Tuesday, November 22, 2011
Una vez por año #4
Con una temperatura ostensiblemente superior a los cinco grados la tarde se presenta magnífica para la práctica de la caminata reflexiva a orillas del Río Elba, en la ciudad de Dresden, República argentina de Alemaña, o El País de los Perros Silenciosos.
Visto desde acá, el río corre de derecha a izquierda, de la ciudad nueva a la ciudad vieja, como debe ser, así como debería ser leído un año en apuntes borrosos; y los habitantes de esta ciudad acompañan la dirección del río caminando con pasos breves, mirando a Elba de reojo. Quisiera ver cómo miran su río, conocer algo de su intimidad hermética, pero no: ni yo puedo ver sus miradas ni sus miradas llegan a derramarse en el río: higiénicos, le ahorran al agua sus desperdicios.
Una vez por año, otra vez. Durante algunos minutos pensé en no-escribir este texto. En vano, ya se me estaba escribiendo en la cabeza. Los perros ultra civilizados bajan la suya, ni ladran. Ni en los medios de transporte ni a la orilla del río. Los perros de la costa, ¿se acuerdan? A ellos yo los espantaba, cuando se acercaban demasiado pedigüeños o violentos, imitando la severa pronunciación alemana. Nunca fallaba. Acá no hace falta: viven encerrados entre órdenes.
Finalmente, este viaje. Años de habitar esa mezcla de curiosidad y terror: ¿quién soy yo en otro idioma? ¿Voy a viajar a un continente otro para desexistir ahí? Acá, tan lejos, viven mi hermana, mi cuñado y mi sobrina. Con mi hermana, la mayor de ellas, Ayelén, dedicada a las artes visuales (esto parece la presentación de un personaje, disculpen, estoy un poco falto de ritmo, no escribo hace semanas largas); con ella dialogamos largo al respecto la otra tarde.
Disculpen, pero esto no está fluyendo. Voy a desarmar la ficción: voy a salir de esta casa, frente a esta computadora. Voy a caminar otra vez al lado del río, vuelvo y les cuento.
¡Que fluya, que fluya! Esa es la única verdad formal. quería contarles acerca de esa conversación, en la que se entramaban con justeza nociones de la traducción, el arte y la vida. Sin embargo, lo que me suena ahora que me acuerdo, es la mesa de bar en Berlín, también frente a un río, haciendo tiempo. Actividad alquímica. Y las sustancias: el aroma tostado de su té verde, el sabor épico-ancestral de mi Fransiskaner Hefe Weissbier, la cerveza más rica que he tomado hasta el día de hoy.
Para tomar cerveza alemana, especialmente de este estilo, rubia opaca y densa, hay que mantener la boca casi cerrada y abrir bien la garganta. Lo mismo que hay que hacer, intuyo, para hablar alemán: noto en ellos una gran cantidad de aire que se produce en su interior y que sale retorcido, amortiguado y deformado por las presiones consonantes de su boca.
Pensé, en las vísperas del viaje, que sería capaz de soportar el hecho de estar rodeado de un idioma tan extraño e incomprensible. Lo que no pensé es que me generaría tal pasión: desde que llegué a esta tierra, cada vez que veo una palabra escrita practico para adentro su pronunciación. De eso hablábamos, creo, con mi hermana: ella, cuando hace un retrato, ensaya inconscientemente el gesto del modelo. A mi me pasa algo muy similar al escribir: actúo las voces. Llevado esto al terreno mucho más salvaje de la vida terrenal, al menos esa tarde en que todo fluía, el correlato: en ella, su capacidad de adaptación a distintos medios: por ejemplo para vivir y comunicarse en Alemaña durante años. En mi caso, una tendencia irresistible a imitar voces y movimientos.
Puede que Oscar Wilde pensara en eso al decir, sintéticamente, que el actor era el artista entre los artistas. Aunque puede que haya dicho completamente otra cosa. En cualquier caso, estoy de acuerdo. Traducir es actuar con la boca. Entre el sabor de la cerveza y la gimnasia de sus mandíbulas, el alemán.
Uno de los epicentros de este año fue el trabajo junto a mi padre en la escritura de su Introducción a la Obra de Lacan, para una colección dirigida por Ariel (¿ver capítulo 3, tal vez? no lo tengo a mano). Ahí se llega a decir que traducir es traducir el ritmo, y que el acento, la marca del ritmo, está en la boca.
Pero miren que simpático: un perrito blanco y negro (literalmente, como de foto antigua) viene corriendo hacia mí trayéndome una rama apretada en la boca (claro, lo raro sería que la trajera en una de sus patas). se me planta enfrente y me la ofrece. Yo me inclino, y la agarro, o no la agarro. Está pasando ahora y ya no me acuerdo. Nadie nos ve ¿Cierto, Elba?
Con precisión poética y sentido de la oportunidad, Caro suele decir, en algun momento de cada viaje, siempre en un momento muy exacto y evanescente: ¿dónde estamos?
Donde estamos. Acá estamos. Eso solo se puede decir al escribir.
Acá estamos.
La idea de este viaje, luego de siglos y siglos de diáspora sedentaria, el primer paso en su itinerario era Madrid, el 13 de noviembre: ahí estaba Caro, homenajeándose con la patria de su adolescencia en su día de cumpleaños. Yo tenía que salir de Ezeiza, en el vuelo Oceanic 1132 de Aerolíneas Argentinas, el sábado 12 a las 22:30. Pero justo no pasó, el laberítnico entramado gremial de la Aerolínea-Bandera estalló justo entonces.
La Presidenta decidió suspender la actividad de A.A. hasta el lunes. Al día siguiente, entre el incesante cruce de llamados con todos los involucrados en mi viaje, especialemnte los que me esperaban de este lado, atendí a una Operadora de Bandera. Ella me dijo que el vuelo se había re-programado para esa misma noche, a las 00:30. Alegría: el viaje imposible volvía a parecer posible. Volví a Ezeiza a confirmar la sospecha que me había empezado a inquietar con el correr de la tarde. Allí estábamos los pasajeros del Oceanic 1132, escuchando que no, que ese llamado había sido un error, disculpen la desprolijidad pero así son las cosas, son tiempos dificiles. Nos propusieron un viaje al día siguiente, a las 16 hs.
Una característica de la neurosis obsesiva: después de horas y horas de adelantarse mentalmente a los hechos, recorrer con la imaginación todos los problemas e incomididades posibles del futuro y resolverlas (¡miren, sin las manos, solo con la mente!), una vez que llega el momento todo está en calma. Lo peor ya pasó. A no ser, claro, que un imponderable desarme el castillo de cartas no enviadas. Esa vez lo que me pasó, como me podría haber pasado un sutil ataque de pánico, o una resignación cómoda y deprimida, fue que decidí viajar. Desmonté los pasos burocráticos, de mi propia burocracia anímica y de la otra, re-corrí las tres terminales caotizadas del aeropuerto, y saqué un pasaje en otra aerolínea, una hora antes de que levante vuelo. ¿Y la plata? La plata, que fluya. Henchido de valor y de orgullo, me robé una gaseosa del kiosko, me fumé un pucho de despedida y despeché la valija.
Si las tías-judías de la nueva narrativa argentina me autorizaran podría con esta anécdota tipear una novela reconnnntra contemporánea. Hasta podría ganar un premio, o una lectura académica. Antes, claro, preferiría dedicarme a vender bratwurst con vino caliente en Parque Centenario.
¿Donde era que mataron al neonazi, en Parque Centenario o Parque Rivadavia? Porque en la línea precedente nombré la palabra "judía", y ahora que estoy en Alemaña sería pertinente hacer un apartado.
He notado que la cultura hebrea tiene una gran presencia en este país. En cada barrio de cada ciudad hay un cementerio judío.
Dicen (mi hermana y mi cuñado) que Dresden es una ciudad bastante nazi, aún. Acá venían, todos juntos y en tren, los neonazis de toda Alemaña a conmemorar el bombardeo a Dresden del final de la segunda guerra mundial, y ejercer su pasión por el enfrentamiento físico. La última vez que entraron a la ciudad fueron expulsados por decenas de turcos que salieron de sus boliches de donner kebabb empuñando las cuchillas de filetear carne sobre la grasa crepitante. ¡Qué hambre que tengo!
Ahora vivo en Parque Centenario, de ahí la confunción (al neonazi lo mataron el Parque Rivadavia). Conseguí una suerte de PH (mucha suerte) con balcón corrido al frente y terraza grande arriba. en esa terraza hemos comido asados memorables, y hemos inventado un juego: la pelotella.
Si queda espacio, más adelante les cuento acerca de su invención y reglamento.
Lo incierto es que: a fines del verano pasado me encontré con que tenía que dejar mi departamento y no tenía trabajo fijo. Había culminado (con ánimos de para siempre) mi vínculo con la multinacional blanca de los niños ricos, y encaraba algunos laburitos demasiado laboriosos y de dudoso futuro (como aquel, ahora me acuerdo, que bronca... en fin, no hablaremos de él, que la pólvora escasea y sobran los chimangos). Justo-justo me llamó un amigo, que hacía años no veía y, después de pasarme unos laburitos, me ofreció el Laburo. Buena plata, pero todos los días, ocho horas por día en una oficina bajo su gerencia. Poco convencido pero urgido y aventurado, dije, como suelo decir: que sí. El tema es que el comienzo de este trabajo se dilató, y yo elegí, entre las decenas de departamentos ofrecidos, el más lindo y el más caro.
