleta por la ruta, yo le conté del viaje pensado para el documental-novela. La cocción de la lengua.
Ahora ella también vive en esta casa.
Como diría el bueno de Kurt, amigo de estas páginas:
Jo jo jo.

“Tus brazos son dos ríos, cuyos brazos son dos ríos, cuyos brazos son dos ríos… Y me pierdo”.
También es una canción. Aparentemente, la habríamos escrito con mi hermana LL hace más de diez años, junto a otras tres canciones. Ahora, Levín Hermanos, el jugador número Once, Abasto de canciones, un grupo con mucha tela para cortar, las sacará del ostracismo. Es bueno confiar en el encadenamiento de causalidades, y que la caída de los objetos, como la pila de diarios que se desliza milimétricamente durante meses, intocada, para venir a caer por fin, una vez, en medio de la noche…; tenga su tiempo de maduración, su pausa, que imponga su estilo.
Es raro, porque ella habría tenido 14 años y yo 20. Raro. Sin embargo, la cocina en la que estábamos cuando escribimos las canciones era la cocina de la casa original, esa a la que no se vuelve.
Así es: dentro de la casa, fuera de la casa, parece ser el juego de esta novela. ¿Qué es una casa? ¿Qué es una novela?

Debo una aclaración, acerca del párrafo en que mencioné al “amigo/personaje nuevo de este capítulo/año”. A Mro, con quien viajaré dentro de poco en proceso documental, lo conocí trabajando juntos en el Cucha Club. Porque hubo un lugar llamado así, este año. Un lugar en el que, al fin, cociné algo. Sánguches de pastrón y mostaza casera, de queso brie y berenjenas al escabeche, de lengua a la vinagreta; y anticuchos con ensalada rusa, y curry de lentejas con “brunsen” (una pasta de apio, alcaparras y cilantro, hasta el día de hoy mi único invento), bondiola con salsa de yogurt, salchichas alemanas con puré y chucrut, y varias otras cosas.
El Cucha Club que existió (para mí) hasta que las torpes desavenencias de la comunicación entre bichos humanos desvanecieron el lugar que compartíamos en el espacio. Cosas que pasan.
También en el Cucha Club, por ejemplo, festejé mi cumpleaños. No este, del 22 de noviembre, sino el biológico, del 5 de junio. Treinta años montado en la Tierra que gira y rota. Qué equilibrio.
Esa noche hubo música, comida, bebidas, por supuesto. A la tarde siguiente, la que era mi novia comenzó a explicarme que dejaría de serlo. Creo que la raíz nostálgica de los hispano parlantes deriva del sistema con el que debemos conjugar los verbos. Así entonces, sin trabajo, sin plata, con 30 años y recién soltero. Podría ser la contratapa de una película de humor patético. Con Adam Sandler. Así que así, semanas oscuras en lo patente del desamor. La casa de un hombre abandonado. Porque el desamor, ya dijimos, es poético-patético; el amor es ético-narrativo. Por suerte, mi amigo Olv me alcanzó una novela de Alfred Hayes, “Los enamorados”. Gran remedio: a patético, patético y medio, pero con la ética de lo relatable. El sufrimiento y el confort potencian sus cargas negativas. Esa novela de Hayes es por completo inconfortable. Tiene un párrafo mágico, en que el narrador explica cómo son los momentos que las mujeres eligen para abandonarlo a uno. Siempre durante un cumpleaños, obvio. Después de haber terminado de leer la novela, intenté reencontrarme con ese párrafo, pero, mágico, nunca volvió a aparecer.
Ahora que lo recuerdo y lo pienso, creo que fue el primer libro que leí en la cama en muchísimos años.
Tal vez no leía en la cama desde la infancia, como esa vez que leí, por sugerencia de mi padre, a los once años, un libro de cuentos de Calvino, y fue tal la angustia que me generó “la aventura de un miope” que tuve que ir a despertarlo en medio de la madrugada, para charlar. Fuimos a la cocina, me sirvió agua, se sirvió whisky.