Era domingo. El dueño de mi futuro hogar nos tomó los datos a los interesados y nos derivó a su abogado. No era tan fácil. Tuve que ir a la oficina del abogado a hablar bien de mí, dije al pasar que "soy escritor de novelas", hice hincapié en mis trabajos para la tele, en mi responsabilidad y solvencia, y después... a esperar. Después de una semana sin novedades, con el estrés asfixiante de la incertidumbre quieta, una tarde de sábado, en cualquier momento, sonó el teléfono. Mi amigo, ahora amigo-jefe, me confirmó en mi "cargo" y me convocó para el lunes. Cinco minutos más tarde (digo cinco minutos porque es una convención, pero deben haber sido menos), volvió a sonar el teléfono.
"Hola Federico... te habla el Doctor Azar."
En efecto, Samuel Azar, el abogado del dueño de mi ahora casa. Unos días despúes, terminada la ceremonia de firmar el contrato en conformidad de las partes, Samuel se me acercó y, alejándome un poco del resto de la gente, me dijo que tenía "algo" para mí. Se internó en un cuartito y volvió con un libro en la mano. "Yo también escribo, Federico". Fulano de tal, se llama el libro del Doctor Azar, y es altamente recomendable.
Qué lindo se ve Buenos Aires desde acá. Cuántas ganas compartidas.
No sé cuánto más puedo durar, en este contexto, haciendo mi trabajo rutinario. Ya sobrepasé las mayores expectativas: siete meses decía el más arriesgado de mis amigos el día de la apuesta simbólica. Ya van ocho. Y acá estoy, bien lejos, conmovido por la densidad de mi paseo junto al río Elba: sereno, inquietante.
¿Qué será esta gana irreprimible de escupir el chicle que venía masticando en la orilla propia de este río tan minúsculamente conmovedor?
Ahí va. Perdoname, Elba, pero así es el amor. No estoy de acuerdo con Kurt Vonnegut cuando propone reemplazar el amor con "un poco de simple decencia". El amor tal vez implique una cierta irrespetuosidad. Un cierto hambre por ensuciar eso que es maravilloso y no está, nunca estará, en uno. La suciedad, el cocinero oculto de Ratatouille, eso que alguno se "saca de adentro". Ese movimiento imposible, de afrenta a la discuntinuidad que nos une separados ¿lo sagrado?
No, no me hagan acordar del libro de Bataille que perdí cuando viajé con mis hermanas (las tres) a Colonia (Uruguay, en ese caso) y, a poco de haber salido del hostal, pocas horas después de haber llegado al puerto, a mi hermana Verónica la atropelló un auto frente a nuestras miradas fraternas, y voló unos metros como rodando (no se preocupen, ahora ya está bien), todo en menos de un segundo, se bajó el conductor horrorizado (¡había atropellado a una persona en Colonia a la hora de la siesta!) y nos llevó a los hermanos siguiendo la ambulancia que la condujo al hospital, donde los sanos decidimos cambiar los pasajes para esa misma tarde, así que Ayi y yo pasamos por el hostal a buscar las cosas, estremecidos y apurados, y ahí, en la mesita de luz, quedó el libro de Bataille.
Esto sucedió, ahora que me esfuerzo por fechar, en la semana previa a los llamados telefónicos que me arrojaron a la vida nueva y desconocida.
Todavía la imagen se me compone en la mente y no puedo evitar apretar los ojos y fruncir la nariz. Vaya yo a saber cómo se verá ese gesto desde afuera.
Es curioso pero el chicle está, todavía, a dos pasos de distancia. O estoy caminando en círculos o algo raro pasa. ¿Desde cuando como chicles? ¿Por qué no estoy fumando? Suele sucederme que cuando me enfrento a un paisaje natural que me sacude, empiezo a pensar, en voz baja, en mi cuerpo, en que tendría que cuidarlo más. Pienso que la gente que vive de "amar la naturaleza" tiene también desarrollado un fuerte amor por las funciones exteriores de su cuerpo. Gente que no suele entregarse tanto a los placeres sensoriales. ¿Puede ser?
El cuerpo es el río del humano. La ciudad del humano es la mente. El sensorio debería ser el barco. O un puente caído.
Todos los puentes que cruzan el Elba fueron destruidos en el bombardeo a Dresden, y luego reconstruidos. Vonnegut reconstruyó aquella noche en Matadero 5, una novela. Cuando Vonngut murió, brindamos un whisky a su memoria en el Pachamama (ver capítulos anteriores).
El chicle, la intervención amorosa de mi mugre, me pegotea una anécdota reciente: hace unos días, el dueño del Hostel en Berlín nos pidió que le pagaramos una noche de más, la abultada suma de 50 euros, porque... (escuchen bien esto, hermanos y hermanas de mi patria, agárrense de la silla) porque la muchacha que entró a higienziar el cuarto ¡encontró piojos en las almohadas! Entonces, por supuesto, ellos tendrían que DESINFECTAR LA HABITACIÓN, por lo cuál no podrían alquilarla en la siguiente jornada. Después de una extenuante y bizarra discusión, Caro y yo conseguimos, articulando nuestras versiones del idioma inglés, que la pena nos sea reducida a la mitad. Pero...
¿El contagio no es una forma del amor? Perdón: ¿el amor no es un tipo de contagio? A vuelo de cuervo o gavilán, siento que sí. También hay otras formas, morigeradas, que podría nombrar como Amor Alemán: entre un cuerpo y otro debería mediar una desinfección. Me pregunto, con mi amigo y compañero Guga, ¿no hay manera de vivir saludablemente el contagio, de articular esa suciedad individual en una composición amorosa, colectiva? ¿Cómo ganar salud sin renunciar a la enfermedad?
Ya lo sabremos. Este año que viene, supongo, nos ofreceremos una escritura a modo de respuesta.
¿Se convertirá esta novela anual en un cuaderno de viajes? ¿En un libro de recetas? ¿En qué? A los nueve o diez años me inventé escritor y después, simplemente, sostuve el juego. Nunca llegué a pensar en qué quería ser cuando fuera grande. Ahora tengo 29 años, es gracioso.
Ahora se suma a la caminata mi hermana Ayi, la misma que me contó que detesta que la observen mientras trabaja y ahora no tiene el menor reparo en caminar detrás mío mientras escribo. En realidad, no es tan distinto: cuando la mente se suelta de sus certezas identitarias para que la voz comience a modular su música, es cuestión de fluir y escuchar, porque entonces estamos todos. Para el caso, recién lo habíamos convocado Guga, antes a Ariel, a mi padre. Vienen también mis otras hermanas, la que atropella fotos y la que saca autos, Caro trae nuestros piojos que dibujan puentes en el aire entre nuestras cabezas.
Milagro azul, así llaman en Dresden al único puente que no fue destruido en el bombardeo; no solo eso, también pasó "algo milagroso" aquella noche en este puente, pero mi hermana exiliada no atina a recordarlo. Tendremos que inventarlo. No es fácil lidiar con los botoncitos a la intemperie, con los dedos tan fríos. Pero vale la pena: esta es una ciudad muy linda y un poco de juguete, completamente reconstruida, a imagen y semejanza de su pasado. No puedo evitar imaginar al alemán, entre los alemanes, que al abandonar la Catedral en medio de las bombas se metió entre los escombros a recuperar el plano de la construcción.
Para adelante o para atrás, no me interesa juzgar: para adelante o para atras, dichoso es aquel que sepa qué hacer con sus propias ruinas.
Vengan, muchachos, caminemos juntos. Hay que fluir con el río y con la cerveza esta. A mí, que la cerveza me apasiona aún cuando es fea, esta cerveza me deja, entre trago y trago, en el precipicio de la aberración ante el infinito.
Si la Avenida Corrientes fuera un río yo sería el hombre más feliz del mundo.
Juguemos entre las piedras y los cuervos que gritan y los perros que callan: juguemos juntos a la pelotella. ¿Cómo se juega? Es fácil, les explico.
Se yergue una botella en el suelo. La rodeamos. Alguien da comienzo a la partida pateando una pelota de tenis, desde lejos. Si le acierta a la botella, suma un punto y vuelve a patear, si no, el juego continúa: los jugadores se dispersan en la cancha y, siguiendo el órden alfabético de las iniciales de sus nombres, patean la pelota. Cuando uno acierta, todo recomienza. Si el que acertó ha pateado la pelota quieta, y no en su excitante movimiento, se le descuenta medio punto (es decir que suma solo la otra mitad). Si el jugador espera a que la pelota se aquiete cerca de la botella y recién entonces patea, en caso de acertar se le cobra "mezquindad" y se invalida la jugada. Se le descuentan puntos también a aquel que arroja la pelota fuera del perímetro. Del resto de las reglas se encargan los jugadores cada vez. Uno de todos debe encargarse de recordarlas para sumarlas al reglamento total y final de la pelotella. Por favor.
El juego termina cuando llega la hora de comer la carne que estuviera asándose en la parrilla, o cuando todos los jugadores se distraen al mismo tiempo en la misma conversación
Mi sobrina me interrumpe a sabiendas. Ella sabe lo que hace. Ayer me regaló una casa de cuatro pisos. Piensa que sería genial dibujar lo que uno quiera y después meterse en el dibujo y ver cómo es cuando es real. "Podríamos dibujar... la muerte", propuso sonriendo. Siento sin pena y sin gloria que tiene unos nueve años muy parecidos a los que tenía yo cuando me inventé escritor.
Ahora quiere que la ayude a hacer una tarea de matemática, y se escandaliza cuando le digo que no se restar ni sumar. Le interrumpo la interrupción, sigamos caminado.
El padre de mi sobrina diabólica, es decir mi cuñado, también es adepto a captar la naturaleza de ciertos juegos. Se me acerca y me cuenta uno que le han contado hace poco. Sucede en Wall Street. Parece que ya no es como en las películas, donde centenares de tipos compran y venden a los gritos aferrados a sus teléfonos; ahora se realiza con programas informáticos. Se juega así: jugador A desarrolla un programa para que vaya comprando lo que él quiera, sintetiza su criterio. Para que estas compras no se noten, lo cual generaría el aumento de esas acciones, va comprando por partes, pequeñas partes intercaladas. Para ello establece un escalonamiento de compras que simula ser azaroso. Ahora bien, Jugador B diseña un programa que le permite leer el patrón encriptado de las compras de A. Así que va comprando lo que está por comprar A y luego se lo vende un poco más caro. Entonces interviene el Jugador C, quien, conociendo la estrategia de B, inventa un supuesto A, para que B compre antes (que nadie) algo que no podrá venderle a nadie. En este simpático juego, en cadenas sucesivas, se basa el sistema financiero mundial.
Ahora mismo en Buenos Aires hay un grupo de gente reunida, pensando y haciendo: buscando de manera colectiva respuestas a una pregunta: cómo vivir en este mundo sin renunciar al arte, y sin que el arte se vuelva un lujo tristón. Es decir, habitar este mundo inmersos en una práctica inventiva y expresiva que sea cuestionadora y transformadora. Con o sin la palabra "arte" como escudo, unas prácticas que sean vitales y no desperdicios melancólicos.
Al menos así se me ocurre describirlo desde acá, que no es allá pero tampoco es lo contrario. Ya me contarán.
Supongo que si la enfermedad del sistema es la ludopatía, nos queda hacernos fuertes en nuestros propios juegos, diseñar colectivamente sus reglas y jugarlos, claro Federico, con la seriedad de cuando érmos niños.
Seis y media de la tarde en Dresden, hace un frío de re cagarse. Hora de dejar la caminata e inventar otros juegos. ¡Cebate un mate, Elba!
Ahora se me ocurre uno. A pocas cuadras de esta casa familiar y hedonista como pocas, hay un bar-restaurante llamado Raskolnikoff. Ahí estuve la otra noche, mi primera noche de soledad en el viejo continente. Acodado en la barra, conversé con alemanes durante un par de horas en mi inglés sin conjugaciones: solo sustantivos y gestos. Tal vez llamarlo conversación sea desmesurado e incluso despectivo. Digamos que compartimos nuestras voluntades de decir y de escuchar.
El juego: voy a llevar un ejemplar de Bolsillo de Cerdo, mi novela rusa, de restaurante ruso, y lo voy a dejar en la barra. Tal vez, si me animo, puedo garabatear en la primera hoja la dirección de este blog.
Nunca se sabe.
¿Y ahora? Ya está.
¿Y el perrito con la rama en la boca?
Hasta el año que viene, si es que viene para usted, amable lector que camina de este lado de la orilla, y si es que viene también para mí.
¡Sigan fluyendo!
Monday, November 22, 2010
Una vez por año, 3

Hasta hoy, pensando en la inminencia de este texto que vuelve a mí transformado una vez por año, cada 22 de noviembre (o días aledaños); hasta hoy no había pensando que la figura de enviar una carta al océano envuelta en una botella, podía leerse de esta otra forma. Enviarle una carta al mar para hablar con él. El mar no responde, o sí, a veces con otra botella, con una carta de otro, a veces con el mismo texto propio aunque corregido. Eso es humor lacañano.
También es lacañano escribir que lo importante de esta idea de las cartas al mar es que “hasta hoy nunca lo había pensado”. Conspirábamos con mis padres, en una de esas épicas sobremesas de texto colectivo semi gritado y atravesado por la familiaridad y los modos idénticos de ser distintos, imaginábamos un restaurante lacañano en que se sirvieran platos como “pizza de salsa de tomate, no sin muzzarella”.
Pero si uno vive en una isla más o menos desierta (ninguna isla en medio del océano desierta la posibilidad de tener al escritor adentro, que sigue chupando y cuando termina incluye los rastros de su lengua en la parte vacía de la botella, la parte de adentro), en ese caso uno vive la compañía del mar, su fidelidad oscilante, y no sería raro que le escribiera una carta. El mar, aunque presuntamente mudo, puede ser un destinatario y no sólo un medio para acceder a cualquier par, esa posterioridad inmediata. El mar es destinatario o destinal, se acerca el verano y yo lo empiezo a soñar. Qué ganas de un asado de tira, de comerlo, mucho vino, whisky, al final un melón y meterme en el mar cuando el sol empieza a volver. Ah.
Pero bueno, conformismo crítico, ahora tenemos este texto, vamos a vivir acá un rato.
Este texto es la carta en la botella al mar. Pero. Lo que incluye en el tejido de mis deseos es la desproporción. La divina desproporción. Entre causa y efecto, un océano. La forma de morir a la muerte. No hay proporción entre la vida y lo otro, el silencio de antes y la mudez posterior. Entonces toda la desproporción que se construya en vida sustrae del cálculo nuestros segundos, nuestros gestos, y no hay muerte ya. Aunque no se trata de ya, ni de todavía.
Nestor K se murió, pero eso no es terrible, no deja de ser un gesto. Lo terrible, si se lo quiere pensar, es que Nestor K todavía está muerto. No se quiere pensar, no hay cómo ni para qué. Entonces intervengamos el universo de cálculos y hagámoslo cagar con la desproporción. Un océano.
Debería escribir sobre al año que pasó.
Todos los 22 de noviembre, tercer capítulo:
Es como un cumpleaños elegido, impuesto de manera artificial. Funciona también como una cicatriz rítimica, fatal. Entonces el texto.
Suena el teléfono.
Era mi hermana Laura. Llamó para que yo le pidiera una foto para el texto de este año. Eso forma parte del ritmo. De paso va a pasar por acá: viene a buscar el libro de Proust para llevarle a nuestra hermana Ayi que vive en Alemaña y anda en busca del tiempo perdido.
(Soy irreparable: para encontrarse con la palabra “nuestra” mi cerebro recorrió opciones como “mi-y-su”).
Lo que tengo de este año, en el cuerpo, es lo que tengo de ayer, la resaca de la fiesta de ayer. Cumpleaños de Caro-mi-novia, Agustín-mi-amigo, y, según sus palabras en el mail de invitación, Rodrigo-mi-compañero.
Los días previos a la fiesta estuve interrogándome al respecto (Rodrigo nombrándome “compañero”), preguntándome si tenía o no que hacerle algún comentario.
No llegué a ninguna conclusión y lo dejé librado al alcohol. El mensaje que las botellas, la parte llena de las botellas, quisiera enviar a la posteridad. Obviamente el alcohol lo dijo. Sus respuestas fueron más que satisfactorias. La más verosímil (o la que yo sospechaba): se trató de un problema literario, estilístico: no quería repetir la palabra “amigo” en una sola línea. Así es como la literatura nos enfrenta a las palabras (en el sentido de que nos enemista) y el estilo consiste en (nos obliga a) darles batalla hasta terminar diciendo eso que las palabras no pueden decir por completo.
Cómo nos reímos.
Me acuerdo muy bien de la fiesta de ayer. Además de bailar, hablé con amigos: con casi todos y cada uno elaboré algún proyecto vital o laboral, algo de la vida en común. La puesta en común de la alegría de estar vivos al mismo tiempo y con amor. Es la manera que tenemos muchos de tallar los vínculos, de habitar el paraíso desproporcionado de la amistad: la puesta en futuro. Vivir la felicidad presente de imaginar el futuro en común. Este año me dediqué básicamente a eso: imaginar proyectos con otros. Me encantaría que sucedan, pero más me gusta imaginarlos. Como el imposible asado al mediodía al final del viaje a Rosario. Los proyectos conjuntos, los posibles y los imposibles, vibran con la misma frecuencia en el lugar del cerebro en que se aloja el espíritu (el mío). El taller de composición literaria y musical con Facu, el restaurante a puertas cerradas con mis hermanas, la telenovela con el Colo, el taller de radio con Ariel, los libros con mi padre, el servicio gastronómico con Loren, los asados salvajes en la casa de Oliverio, la casa en el tigre con Romero y Agustín, y todos los que me olvido ahora mismo. Y los que nunca comenté a mis ya futuros compañeros.
Tuve una duda, interesante: pensé en no incluir el párrafo de acá arriba, adhiriendo a la idea de que los proyectos que se mencionan en sus vísperas al final fracasan, en el sentido de que no se cumplen. Pero estos ya se cumplieron en su fracaso natural, y si llegan a participar de la realidad fáctica no tendrá que ver con supersticiones de la lengua. Interesante superstición: lo que se dice no pasa. O sea que la magia (la fe en lo que no hay) se atribuye la capacidad de decir lo que hay y lo que no, y dice que el decir no existe y que lo que existe nace en un segundo, sin palabras. No me hagan reír. Se podría invertir la estructura de la superstición, y proponer que lo que se dice, por ejemplo esto que escribo, fracasa porque va a haber no pasado. Cuando la escritura es lo que hace que haya pasado. La puesta en fracaso de la comprobación fehaciente, la puesta en fracaso que da existencia presente a lo que ha pasado. ¡Esa!