Proponer una lectura es lo contrario a dar un consejo. Siempre y cuando el que lo propone se mantenga a disposición para sostener lo efectos. Como mi padre en aquel entonces, como mi amigo esta vez. Un libro, dos o tres libros; exhalar vocales que vibran por adentro del cuerpo, y anotar en el cuaderno de chi kung las imágenes que sobrevuelan la mente, ligeras como nubes. Destrabar los músculos y las articulaciones donde quedaron cobijados ciertos conflictos estériles. Eso, y ponerse el anillo mágico de Don Julio, y admitir, bajo su influjo, que, mal que le pese a nuestro instinto melancólico, Todo Pasa.

En la misma noche del festejo de mi cumpleaños me reencontré con mi amigo Cho. Le comenté que andaba buscando trabajo, que ya no tenía reservas económicas. Hace años, seis o siete años, después de trabajar informalmente (en negro, claro) en un programa de televisión durante un par de temporadas, me ofrecieron hacer el reemplazo de un guionista, por un mes. Ya cansado, pensé que no quería trabajar (nunca más) de eso. Rechacé el ofrecimiento, pero me permití recomendarles a alguien: mi amigo Cho. Él hizo la prueba, entró, quedó, y jamás se fue. Esa noche me comentó que, quien ahora podía decidir la contratación de un guionista, era él, Jefe de algo. A las pocas semanas me mandó un mail contándome que uno de los guionistas se iba de viaje por un mes, y me ofreció hacer el reemplazo.
Así fue, estuve un mes trabajando ahí. Cuando llegué a la oficina en la mañana de mi último día, los jefes de la productora sorprendieron a todos los empleados con una reunión urgente: resulta que, después de diez años al aire, el canal había decidido bajar el programa. Así que todos ellos, las sesenta personas que me rodeaban, se quedaban sin trabajo. Ahí mismo. El mismo día en que yo volvía a mi vida de desempleo. Yo estuve ahí, en esa reunión. A algunos los vi llorar.
Una historia rara.

En fin, cumplí treinta años tramado por el entretejido de relatos latentes, y finales, como siempre, abruptos. Como la pila de diarios que finalmente cae una madrugada.
Pero intacto. Cierto que las sombras del otoño me producen más escozor que antes, pero eso también es aprendizaje.

Hay algo que no es ni dentro de la casa, ni fuera de la casa, un paraíso intermedio: el bar.

Ahora me acuerdo: hace varios meses, a principio de año, tuve un sueño: uno de esos sueños en que aparecen todas las personas que uno conoció en su vida, se articulan decenas de miles de ideas, significantes enigmáticos, en los que el sueño se interpreta dentro del mismo sueño y la propia interpretación se convierte en un personaje más. No me voy a detener en esos detalles, lo que importa es el final: yo caminaba, apurado, por la calle Sucre, desde Conesa hacia Zapiola. Llegando a la esquina, me encuentro con una persona que vendría a representar una suerte de archi némesis, que mira un bar. Aterrado, le pregunto: “¿Vos llegaste antes, al Café de la R?”.  
No recordé haber recordado antes, en casi dos décadas, el Café de la R. Era el bar de la esquina de una de las primeras casas en las que viví, entre los seis y los doce años. Lo ví en funcionamiento menos de un año (es decir que tendría entre seis y siete), poco tiempo para un bar, muchísimo para la vida de un nene. Yo estaba enamorado de ese lugar. En el frente, encima de una especie de barranquita con pasto, tenía una pequeña galería, con dos mesas al aire libre, una a cada lado de la puerta de entrada. Recuerdo haber visto una pareja de adultos tomando algo en una de esas mesitas.
Lo borré de mi mente hasta que volvió en el sueño. Me desperté sobresaltado, y me metí en Internet para buscar datos, fotos o lo que fuera, del Café de la R, frente a la Estación Belgrano R. Lo único que encontré, después de horas de googleo frenético, fue una larguísima monografía sobre “pulperías, confiterías y bares de Buenos Aires”. Así me enteré de que, en esa esquina, había funcionado durante un par de décadas un pub tipo británico, llamado The Glue Pot, “el tarro de pegamento”. Parece ser que así lo habían bautizado las mujeres del barrio: decían que sus maridos se quedaban pegados ahí cuando salían del trabajo. Así que el Café de la R, al que tal vez no lo recuerde nadie más que yo, fue una fallida encarnación del viejo tarro de pegamento.
Así quedé pegado yo, a una iniciática imagen de la felicidad, dos personas tomando algo en un bar, fuera de casa pero también fuera del trabajo, fuera de adentro y fuera de afuera. Como el instante ese, entre el sueño y la vigilia, ese momento eterno que sintetiza las propuestas de cielo e infierno. Ahí estoy, todavía, hablando de uno y otro lado de la barra, preparando una picada, cocinando algo de madrugada. Mirando pasar un tren como si fuera un río, tomando una cerveza, la primera cada vez. 
Imaginando proyectos, pero sin urgencia, porque tengo toda la vida por delante, y porque el único proyecto sensato es mantener eso que nos rodea, ese tiempo sin tiempo de los sueños y de los bares.
Y si es necesario, para expandir esa atemporalidad feliz, entonces sí, escribir, cantar, cocinar, o deletrear el paso del tiempo en capítulos anuales.