De hecho, hoy me puso triste no haberle propuesto nada a Ariel. Tenía ganas de proponerle algo para el futuro, aunque todavía ayer no sabía qué. No hubo ocasión de imaginarlo, una pena. Mañana lo llamo y le propongo proponernos algo.
Gran fiesta, me acuerdo y me divierto solo.
O sea que, entre amigos, la proyección de un futuro en común es como el momento de cortejo que se eterniza, la tensión específica de lo previo. Como la espera ansiosa y afantasmada por la carne que se asa en la parrilla, la espera ansiosa e infantil de los cuerpos que tienden a trenzarse en garche. La ansiedad tiene mala prensa, pero está: en el placer, en el deseo, en el placer de desear, y así. Porque es esa ansiedad, en esa espera, la que define el estilo de las cosas. La identidad de la ansiedad cicatriza, y el modo de la espera queda para siempre grabado en el gusto de la cosa que finalmente llega a la mesa o se sirve en la cama.
La proyección del futuro en común es el cortejo de los amigos. La realización de uno de esos proyectos viene a ser el instante sublime, el orgasmo (mal llamado acabar).
El sostenimiento en el tiempo de ese proyecto, la habitación conjunta con el amigo de ese proyecto puesto en la realidad, es equivalente al momento de dejarse caer de lado, cerca del cuerpo deseado y sudado, respirar en la semi oscuridad y que justo, justo, justo empiecen a caer la primeras gotas de una lluvia sobre el techo de chapa de los vecinos. Eso es vida.
Eso pasó esta tarde, más temprano. Justo, justo: una gota, dos gotas, la lluvia. Me sentí como un niño consentido por el universo y el azar. Como cuando todo se anuda en un relato, y esa sensación tan perfectamente opuesta a la angustia te electriza el bocho. Esa euforia de que hay una verdad aparente pero esta vez es buena, o al menos propia. Y uno desciende de un lado a otro del océano varias veces en un segundo. Tomar el océano entero de fondo azul, y dentro de la botella en la que estaba el océano anotar un deseo por escrito, tomarlo otra vez de un trago, y al leerlo encontrar perfectamente redactada en castellano del Ríodelaplata la biografía de ese segundo que no ha terminado.
Eso me pasa cuando puedo escribir. Es lógico que no me salga todos los días.
Este texto debería terminar acá, pero voy a seguir porque se me acaba de ocurrir algo fascinantemente estúpido, a saber: “no todo lo que escribo en este texto es verdad (¿?)”.
Uno de mis peores defectos, le diría a D’s si existiera con la forma de un encargado de Recursos Humanos, y el paraíso fuera la empresa en la que yo quisiera hacer carrera, “mi peor defecto es que no aprendo de mi mismo”.
No todo en este texto es la verdad, por la sencilla razón de que es un texto; los nombres intentan nombrar personajes que están vinculados con personas que nadie, ni cada uno de ellos mismos, conoce por completo, en su verdad. Por otra parte, por el carácter público e impúdico de esta novela en capítulos anuales, el mismo texto puede afectar a la vida “Real”, con mayúsculas porque refiere al Reino de los hechos, con su corte y sus palacios. Así que hay que ir midiendo la oscilación dialéctica (ahí faltaría una palabra más exacta) de esta novela y mi vida. Para que no queden demasiado mal ninguna de las dos. No me interesa que ninguna de las dos sea perfecta, mi vida y esta novela, pero quiero que se lleven bien. Es todo lo que quiero.
Entonces el surfeo literario entre la Verdad y el Verosímil, en este caso está signado por intereses puntuales, y el pacto con sus lectores, y el estilo que de todo esto deriva, no proviene de una sesuda decisión literaria sino de todo lo contrario: una necesidad indefendible de tan tangible.
Agosto, madrugada, en la cama de un hostel de Purmamarca con Caro, alrededor de veinte grados bajo cero, yo estoy tomando un licor de Arca, digo que me cura todo, que me hace bien, me saca el frío y me pone cosas mejores, y digo “qué lindo va a estar el 22 de noviembre”. A eso me refiero. Vivir para reaparecer sincero sin esfuerzo en un texto que se quiera escribir.
Cuando se viaja se sueña, y cuando se sueña se viaja (literalmente, se sueña que se viaja). Antes y después, se escribe. Nunca durante.
Volvimos del viaje con los bolsos llenos de papas de todos colores, maíz, maní… Ya en Buenos Aires cociné para el cumpleaños de mi hermana Vero una traducción desesperada de una sopa de maní entre alucinante y alucinógena que comí lejos. Mis padres habían comprado unos platos bien grandes, supongo que para agasajar mi entusiasmo culinario. Para esos platos cociné de otra forma, con otro sentido. Creo que esa misma noche me dije que si no le daba a mi gusto por cocinar un lugar más ancho en mi vida, no estaba a la altura de mis propios deseos. Así nació el deseo del restaurante a puertas cerradas. Qué manera de desear. Cómo me gusta imaginar ese lugar, esa cocina. No hay avances en su materialización, pero por las dudas se lo cuento a todo al mundo, a ver si alguien tiene la otra parte de la cosa. La que viene a acoplarse como un acorde del big bang.
Tal vez me estoy contestando una pregunta perturbadora que se me instaló en todas las escapadas de este año y sus respectivos regresos. ¿Hay alguna forma sensata/legítima de traducir esa sensación extraña y magnífica de los viajes en la vida urbana cotidiana? ¿Hay formas de que eso no se pierda al volver al ritmo cotidiano, al mundo de las certezas y las explicaciones? ¿Son esos pensamientos en viaje como las frases perfectas que aparecen en los sueños y nunca se pueden recordar con precisión? Queda esa sensación, la sensación “algo”, lo que bordea esa verdad poética inmensa que hace tambalear todo lo que se pueda pensar de uno mismo, fragmento exegético que se acuartela en el rincón del Yo al que no se puede acceder. ¿Qué hacemos con eso? ¿Hay forma de…? ¿De qué?
Esa es la respuesta. Supongo que hay que oficiar de traductor denodadamente malo. Dejar que eso inaprensible se convierta en cualquier otra cosa. No hay manera de aprehender esa lección como si fuera universitaria, hay que dejarla explotar y que sus esquirlas apadrinen lo diverso.
¿Cómo se traduce…? La belleza y la muerte rimando un gospel en el trayecto de Humahuaca a Iruya. ¿Cómo se dice? No se dice, se canta. Cantemos esa canción. Todos los días, entre los edificios y los espejos, cantemos esa canción como si la entendiéramos, como si no la supiéramos perdida. Habitemos el desgarro con desproporción, con bizarría. Nombremos “pachamama” a un cubículo lleno de humo en el centro mismo de la ciudad. Escribamos un texto. ¿Alcanza? No, no alcanza… ¿y?
Adelante. Relatemos la parte gruesa de los sueños e interpretémoslos con un doctor. Pero atrapemos al pez dorado y dejémoslo en una botella enterrada en la montaña que se muere de sed pero no se muere. Pero no al océano, porque el pez Dorado es un pez de río. Eso es un chiste. Que me dio hambre.
Tengo una pechuga de pollo cortada en cubos y marinándose en una mezcla de yogurt, ajo, cilantro y demás. Cuando venga mi hermana lo voy a mezclar con un arroz. Se está marinando porque lo preparé para comer hace un par de días pero al final me fui de joda. Mi dispersión, mi inconsistencia hecha estilo, forma de hacer. Pollo marinado dos días. El estilo es la forma particular de atravesar las dificultades, ¿cierto?
Mi hermana ya había comido, y ya se fue con los libros. O sea que tal vez el pollo extienda su marinada, quizás hasta pudrirse. Ese es el problema de las personas reales: aún cuando uno no las nombra andan existiendo por ahí.
Ayer, charlando con Dani, evoqué un momento muy intenso de mi vida. Tenía cuatro años. Esto lo se exactamente porque me fijé en Wikipedia. Fui con mi familia a algún lugar para ver pasar el cometa Halley. 1986, como este, año de mundial. El cometa Halley pasa cada 74 años, y yo esa tarde estaba disfrazado de El Hombre Araña. El traje completo. Recuerdo que la parte de la máscara me daba calor (en el sentido social), y sólo me la puse cuando algunos (que, ahora que lo pienso, debían ser habitantes de planetas anteriores) empezaron a vocear que se venía, se viene se viene el cometa.
¡¡¡¡¡AH!!!!!!
“Barrilete cósmico, de qué planeta viniste…”. 1986. Es por esto que a Víctor Hugo Morales se le ocurrió esa metáfora el día del gol de maradona a los ingleses. Escribo maradona con minúscula a propósito, ojo, aunque no sé cuál es el propósito. O sea que vamos a volver a salir campeones del mundo dentro de aproximadamente cincuenta años. Voy a pedir que me entierren con el traje de El Hombre Araña, para estar bajo tierra pero a la altura de los acontecimientos.
En esa época ya era relator de fútbol. Me encerraba en mi cuarto y relataba partidos de Ñuls mientras los imaginaba. Dos tiempos de cuarenta y cinco minutos. Podría mentir y decir que mi modelo de relator, mi primer ídolo, fue Víctor Hugo Morales, pero. Mi modelo era un relator de una radio de Rosario que llegaba, a duras penas y haciendo malabares con la antena de la radio, a Buenos Aires. Aprendí de la distancia y las interferencias.