Esto es todo, por el año de hoy.
Como siempre, hasta el año que viene, si la azar nos acompaña.

Tuesday, November 22, 2011

Una vez por año #4

Con una temperatura ostensiblemente superior a los cinco grados la tarde se presenta magnífica para la práctica de la caminata reflexiva a orillas del Río Elba, en la ciudad de Dresden, República argentina de Alemaña, o El País de los Perros Silenciosos.

Visto desde acá, el río corre de derecha a izquierda, de la ciudad nueva a la ciudad vieja, como debe ser, así como debería ser leído un año en apuntes borrosos; y los habitantes de esta ciudad acompañan la dirección del río caminando con pasos breves, mirando a Elba de reojo. Quisiera ver cómo miran su río, conocer algo de su intimidad hermética, pero no: ni yo puedo ver sus miradas ni sus miradas llegan a derramarse en el río: higiénicos, le ahorran al agua sus desperdicios.

Una vez por año, otra vez. Durante algunos minutos pensé en no-escribir este texto. En vano, ya se me estaba escribiendo en la cabeza. Los perros ultra civilizados bajan la suya, ni ladran. Ni en los medios de transporte ni a la orilla del río. Los perros de la costa, ¿se acuerdan? A ellos yo los espantaba, cuando se acercaban demasiado pedigüeños o violentos, imitando la severa pronunciación alemana. Nunca fallaba. Acá no hace falta: viven encerrados entre órdenes.

Finalmente, este viaje. Años de habitar esa mezcla de curiosidad y terror: ¿quién soy yo en otro idioma? ¿Voy a viajar a un continente otro para desexistir ahí? Acá, tan lejos, viven mi hermana, mi cuñado y mi sobrina. Con mi hermana, la mayor de ellas, Ayelén, dedicada a las artes visuales (esto parece la presentación de un personaje, disculpen, estoy un poco falto de ritmo, no escribo hace semanas largas); con ella dialogamos largo al respecto la otra tarde.

Disculpen, pero esto no está fluyendo. Voy a desarmar la ficción: voy a salir de esta casa, frente a esta computadora. Voy a caminar otra vez al lado del río, vuelvo y les cuento.


¡Que fluya, que fluya! Esa es la única verdad formal. quería contarles acerca de esa conversación, en la que se entramaban con justeza nociones de la traducción, el arte y la vida. Sin embargo, lo que me suena ahora que me acuerdo, es la mesa de bar en Berlín, también frente a un río, haciendo tiempo. Actividad alquímica. Y las sustancias: el aroma tostado de su té verde, el sabor épico-ancestral de mi Fransiskaner Hefe Weissbier, la cerveza más rica que he tomado hasta el día de hoy.