Este año estuve en Rosario, en el final de una cadena de sucesos. Agustín me pidió que escribiera algún ensayo sobre fútbol. La escritura a pedido tiene mala prensa, supongo que porque los que la desprecian no son escritores y son unos cretinos. Es genial que te pidan que escribas. ¿Qué más podría pedir que me pidan? Escribí un ensayo sobre los jugadores borrachos, y otro sobre Ñuls. Dos de mis pasiones irracionales (por lo tanto) sentimentales más grandes. Armamos y publicamos el libro de ensayos sobre fútbol junto a varios otros, y fuimos a presentarlo a Rosario. Esa noche, charlando con Juan, uno de los compiladores del libro, que horas antes me había prohibido leer el texto de Ñuls en la presentación (haciendo honor al apodo de “canalla” con que ellos nombran a su cluBcito), le conté de esta pasión mía de la infancia, y resulta que él hacía exactamente lo mismo. No lo podíamos creer. Hinchas de los equipos enemigos, en distintas ciudades, compartíamos el juego solitario y sus rituales. Algún día debemos haber relatado un clásico rosarino al mismo tiempo, aunque con resultados opuestos. No pude sostener la fuerte intención de no quererlo que había engendrado hacía unas horas.
Obviamente durante ese fin de semana Ñuls jugó en Buenos Aires. Nuestro amor se gesta en la distancia, la dificultad y las intrincadas bromas del azar. Lo curioso es que, por primera vez en años, tampoco vi el partido por televisión, ni lo escuché por radio. Sólo fui interpretando el resultado, apasionadamente mientras simulaba hacer otra cosa, por los gritos callejeros.
Ganamos.
Lo que recuerdo ahora mismo de esos días: caminando por la ciudad, con Dani, Ana y Loren, pateando una pelota. En silencio. Armando jugadas, dialogando con los pies. Cruzando la calle para patear un centro desde la vereda de enfrente. Los caminantes desconocidos que venían de frente sumándose al juego. El zen en el arte del fútbol callejero. El zen sudaca, argentino, rosarino. Cuatro casi-adultos compartiendo respetuosamente un juego solitario, con una pelota real reemplazando a la habitual pelota imaginaria.
Ganamos.
Y también recuerdo ahora mismo el río. El río, que había aparecido como un chiste en este texto, vuelve. Nunca hay subestimar al río. El río que vuelve, y las miradas en el río. Todo ahí.
Cuando tuve que mandar una foto de mi cara, para una revista, mandé una en la que estoy en Rosario, mirando el río. Algo de lo inexplicable, algo de lo que no puedo no ser, creo que está ahí. Mucho más que en un espejo.
Oliverio escribió algo al respecto en una novela magnífica que leí hace poco, algo así como que el sufrimiento de cada persona se revela en su modo de mirar el paisaje, y solo los que son familiares pueden mirar el río con la misma expresión. Me conmovió, y me hizo evocar miradas frente al río. Esos silencios que se hacen de pronto para mirar al (o el) río, silencios mágicos y absurdos como los que se arman en los “recitales de pintura” de Lula.
Recordé las miradas de aquella vez en Rosario, planeando un asado que nunca sucedería, y las miradas otra vez, en el delta del Tigre. Estábamos con Agustín en un muelle, esperando nada. Era una época complicada para él y muy incierta para mí. En un momento le miré la mirada que miraba el río. Fue como un pavor emocionante, el descubrimiento de una fatalidad agraciada. Esa mirada no se parecía en nada a lo que yo podía imaginar de mi mirada, ni a ninguna otra mirada que hubiera visto jamás. Eso era él, irremediablemente otro, y justo por eso cercano. Cercano en su distancia. Un amigo.
Ahí pasa el cometa, otra vez. Qué ritmo loco.
Ayer Dani me dijo “Claro, sabías que era una ocasión muy especial y te vestiste con tu mejor traje”.
Yo tenía cuatro años, era el Hombre Araña, y me pareció justo incluirme en el ritmo cósmico, empezar una broma pesada sin fecha de vencimiento.
¡No hay propoción sexual!, gritan mis padres, disfrazados de Lacán en el aeropuerto de Ezeiza cuando uno de los dos vuelve de Venezuela y el otro lo busca con un auto nuevo, y recién entonces (¡tanto tiempo!) yo empiezo a existir en un relato,
total desproporción de perderse ante lo inmenso de la Historia de una Montaña, de los ritmos del universo en caos, y venir a encontrarse en lo más pequeño, un disfraz de piedra,
y otra piedra que se le pone encima,
dos juntos, somos piedras, para siempre esa vez,
a la vista de nadie, sin vernos ni siquiera
nosotros mismos
que somos dos
piedras.
barrilete cósmica
yo sé
de que planeta viniste.
Si seguimos vivos, nos vemos el año que viene.
Sunday, November 22, 2009
Una vez por año - 2

Hoy comprobé una cosa: después de ocho horas de sueño, en condiciones naturales de humedad etílica y temperatura sentimental, el cuerpo está perfectamente descansado y habilitado para cambiar de posición (levantarse). Si uno (1, yo) prefiere posponer el momento, por aburrimiento o para hacer tiempo antes de algo importante, y logra volver a dormir, la próxima vez que lo intente no va a poder (levantarse). Porque el cuerpo. Mi idea es que después de las ocho horas el cuerpo empieza a soltar unos humores que son tan tóxicos como todo lo que pueda llegar desde afuera del cuerpo. Porque los músculos se desmayan, y uno puede sentirse casi levitando: el cuerpo lejos de donde uno está sintiendo. Esto no lo digo porque yo haya levitado alguna vez, sino porque supongo que debe ser parecido al insomnio pero al revés.
Esto me pasó hoy, un año después.
No quiero hacer trampa. Durante todo este intervalo entre noviembres estuve tentado: pasaban cosas y yo las iba anotando mentalmente, suponiendo que tenían el peso o lo que sea necesario como para formar parte del capítulo anual. Me contuve, no tomé nota, pero sí que lo pensaba y me predisponía a recordarlo. Sin embargo ahora no me acuerdo. Me acuerdo de algunas cosas, sí, hechos y situaciones, pero no tengo la menor idea de con qué criterio las imaginaba adentro de este texto.
Tengo que ser sincero, es lo único que tengo.
Ahora mismo mi mente y mi aparato afectivo están tomados, afectados, por el trascendental partido (como dicen los periodistas) de Ñuls, el clásico de mañana. Mientras dormía y me despertaba estuve soñando con invenciones y variaciones de imágenes del partido de mañana. Algunas felices: Formica recupera una pelota en tres cuartos, deja dos defensores sinaliento en el camino, entra al área y define bajo ante la salida del arquero; golazo. Otras trágicas: Schiavi falla ante el primer pelotazo del partido, Zelaya se le escapa, Schiavi le comete falta desde atrás: penal y expulsión.
Pero para eso falta un día. Y hoy tengo un año entero.
No esperaba que este día llegara con tanta naturalidad. No me siento preparado. ¿Qué pasa si escribo un capítulo por año y justo me toca un día de malhumor, de cansancio, de desgano, de abulia narrativa, de desinterés?
No pasa nada.
Porque esto no es una crónica, no tiene que serlo: no tengo por qué remontar el tiempo desde el último texto a esta parte. Pero me sorprende, sí, como siempre y como todo: pasó hace tan poco y pasaron tantas cosas entre medio. Me sorprende que uno se siga sorprendiendo. Si a todos nos pasa lo mismo, siempre, ante cualquier investigación del paso del tiempo, habría que decidirse de una vez a confirmar que, sí, en efecto, así es como pasa el tiempo. Esto es lo que dura un año, exactamente, ni poco ni mucho. Hace un año fue “hace poco”, pero pasaron “muchas cosas” desde entonces. Punto. El tiempo es justo. De justeza, más que de justicia.
Este año estuve durmiendo, como hoy. Con placer, con un disfrute exótico, erótico, medio infinito. Siempre me gustó dormir, pero en este tiempo descubrí algo que me permite vivirlo con mayor intensidad. Con menos culpa, si me disculpo el psicologismo. Sólo intento atenerme a la verdad. A alguna.
Una salvedad: cuando digo dormir me refiero también (tal vez especialmente) a las zonas aledañas. De durmevela, de un pasito antes de despertar, uno después de dormir. Un día estuve más o menos doce horas levantándome y volviendo a la cama, para capturar una sensación muy precisa que todo el tiempo aparecía pero desaparecía muy pronto. Llovía igual que hoy. Y en ese recorrido, en ese ir y venir iba recolectando palabras demasiado sueltas, imágenes inexplicables.
En esas exploraciones, ese mismo día, inventé, o me encontré con, la Máquina del Tiempo. Ayer estuve intentando un cuento en que se incluye este invento, pero la verdad es que no me salió nada, así que la presento acá, ante todos ustedes.
En el diálogo con el inventor (que no sé si era yo o el otro), el inventor explica que la máquina del tiempo, finalmente inventada, te permite viajar a cualquier momento de tu vida, siempre y cuando ese momento ya haya sucedido. El futuro no existe, explica. Tampoco es posible elegir el momento: uno “se mete” en la máquina y cae cuando el azar lo disponga donde el azar lo dispone. Con una importantísima salvedad: se atraviesa una sola situación, y debe coincidir con una en la que se entró a un lugar por una puerta y se salió por otra. Es decir que el viaje que hace la máquina a otro tiempo se desarrolla en un espacio, entrando por una puerta y saliendo por otra, del mismo modo en que uno hizo ese movimiento. O sea que la máquina lo que permite es volver a vivir uno de esos momentos. Ahí, en el sueño, yo fui invitado a tomar un viaje en máquina. No recuerdo haber vivido en realidad ese espacio-situación, pero el que yo era en el sueño sí lo recordaba. Así que la máquina funciona.