Para tomar cerveza alemana, especialmente de este estilo, rubia opaca y densa, hay que mantener la boca casi cerrada y abrir bien la garganta. Lo mismo que hay que hacer, intuyo, para hablar alemán: noto en ellos una gran cantidad de aire que se produce en su interior y que sale retorcido, amortiguado y deformado por las presiones consonantes de su boca.

Pensé, en las vísperas del viaje, que sería capaz de soportar el hecho de estar rodeado de un idioma tan extraño e incomprensible. Lo que no pensé es que me generaría tal pasión: desde que llegué a esta tierra, cada vez que veo una palabra escrita practico para adentro su pronunciación. De eso hablábamos, creo, con mi hermana: ella, cuando hace un retrato, ensaya inconscientemente el gesto del modelo. A mi me pasa algo muy similar al escribir: actúo las voces. Llevado esto al terreno mucho más salvaje de la vida terrenal, al menos esa tarde en que todo fluía, el correlato: en ella, su capacidad de adaptación a distintos medios: por ejemplo para vivir y comunicarse en Alemaña durante años. En mi caso, una tendencia irresistible a imitar voces y movimientos.

Puede que Oscar Wilde pensara en eso al decir, sintéticamente, que el actor era el artista entre los artistas. Aunque puede que haya dicho completamente otra cosa. En cualquier caso, estoy de acuerdo. Traducir es actuar con la boca. Entre el sabor de la cerveza y la gimnasia de sus mandíbulas, el alemán.

Uno de los epicentros de este año fue el trabajo junto a mi padre en la escritura de su Introducción a la Obra de Lacan, para una colección dirigida por Ariel (¿ver capítulo 3, tal vez? no lo tengo a mano). Ahí se llega a decir que traducir es traducir el ritmo, y que el acento, la marca del ritmo, está en la boca.

Pero miren que simpático: un perrito blanco y negro (literalmente, como de foto antigua) viene corriendo hacia mí trayéndome una rama apretada en la boca (claro, lo raro sería que la trajera en una de sus patas). se me planta enfrente y me la ofrece. Yo me inclino, y la agarro, o no la agarro. Está pasando ahora y ya no me acuerdo. Nadie nos ve ¿Cierto, Elba?

Con precisión poética y sentido de la oportunidad, Caro suele decir, en algun momento de cada viaje, siempre en un momento muy exacto y evanescente: ¿dónde estamos?

Donde estamos. Acá estamos. Eso solo se puede decir al escribir.

Acá estamos.

La idea de este viaje, luego de siglos y siglos de diáspora sedentaria, el primer paso en su itinerario era Madrid, el 13 de noviembre: ahí estaba Caro, homenajeándose con la patria de su adolescencia en su día de cumpleaños. Yo tenía que salir de Ezeiza, en el vuelo Oceanic 1132 de Aerolíneas Argentinas, el sábado 12 a las 22:30. Pero justo no pasó, el laberítnico entramado gremial de la Aerolínea-Bandera estalló justo entonces.

La Presidenta decidió suspender la actividad de A.A. hasta el lunes. Al día siguiente, entre el incesante cruce de llamados con todos los involucrados en mi viaje, especialemnte los que me esperaban de este lado, atendí a una Operadora de Bandera. Ella me dijo que el vuelo se había re-programado para esa misma noche, a las 00:30. Alegría: el viaje imposible volvía a parecer posible. Volví a Ezeiza a confirmar la sospecha que me había empezado a inquietar con el correr de la tarde. Allí estábamos los pasajeros del Oceanic 1132, escuchando que no, que ese llamado había sido un error, disculpen la desprolijidad pero así son las cosas, son tiempos dificiles. Nos propusieron un viaje al día siguiente, a las 16 hs.

Una característica de la neurosis obsesiva: después de horas y horas de adelantarse mentalmente a los hechos, recorrer con la imaginación todos los problemas e incomididades posibles del futuro y resolverlas (¡miren, sin las manos, solo con la mente!), una vez que llega el momento todo está en calma. Lo peor ya pasó. A no ser, claro, que un imponderable desarme el castillo de cartas no enviadas. Esa vez lo que me pasó, como me podría haber pasado un sutil ataque de pánico, o una resignación cómoda y deprimida, fue que decidí viajar. Desmonté los pasos burocráticos, de mi propia burocracia anímica y de la otra, re-corrí las tres terminales caotizadas del aeropuerto, y saqué un pasaje en otra aerolínea, una hora antes de que levante vuelo. ¿Y la plata? La plata, que fluya. Henchido de valor y de orgullo, me robé una gaseosa del kiosko, me fumé un pucho de despedida y despeché la valija.

Si las tías-judías de la nueva narrativa argentina me autorizaran podría con esta anécdota tipear una novela reconnnntra contemporánea. Hasta podría ganar un premio, o una lectura académica. Antes, claro, preferiría dedicarme a vender bratwurst con vino caliente en Parque Centenario.

¿Donde era que mataron al neonazi, en Parque Centenario o Parque Rivadavia? Porque en la línea precedente nombré la palabra "judía", y ahora que estoy en Alemaña sería pertinente hacer un apartado.

He notado que la cultura hebrea tiene una gran presencia en este país. En cada barrio de cada ciudad hay un cementerio judío.

Dicen (mi hermana y mi cuñado) que Dresden es una ciudad bastante nazi, aún. Acá venían, todos juntos y en tren, los neonazis de toda Alemaña a conmemorar el bombardeo a Dresden del final de la segunda guerra mundial, y ejercer su pasión por el enfrentamiento físico. La última vez que entraron a la ciudad fueron expulsados por decenas de turcos que salieron de sus boliches de donner kebabb empuñando las cuchillas de filetear carne sobre la grasa crepitante. ¡Qué hambre que tengo!

Ahora vivo en Parque Centenario, de ahí la confunción (al neonazi lo mataron el Parque Rivadavia). Conseguí una suerte de PH (mucha suerte) con balcón corrido al frente y terraza grande arriba. en esa terraza hemos comido asados memorables, y hemos inventado un juego: la pelotella.

Si queda espacio, más adelante les cuento acerca de su invención y reglamento.

Lo incierto es que: a fines del verano pasado me encontré con que tenía que dejar mi departamento y no tenía trabajo fijo. Había culminado (con ánimos de para siempre) mi vínculo con la multinacional blanca de los niños ricos, y encaraba algunos laburitos demasiado laboriosos y de dudoso futuro (como aquel, ahora me acuerdo, que bronca... en fin, no hablaremos de él, que la pólvora escasea y sobran los chimangos). Justo-justo me llamó un amigo, que hacía años no veía y, después de pasarme unos laburitos, me ofreció el Laburo. Buena plata, pero todos los días, ocho horas por día en una oficina bajo su gerencia. Poco convencido pero urgido y aventurado, dije, como suelo decir: que sí. El tema es que el comienzo de este trabajo se dilató, y yo elegí, entre las decenas de departamentos ofrecidos, el más lindo y el más caro.

Era domingo. El dueño de mi futuro hogar nos tomó los datos a los interesados y nos derivó a su abogado. No era tan fácil. Tuve que ir a la oficina del abogado a hablar bien de mí, dije al pasar que "soy escritor de novelas", hice hincapié en mis trabajos para la tele, en mi responsabilidad y solvencia, y después... a esperar. Después de una semana sin novedades, con el estrés asfixiante de la incertidumbre quieta, una tarde de sábado, en cualquier momento, sonó el teléfono. Mi amigo, ahora amigo-jefe, me confirmó en mi "cargo" y me convocó para el lunes. Cinco minutos más tarde (digo cinco minutos porque es una convención, pero deben haber sido menos), volvió a sonar el teléfono.

"Hola Federico... te habla el Doctor Azar."