Yo entraba en una especie de pasaje que se convertía en gran casona antigua. Subía una escalera y entraba en un cuarto con una biblioteca gigante. En ese cuarto había dos chicas semi desnudas tiradas en reposeras. Las chicas me reconocían, por supuesto, porque eso ya había pasado. Después de un rato de charlar yo les explicaba que venía del futuro. No me acuerdo si me creían o no, pero me hacían muchas preguntas al respecto. En un momento la charla se terminaba y yo salía del cuarto, caminaba por un pasillo balconeado, bajaba una escalera y salía por otra puerta.
Entonces volvíamos a la charla con el inventor. Yo le preguntaba (ahora era yo claramente el interlocutor y no él) lo que consideraba la pregunta más usual y problemática acerca de una máquina del tiempo: ¿qué pasa si hago algo en el pasado que pueda modificar el futuro en que ahora estamos?
“Es imposible. Vos sos la misma persona que estuvo en esa situación, y si volvés estás de verdad allí, con las mismas motivaciones y preocupaciones, miedos, deseos, etc. Así que no habría por qué hacer algo distinto a lo que ya hiciste. De hecho, lo más subversivo que podrías llegar a hacer es contarles al resto de las personas que vos venís del futuro; pero si te fijás bien, vas a ver que eso ya lo hiciste en el momento original”. Perfecto. Una última pregunta: ¿qué forma tiene la máquina?.
“Tiene forma de pastilla”.
El otro día mi hermana me comentó, muy pertinentemente, que un lugar al que llegarían casi todos con esta máquina del tiempo, sería el colectivo, a donde se entra por una puerta y se sale por la otra. Pensamos que esto funciona para todos menos para las viejitas, que entran y salen por la misma. Pero claro, para qué podría querer una viejita viajar en el tiempo y volver a un momento en que ya es viejita. Es para evitar este problema que bajan por la puerta de adelante, aún estando más cerca de la del medio.
Ahora bien, más allá de la máquina, hay un factor que me condujo a este bien-dormir orgánico. El año pasado, más o menos a la altura del capítulo, tuve otro invento de duermevela: el Conformismo Crítico. Esa iba a ser (decidí cuando desperté) mi forma de encarar la vida, un poco urgido por la falta de plata y decisión para hacer un viaje que el mundo me decía que andaba necesitando. Mucho menos mudarme.
Lo que pasó con el Conformismo Crítico fue muy especial: al poco tiempo de andar diciéndolo sumó aliados, en especial uno: mi amigo Agustín. Con él le dimos forma, lo volvimos verdadero y funcional. Muy rápido se extirpó de lo profundo de mis sueños (oníricos) y se estableció como un sueño de entre amigos, un sueño latinoamericano: una apuesta a la felicidad sólo enfocada hacia la parte posible.
Cuatro o cinco años antes (¿?) yo vivía en un departamento chico en un edificio enorme en Almagro. A la vera del patio gigante (medía lo mismo que el resto del departamento) que era el techo del garage de la torre y el cementerio improvisado de los murciélagos de la zona, Agustín y yo nos juntábamos a pensar y escribir. Nos llamábamos “Colectivo Inmediato”. En esa época escribíamos unos textos ensayísticos breves a los que denominábamos “Ocurren-cimientos” y mandábamos por mail en cadena; como un blog pero antes. Un tarde de aquellas, mientras comíamos una picada, nos dijimos un poco en broma pero muy muy en serio, que podríamos escribir un libro de autoayuda. De una nueva forma de autoayuda. Queríamos hacerlo. También en verano, pero a fin del año pasado o principio de este, mi amigo Romero me contó que iba a dirigir una nueva colección en la editorial Kier. Y estaba pensando en “títulos”.
Durante la primera mitad del año nos juntamos con Agustín todos los martes por la noche (¡ritmo!) a comer, beber y escribir nuestro libro.
Así fue como el Conformismo Crítico se ganó a sí mismo, avanzó en el mundo de la realidad hasta volverse su propia crítica, y nos superó en nuestra militancia. Ahora es parte de un libro de los que se compran y venden y a veces se leen.
Qué cosa, la fascinación ante el paso del tiempo. Como si hubiera otra cosa. Es un género de anécdota en sí: el relato que sólo tiene sentido desde la conclusión: cómo pasa el tiempo, qué loco. Pero es así, no me puedo sustraer: espío el capítulo anterior y gozo de sorpresa al pensar que “en ese momento ni siquiera pensaba en el libro de autoayuda”, por ejemplo.
La fascinación ante el paso del tiempo y su segmentación en libros.
Creo que tampoco, por ejemplo, había visto la serie House, que es algo que me parece haber hecho hace muchísimo. Ahora estoy en duda, voy a buscar algún parámetro. (Este es el juego al que nadie se puede resistir).
Perfecto: en el evento de “Cierre de Ciclos” del año pasado, después del 22 de noviembre, alguien tenía una remera de House y otra persona le daba charla por eso; y yo recuerdo sentir que no entendía en lo más mínimo de qué estaban hablando.
Esa noche también pasaron cosas de esas que se estiran y te llevan a lugares impensados, como un hotel chiquito frente a la laguna de Chascomús.
¿Cuánto dura una noche?
Debo reconocer que me estoy enfrentando a un pudor extraño.
El año pasado, después de publicar el capítulo (podemos verlo en algún comentario), algunos conocidos me comentaron algo respecto del pudor, o de falta de pudor, o de exceso de exhibición. Le di lugar para pensarlo, pero lo cierto es que no se me había jugado nada de eso. Ahora siento algo al respecto. No estoy diciendo nombres, no podría decirlos. De hecho, una persona tenía nombre en la página anterior y ahora ya no.
¿Cuánto dura un nombre? ¿Qué compromete un nombre?
Pero si esto es literatura, ficción…
En tren de confesiones: hace varias disgresiones que hay una que realmente aparece por la libre asociación y la evocación directa, pero estoy dejándome llevar por otras que me resultan más atinadas al texto: el verano.
¿Todo lo que recuerdo es de verano?
El verano pasado leí “La novela luminosa” de Levrero. Gran experiencia. Terrible, también. Jugué una carrera contra el diario del tremendo hinchapelotas uruguayo: los dos en verano, calor infernal, los dos pensando en comprar un aire acondicionado. En tiempo real le gané, pero me parece que por fechas me ganó él. Sé que es muy difícil que el que no leyó ese libro entienda de lo que estoy hablando. Ojalá sirva de estímulo.
Pero el verano, qué raro me hace el verano.
Tal vez, si esta novela anual la escribiera en junio pensaría lo mismo del invierno. Me animo a sospechar que soy mucho más estúpido que lo que siento ser.
De hecho, el aire acondicionado que compré es frío-calor, e incluso fue durante el invierno que un día se cayó. Sí, se me cayó el aire acondicionado. El encargado de instalarlo (mi vecino de abajo, el señor que arregla las cosas con el carisma), me dijo, con mucha naturalidad, que había sido por efecto de la vibración. Convengamos que si los aires acondicionados se cayeran por la (su) vibración, estaríamos hablando de decenas de muertos por día por esta causa. Serían más peligrosos que los cocos en el trópico. Lo cierto es que si me guiara, para escribir esta cosa, por lo noticioso, lo estadístico, es decir, lo que solo a mi me puede pasar, esta anécdota del aire acondicionado sería vital. Pero no me interesa en lo más mínimo. No me interesa tanto lo que me haya pasado (solo a mi), como lo que pueda escribir. Esto no es una crónica. Es más bien un lugar, o un artefacto. Qué se yo.
No sé qué estoy haciendo. Entre el pudor que me entró, que no me deja escribir algunas cosas que surgen naturalmente con referencias a personas que no son yo, y ahora los nenes del departamento de al lado que juegan al fútbol en el pasillo y la puerta de mi casa es el arco…: se me está complicando la cosa.
¿Tanto lío para esto? ¡Un año tirado a la basura!
Tendría que inventar algo. Digo, alguna manera.
Ya sé: voy a salir. Voy a comer, después seguramente me tomaré unas cervezas en el Viejo Belgrano. Y cuando vuelva a la madrugada termino esto, pero en serio. Me prometo el tercio de botella de vino que sobró de ayer.
Ahora es de día: estoy escuchando un disco increíble, The roots of Chicha, otro engendro fantástico de un gringo con música latinoamericana; en este caso, cumbias psicodélicas de Perú. Pero escribiendo así parezco tan pelotudo como un periodista de rock.
Tengo que reconocer que descubrí este disco porque estaba recomendado en la Inrockuptibles, una página después del cosito que pusieron sobre Ceviche. Bastante coincidente la cosa. Yo cuando era chico leía esa revista, ahora ya no, pero este año estuvo Ceviche, y qué se yo…; este año sentí algo de eso: de pronto todos o cualquiera tenía y podía decir lo que se le ocurriera sobre lo que yo escribo: y sí. Claro que sí, si para eso estamos.
Quiero decir, me pongo mal, a veces, cuando dicen que se trata de paraguayos del Once, en lugar de peruanos del Abasto, igual de mal que cuando un editor me dice que una novela mía le parece “poco radical”, y se le ocurre incluso sugerirme sugerencias, pero…; pero todo esto me hace sentir muy bien en general, algo así como que estoy haciendo algo, poco radicalmente vendible pero muy potentemente mío y aún así legible. ¿Y?