En efecto, Samuel Azar, el abogado del dueño de mi ahora casa. Unos días despúes, terminada la ceremonia de firmar el contrato en conformidad de las partes, Samuel se me acercó y, alejándome un poco del resto de la gente, me dijo que tenía "algo" para mí. Se internó en un cuartito y volvió con un libro en la mano. "Yo también escribo, Federico". Fulano de tal, se llama el libro del Doctor Azar, y es altamente recomendable.


Qué lindo se ve Buenos Aires desde acá. Cuántas ganas compartidas.

No sé cuánto más puedo durar, en este contexto, haciendo mi trabajo rutinario. Ya sobrepasé las mayores expectativas: siete meses decía el más arriesgado de mis amigos el día de la apuesta simbólica. Ya van ocho. Y acá estoy, bien lejos, conmovido por la densidad de mi paseo junto al río Elba: sereno, inquietante.

¿Qué será esta gana irreprimible de escupir el chicle que venía masticando en la orilla propia de este río tan minúsculamente conmovedor?

Ahí va. Perdoname, Elba, pero así es el amor. No estoy de acuerdo con Kurt Vonnegut cuando propone reemplazar el amor con "un poco de simple decencia". El amor tal vez implique una cierta irrespetuosidad. Un cierto hambre por ensuciar eso que es maravilloso y no está, nunca estará, en uno. La suciedad, el cocinero oculto de Ratatouille, eso que alguno se "saca de adentro". Ese movimiento imposible, de afrenta a la discuntinuidad que nos une separados ¿lo sagrado?

No, no me hagan acordar del libro de Bataille que perdí cuando viajé con mis hermanas (las tres) a Colonia (Uruguay, en ese caso) y, a poco de haber salido del hostal, pocas horas después de haber llegado al puerto, a mi hermana Verónica la atropelló un auto frente a nuestras miradas fraternas, y voló unos metros como rodando (no se preocupen, ahora ya está bien), todo en menos de un segundo, se bajó el conductor horrorizado (¡había atropellado a una persona en Colonia a la hora de la siesta!) y nos llevó a los hermanos siguiendo la ambulancia que la condujo al hospital, donde los sanos decidimos cambiar los pasajes para esa misma tarde, así que Ayi y yo pasamos por el hostal a buscar las cosas, estremecidos y apurados, y ahí, en la mesita de luz, quedó el libro de Bataille.

Esto sucedió, ahora que me esfuerzo por fechar, en la semana previa a los llamados telefónicos que me arrojaron a la vida nueva y desconocida.

Todavía la imagen se me compone en la mente y no puedo evitar apretar los ojos y fruncir la nariz. Vaya yo a saber cómo se verá ese gesto desde afuera.


Es curioso pero el chicle está, todavía, a dos pasos de distancia. O estoy caminando en círculos o algo raro pasa. ¿Desde cuando como chicles? ¿Por qué no estoy fumando? Suele sucederme que cuando me enfrento a un paisaje natural que me sacude, empiezo a pensar, en voz baja, en mi cuerpo, en que tendría que cuidarlo más. Pienso que la gente que vive de "amar la naturaleza" tiene también desarrollado un fuerte amor por las funciones exteriores de su cuerpo. Gente que no suele entregarse tanto a los placeres sensoriales. ¿Puede ser?

El cuerpo es el río del humano. La ciudad del humano es la mente. El sensorio debería ser el barco. O un puente caído.

Todos los puentes que cruzan el Elba fueron destruidos en el bombardeo a Dresden, y luego reconstruidos. Vonnegut reconstruyó aquella noche en Matadero 5, una novela. Cuando Vonngut murió, brindamos un whisky a su memoria en el Pachamama (ver capítulos anteriores).

El chicle, la intervención amorosa de mi mugre, me pegotea una anécdota reciente: hace unos días, el dueño del Hostel en Berlín nos pidió que le pagaramos una noche de más, la abultada suma de 50 euros, porque... (escuchen bien esto, hermanos y hermanas de mi patria, agárrense de la silla) porque la muchacha que entró a higienziar el cuarto ¡encontró piojos en las almohadas! Entonces, por supuesto, ellos tendrían que DESINFECTAR LA HABITACIÓN, por lo cuál no podrían alquilarla en la siguiente jornada. Después de una extenuante y bizarra discusión, Caro y yo conseguimos, articulando nuestras versiones del idioma inglés, que la pena nos sea reducida a la mitad. Pero...

¿El contagio no es una forma del amor? Perdón: ¿el amor no es un tipo de contagio? A vuelo de cuervo o gavilán, siento que sí. También hay otras formas, morigeradas, que podría nombrar como Amor Alemán: entre un cuerpo y otro debería mediar una desinfección. Me pregunto, con mi amigo y compañero Guga, ¿no hay manera de vivir saludablemente el contagio, de articular esa suciedad individual en una composición amorosa, colectiva? ¿Cómo ganar salud sin renunciar a la enfermedad?

Ya lo sabremos. Este año que viene, supongo, nos ofreceremos una escritura a modo de respuesta.


¿Se convertirá esta novela anual en un cuaderno de viajes? ¿En un libro de recetas? ¿En qué? A los nueve o diez años me inventé escritor y después, simplemente, sostuve el juego. Nunca llegué a pensar en qué quería ser cuando fuera grande. Ahora tengo 29 años, es gracioso.


Ahora se suma a la caminata mi hermana Ayi, la misma que me contó que detesta que la observen mientras trabaja y ahora no tiene el menor reparo en caminar detrás mío mientras escribo. En realidad, no es tan distinto: cuando la mente se suelta de sus certezas identitarias para que la voz comience a modular su música, es cuestión de fluir y escuchar, porque entonces estamos todos. Para el caso, recién lo habíamos convocado Guga, antes a Ariel, a mi padre. Vienen también mis otras hermanas, la que atropella fotos y la que saca autos, Caro trae nuestros piojos que dibujan puentes en el aire entre nuestras cabezas.

Milagro azul, así llaman en Dresden al único puente que no fue destruido en el bombardeo; no solo eso, también pasó "algo milagroso" aquella noche en este puente, pero mi hermana exiliada no atina a recordarlo. Tendremos que inventarlo. No es fácil lidiar con los botoncitos a la intemperie, con los dedos tan fríos. Pero vale la pena: esta es una ciudad muy linda y un poco de juguete, completamente reconstruida, a imagen y semejanza de su pasado. No puedo evitar imaginar al alemán, entre los alemanes, que al abandonar la Catedral en medio de las bombas se metió entre los escombros a recuperar el plano de la construcción.


Para adelante o para atrás, no me interesa juzgar: para adelante o para atras, dichoso es aquel que sepa qué hacer con sus propias ruinas.


Vengan, muchachos, caminemos juntos. Hay que fluir con el río y con la cerveza esta. A mí, que la cerveza me apasiona aún cuando es fea, esta cerveza me deja, entre trago y trago, en el precipicio de la aberración ante el infinito.


Si la Avenida Corrientes fuera un río yo sería el hombre más feliz del mundo.


Juguemos entre las piedras y los cuervos que gritan y los perros que callan: juguemos juntos a la pelotella. ¿Cómo se juega? Es fácil, les explico.

Se yergue una botella en el suelo. La rodeamos. Alguien da comienzo a la partida pateando una pelota de tenis, desde lejos. Si le acierta a la botella, suma un punto y vuelve a patear, si no, el juego continúa: los jugadores se dispersan en la cancha y, siguiendo el órden alfabético de las iniciales de sus nombres, patean la pelota. Cuando uno acierta, todo recomienza. Si el que acertó ha pateado la pelota quieta, y no en su excitante movimiento, se le descuenta medio punto (es decir que suma solo la otra mitad). Si el jugador espera a que la pelota se aquiete cerca de la botella y recién entonces patea, en caso de acertar se le cobra "mezquindad" y se invalida la jugada. Se le descuentan puntos también a aquel que arroja la pelota fuera del perímetro. Del resto de las reglas se encargan los jugadores cada vez. Uno de todos debe encargarse de recordarlas para sumarlas al reglamento total y final de la pelotella. Por favor.