También en el verano pasado Romero me dijo de hacer un taller juntos. Taller de Algo dicen que soñó. Y así fueron todos lo miércoles del año, primero un grupo, después dos. Ritmo, un ritmo nuevo. La extraordinariamente humana sensación de que un grupo de otros tiene algo para decirte una vez por semana, semana de reloj, como se dice.
Otro momento (ahora no puedo parar de recrear y dar importancia a las cosas, pero fíjense cómo fluye la prosa más que antes) grandioso por molesto y al mismo tiempo rico, fue el intercambio de mails con mi hermana mayor, que ahora vive de vuelta en Alemania, acerca de Ceviche: le gustó pero, como siempre, un poco no. Un poco le sobra mi ingenio, le molesta mi pasión por inventar para que no se sepa lo que no sé de los demás: dos caras de la misma búsqueda, una buena y otra mala, por definir las cosas de una manera bastante idiota, nada equivalente a la riqueza de lo que pasó (es de madrugada y tengo muchas más intenciones que capacidad). Después de ese intercambio me puse a escribir unos cuentos que no entiendo del todo, que no podría defender ante ningún juez. Como el cuento de Bolt, que surgió de una mezcla de estos debates con mis ganas de dormir y seguir soñando, e imaginar a cuántos otros les pasa lo mismo. La ética aborrecible de encontrar en cualquier otro el pequeño dolor personal. O todo lo contrario. Ahora digo eso porque estoy enojado conmigo. Y tengo que ir más rápido para que no se me acabe el año antes de terminar de recordar todo lo memorable del año que se escapa.
Esta es una función nueva de este texto: recordarme en el futuro cosas que no me quiero olvidar. Que no puedo escribir del todo, pero mucho menos puedo olvidar. Eso.
El problema más estúpido que me propone este texto, es que por momento me tiento de escribir cosas que pasaron este año (tipo crónica) y me enorgullecen. Y qué gracia puede tener un texto que solo manifieste lo que a su autor lo enorgullece de su vida. Ninguna. Entonces aprendo a callarme, y así de a poco sigo aprendiendo a escribir. De a poco.
Pero me trato así, como poca cosa: me olvido incluso de lo principal, como lo que es del principio o que es de un Príncipe; hablamos del ritmo, y desde hace un tiempo que uso agenda: desde agosto, porque en agosto salen más baratas. Una agenda, por primera vez en mi vida.
Es como que no se pierde nada. Me anoto de antemano todos los días, me doy órdenes y me curo, me ordeno y funciono, mal pero de alguna manera, armando un juego en el que al menos puedo peder. La agenda, dios mío: hago dibujitos que representan el tipo de responsabilidad que me acecha: unas patitas para explicar que tengo que salir de casa, un asterisco significa trabajo, un tubo de teléfono para los llamados pendientes, un sobre para los mails, y así. Eso soy, o eso escribo cada día que quiero ser: un buen perro.
Pero, buen perro, se que esto no tiene que tener un sentido acumulativo. Todo lo contrario. Sin embargo no me voy a ir a dormir, hoy, sin resolver algo de este sentido: son las ocho y media en punto de la mañana.
Quiero citar algo de la parte anterior del texto: “Tendría que inventar algo. Digo, alguna manera.
Ya sé: voy a salir”.
Eso es. Así pasó. Eran las cinco y pico de la mañana, hace poco. Me angustié terriblemente, todavía no se por qué, del modo específico. Pero sí sé que todo de repente se encadenaba en lo que no quiero, no me gusta de mí. Y encima la certeza de que todo pasaba siempre de la misma manera. Y yo no lo podía cambiar, aunque solo se trataba de mí. Todo el tiempo junto en una madrugada en que mi cama no me quería. Y yo, que estaba como siempre acá, intentando resolver todo adentro de mi casa que es mi máquina del tiempo mío; hasta que en un momento luminoso supe otra cosa. Que tenía que salir. De dónde no sé, no sabía. Pero estaba acá y entonces me fui.
Esto tampoco se bien como contarlo. Eran las cinco y media y me escapé de mi casa, como en los dibujitos un nene se va con un palo del que cuelga una bolsa.
Me estoy tomando el vino de recompensa. Qué poco pudor.
Me fui. Caminé por Boulogne Sur Mer, mi calle incauta de prócer muerto, todavía de noche. Cuando llegué a Córdoba empezaba a salir el sol y elegí seguir por Ecuador. En un momento se cortó lo que se daba y encaré por Laprida. Aproveché para hacer la respiración que me enseñó mi abuela: diez pasos aspirando, diez pasos exhalando. Así todo el tiempo. Después de Las Heras todo se puso un poco más cheto, pero sin gente de por medio también más lindo. Me mandé por una calle que no conocía, creo que se llama Agote, o Agresti, o Agrelo. Seguí caminando, alejándome de qué se yo qué cosa, y respirando de determinada manera: entré a un pasaje de sueños, de esos con escalera y barrio interno y todo.
Después miré caminando la Facultad de Derecho, altísima por escaleras y vacía, la flor gigante de Ibarra, el Museo de Bellas Artes. Era completamente de día y llegué a las calles más difíciles de caminar: Figueroa Alcorta y todas esas. Pasé por Retiro. Supongo que me perdí porque no pude seguir adelante y seguí atrás.
Buenos Aires es verde y cuando no hay nadie pero es de día es una ciudad extraordinariamente hermosa. Un viaje. Me quisieron robar lo que no tenía (sólo tenía sueño, incluso intransmisible), me pidieron el celular y me enojé porque yo no llevo de esos: escena bizarra. “¿Un celular querés vos?”.
Caminé mucho, seguí caminando, siempre respirando de esa manera.
Ya no estaba feliz como antes, pero un poco sí, y había un desafío de por medio. El río.
Los hoteles, el Sheraton, el horario en que la ciudad se vuelve de verdad. Cuando despierta el monstruo.
En la entrada literal de Puerto Madero hay unas baldosas que dicen, recibiendo al visitante: “Presidente Carlos Saúl Menem. Ministro del Interior Carlos Corach. Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires Fernando De la Rua. Inauguran Puerto Madero, 1998”. No hay nadie a esa hora, y supongo que cuando hay gente nadie ve nada. Yo lo que quería era ver el río.
No puede ser que salga de mi casa porque quiero caminar y no llegue al río.
Me senté en un banquito y prendí un pucho. Solo pasaban gendarmes que fumaban y hablaban en guaraní.
Tuve que volver en un taxi de 20 pesos. Casi no me podía mover. Pero estaba como nuevo. Cuando llegué a la cama y la saludé a ella que dormía, se me ocurrió contarle algo de esto, inventarle unos sueños difíciles de manejar. Algo de entenderme sin explicaciones. De entrarme por una puerta y salir por otra.
Esa es la gracia.
Ya son las nueve. Faltan ocho horas para el partido de Ñuls.
¿Y ahora? Voy a salir.
Si vuelvo la sigo.
Monday, November 24, 2008
Una vez por año

Como puede verse y comprobarse, el último post apareció en este blog hace casi un año. En realidad, cuando vi que se venía la coincidencia supe que tenía que escribir el siguiente post, es decir este, el mismo 22 de noviembre.
Tampoco pude.
No entiendo por qué la gente, en especial la gente que usa esta herramienta llamada blog para mostrar algunas cosas, se avergüenza tanto ante lo que no puede. Supongo que se le muestra a los otros el ritmo imbatible, la voluntad, el ingenio constante, la constancia en sí misma. Pero no sé por qué de pronto estoy hablando de los demás.
Acá estoy yo, con mis dificultades y la suma de mis no poderes, a ver en qué se convierten.
Un año entero. Da para el recuento, la crónica obesa, la desilusión temporal. El tiempo pasa. Algunos se resisten.
No es que se me haya ocurrido de antemano y como un proyecto “subvertir los modos en que nos relacionamos con el tiempo”. Al contrario, siempre estuve a punto de revitalizar este blog. Creo que el último post, dedicado a un comentario sobre la novela Igor, traía consigo la propuesta interna de usar el blog para ir guardando (y mostrando, claro) las reseñas sobre el libro. Pero quedó ahí. No obstante, a la derecha de su pantalla pueden ver un nuevo link, puesto hace algunos meses, en plena época del silencio, llamado, creo: algunas cosas sobre Igor. De eso también me cansé a mitad de camino.
Desde noviembre pasado hasta ahora pasaron muchas cosas que podría haber escrito acá, incluso varias que tuve la intención explícita de hacerlo.
Pero no.
La verdad es que, ahora mismo, me siento más constituido y delineado por mis proyectos fallidos y mis fracasos fantasmales que por todo lo que salió bien, lo que se transformó en objeto intercambiable o en fórmula fácil de decir. Me enorgullezco de las geniales cosas que nunca escribí, y de las ideas magníficas que invertí en una noche de borrachera con amigos y jamás volvieron a mi mente.