El juego termina cuando llega la hora de comer la carne que estuviera asándose en la parrilla, o cuando todos los jugadores se distraen al mismo tiempo en la misma conversación


Mi sobrina me interrumpe a sabiendas. Ella sabe lo que hace. Ayer me regaló una casa de cuatro pisos. Piensa que sería genial dibujar lo que uno quiera y después meterse en el dibujo y ver cómo es cuando es real. "Podríamos dibujar... la muerte", propuso sonriendo. Siento sin pena y sin gloria que tiene unos nueve años muy parecidos a los que tenía yo cuando me inventé escritor.

Ahora quiere que la ayude a hacer una tarea de matemática, y se escandaliza cuando le digo que no se restar ni sumar. Le interrumpo la interrupción, sigamos caminado.

El padre de mi sobrina diabólica, es decir mi cuñado, también es adepto a captar la naturaleza de ciertos juegos. Se me acerca y me cuenta uno que le han contado hace poco. Sucede en Wall Street. Parece que ya no es como en las películas, donde centenares de tipos compran y venden a los gritos aferrados a sus teléfonos; ahora se realiza con programas informáticos. Se juega así: jugador A desarrolla un programa para que vaya comprando lo que él quiera, sintetiza su criterio. Para que estas compras no se noten, lo cual generaría el aumento de esas acciones, va comprando por partes, pequeñas partes intercaladas. Para ello establece un escalonamiento de compras que simula ser azaroso. Ahora bien, Jugador B diseña un programa que le permite leer el patrón encriptado de las compras de A. Así que va comprando lo que está por comprar A y luego se lo vende un poco más caro. Entonces interviene el Jugador C, quien, conociendo la estrategia de B, inventa un supuesto A, para que B compre antes (que nadie) algo que no podrá venderle a nadie. En este simpático juego, en cadenas sucesivas, se basa el sistema financiero mundial.

Ahora mismo en Buenos Aires hay un grupo de gente reunida, pensando y haciendo: buscando de manera colectiva respuestas a una pregunta: cómo vivir en este mundo sin renunciar al arte, y sin que el arte se vuelva un lujo tristón. Es decir, habitar este mundo inmersos en una práctica inventiva y expresiva que sea cuestionadora y transformadora. Con o sin la palabra "arte" como escudo, unas prácticas que sean vitales y no desperdicios melancólicos.

Al menos así se me ocurre describirlo desde acá, que no es allá pero tampoco es lo contrario. Ya me contarán.

Supongo que si la enfermedad del sistema es la ludopatía, nos queda hacernos fuertes en nuestros propios juegos, diseñar colectivamente sus reglas y jugarlos, claro Federico, con la seriedad de cuando érmos niños.


Seis y media de la tarde en Dresden, hace un frío de re cagarse. Hora de dejar la caminata e inventar otros juegos. ¡Cebate un mate, Elba!

Ahora se me ocurre uno. A pocas cuadras de esta casa familiar y hedonista como pocas, hay un bar-restaurante llamado Raskolnikoff. Ahí estuve la otra noche, mi primera noche de soledad en el viejo continente. Acodado en la barra, conversé con alemanes durante un par de horas en mi inglés sin conjugaciones: solo sustantivos y gestos. Tal vez llamarlo conversación sea desmesurado e incluso despectivo. Digamos que compartimos nuestras voluntades de decir y de escuchar.

El juego: voy a llevar un ejemplar de Bolsillo de Cerdo, mi novela rusa, de restaurante ruso, y lo voy a dejar en la barra. Tal vez, si me animo, puedo garabatear en la primera hoja la dirección de este blog.

Nunca se sabe.

¿Y ahora? Ya está.

¿Y el perrito con la rama en la boca?

Hasta el año que viene, si es que viene para usted, amable lector que camina de este lado de la orilla, y si es que viene también para mí.

¡Sigan fluyendo!


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