Después de aquel mítico 22 de noviembre, en el verano estuve con un grupo de escritores amigos en Neuquén, participando de una especie de festival y viviendo entre las cuchetas del albergue municipal. Una noche, después del evento y todo eso, estábamos en el centro tomando unas cervezas, una mesa larga en la vereda pero de esas un poco deformes que se arman alineando mesitas redondas con sombrilla que están claramente para otra cosa. Lucas, que estaba en otro punto de la ciudad con Luna, festejando algo, supongo que el hecho de estar vivos y juntos, llamó al celular de Paz y le dijo que nos dijera que estaban evacuando la ciudad porque un volcán había entrado en erupción (¿se dice así?) y había que huir. Paz lo dijo en voz alta y todos nos reímos. Entonces Lucas volvió a llamar y habló conmigo. Me di cuenta de que estaba asustado y me asusté. Volví a explicar lo mismo a la banda y empezaron las especulaciones conjuntas. Todavía nadie se movía. Pasaban camiones de la policía pero ninguno se acercó a nosotros. En la tele, las noticias hablaban de barrios de Buenos Aires. De a poco los más escépticos se resignaron y volvimos al albergue, después de convencer a algunos taxistas de que se venía la nube tóxica, no podían negarnos un viaje de cinco o seis personas. Cuando llegamos al albergue, Lucas estaba yendo de un lado para otro cerrando las ventanas y tapando los huecos con, creo recordar ahora, aunque puede ser que se me mezcle con anécdotas ajenas, trapos húmedos. Como hacían los norteamericanos cuando Welles transmitió en vivo la llegada de los extraterrestres.
Algunos que habían estado en el río esa tarde recordaron haber visto una mancha luminosa atravesando el cielo, pero atravesándolo como hacia acá. Ya entonces habían tenido miedo. Se hicieron muchos chistes, estas situaciones de encierro grupal con peligro inminente del lado de afuera, más cuando el peligro es de tipo natural, son ideales para ambientar películas de terror o contar chistes, según el presupuesto que se tenga. Los más asustados se fueron a dormir casi de inmediato (al día siguiente los vimos tapados hasta las cabeza por las sábanas, y qué envidia me da la gente a la que el miedo le da sueño). El resto nos sentamos alrededor de una mesa, con todo lo que eso implica. Nuestro presupuesto daba para chistes, además de una gran cantidad de porro (se hablaba de enfrentar a la nube tóxica con otro nube tóxica, y eso no era un chiste sino una verdadera táctica), una damajuana de vino tinto que, de pronto me acuerdo el nombre como una iluminación, se llamaba “Garrón de Piedra”, y una botella de Whisky que Urman guardaba para alguna ocasión de peligro (como esa noche, y como cualquier noche en la vida de Urman).
Esa noche fue una fiesta, y una de las más raras y divertidas que haya vivido. Una fiesta quieta, encerrada. Pasaron muchas cosas alrededor de la mesa, creo que nadie cambió de lugar en toda la noche: hubo llantos, agresiones, peleas de parejas, reconciliaciones.
Encima, para colmo: éramos todos (o casi todos) escritores, así que podía salir un texto increíble de ahí adentro.
Una de las formas más tristes, aunque genuinas y espontáneas, de no ser demasiado feliz cuando se es feliz, es deslizarse al futuro e imaginar la crónica del momento presente. A mi me pasa mucho, y se que es una estupidez pero también se que me hace ser lo que soy. Un estúpido, con virtudes y defectos, con gustos y disgustos, y con ganas de escribir.
Tal vez el pico de intensidad hilarante de la noche de la nube tóxica fue cuando jugamos un juego propuesto por Urman: el tuti fruti mental. Se elaboraban una serie de preguntas tipo: qué dirías antes de ahogarte en el río Limay, qué le clavarías a Levín, qué te gustaría que te metan en el culo, cómo insultarías al repositor del supermercado, qué palabra te gustaría que se diga en tu velorio, qué le dirías a una ex pareja, etc. Después se elegía una letra mediante el sistema habitual del tuti fruti, y se respondía siguiendo una ronda en la que todos estaban obligados a ganar.
Ahora escribo apoyando un codo sobre la pila de hojas en la que está impresa la primera parte del guión de una película de terror que estamos escribiendo con Urman. No tiene nada que ver con la nube tóxica. Aunque, es cierto, la pareja de protagonistas tiene los nombres de una de las parejas que estaban esa noche en la fiesta del encierro.
Después vino el asado de fin de año, el misterio de la pata de chancho que nadie comió pero tampoco siguió existiendo, tardes en el río limay, pero esto no es una crónica. En mi última noche en Neuquén, nos íbamos a juntar (Paz y yo) con Jaramillo, pero el hígado no se lo permitió. Jaramillo es el impulsor neuquino de aquellos festivales, el que conseguía todo eso que después se ponía en movimiento. Al que le dije, el año anterior, que Neuquén era la Seattle argentina. Ahora vive en Buenos Aires, y publicó un libro de poemas en la Editorial Funesiana: Grunge.
Después, en el mismo verano pasado, todavía después del 22 de Noviembre y antes de ahora, estuve unas semanas en Valeria del Mar. Algunos días compartiendo con mis viejos en una casa demasiado grande, con una parrilla y un jardín de esos que obligan a la felicidad de un modo un tanto prepotente; hasta que ellos se fueron y me quedé solo.
Estuve escribiendo. Casi sin parar y sin darme cuenta, antes o después de meterme al mar, antes o después (incluso durante) de hacer un fueguito y tirar unas carnes a la parrilla. Estaba empezando a escribir la novela policial que tenía que terminar de inmediato, casi antes de que se resolviera el crimen, y eso me tenía un poco nervioso: escribir ‘a pedido’, apurado, una novela de género. Todo nuevo. Problemas éticos y prácticos demasiado entrelazados. Hasta que me hice el boludo y me puse a escribir otras cosas, y así, como sin querer, se empezó a escribir la novela. Entretanto escribí un poema, Los perros de la costa, que debe ser uno de los textos menos pretenciosos que escribí en mi vida, tal vez no en su resultado, pero seguro por el modo, fluido, en que pasaban las palabras al cuaderno desde mi cabeza, o incluso sin pasar por ahí. Un par de días vino a compartir la soledad mi amigo Romero. Él estaba escribiendo su policial. Usamos la misma computadora, él al mediodía, yo a la tardecita. Comimos un asado que sería irrespetuoso intentar describir. No se pueden describir los anillos de chinchulines crocantes porque las tripas no están para eso. Algunos escritores dicen escribir “con las tripas”. Durante esos días, había que escribir hacia las tripas. Una noche terminamos ridículamente borrachos en el único bar nocturno de Valeria del Mar, El Balero. Está ubicado sobre una barranca, a una cuadra de la playa. Ahí un pibe de pelo largo, que entonces trabajaba en una de las pizzerías de la zona, nos contó que el año anterior había alquilado El Balero con su primo, y habían vivido ahí, entre la barra de licores importados y antiguos, la soledad del intervalo y el viento frío del mar azotando los ventanales de vidrio. Con Romero nos miramos pensando que eso era algo para hacer. Esa noche Romero, que si disfruta algo y no lo enseña se pone triste o se inquieta, me enseñó a tomar cervecitas Corona con una medida de Tequila. Varios meses después, pero todavía antes que ahora, me dejé convencer por él, sin que él tuviera que intentarlo, de entrar en los libros de Bolaño. En 2666, creo, había un par de personajes que tomaban todo el tiempo sus “jaiboles”. Investigando en internet entendí que se refería al “Highball”, un trago compuesto, básicamente, de Ron y Ginger Ale, que es lo que estoy tomando en este preciso momento y uno de los descubrimientos que más alegría solitaria trajeron a mi vida.
Cuando el micro estaba caracoleando para entrar por fin al purgatorio de Retiro, en ese momento corrupto en que el nombre Retiro se vuelve contradictorio (después de haber sido hermosamente atinado) me encontré pensando que todo eso que había pasado era algo para hacer. Para repetir, para estructurar como un ritmo.
Esa es otra de las cosas tristes. Cuando la felicidad (o al menos la intensidad, que puede ser de angustia) no entra en el presente y se la dosifica imaginándola partida hacia el futuro. El ritmo, la rutina que, siempre supuesta, o presupuesta, aligera de la carga de tener que leer algo en la realidad. Imagino a un chico escuchando por primera vez una canción que le resulta dolorosamente bella y, al minuto cuarenta, decide que va a escuchar esa canción todos los días a las siete de la tarde. Durante el minuto cuarenta restante hace oídos sordos e intenta hacer entrar el proyecto en su vida cotidiana: entonces no voy a poder ir a jugar al fútbol, si mi chica quiere ir al cine, si los pibes me invitan a… Fin del tema.
Los proyectos fracasan porque uno no termina de comprender la materia con la que se arman. La materia, esa iluminación momentánea, o esa serie de ideas que terminan por engarzarse en un momento específico que nadie propuso, o ese chiste que explotó y duró un segundo más en la realidad de la mente, la materia tiene la gracia de expandirse pero como tal, como lo que es. Entonces lo que fracasa en sí es la idea de proyecto. El terror ante esa materia, demasiado vital o demasiado decisiva, que lo lleva a uno (me lleva a mi) a agarrarla y maniobrarla para que sobreviva, que actúe en el tiempo, que tenga su ritmo, que sea. Porque parece que ser es el modo en que el ritmo te escribe la biografía en vivo.
Epa. Nos vamos para el lado de los tomates teóricos.
Lo cierto es que la materia no quiere repetirse. Quiere, a lo sumo, que se la recuerde y en el recuerdo se le de forma. Tal vez entonces las dos corrupciones de la realidad presente, la de la escritura y la del ritmo, sean puras enemigas.
Es por eso que leer blogs suele ser una tarea de auto flagelo que consiste en ver la manera tristísima, de esfuerzo ansioso y pose fatigada, en que varias docenas de personas intentan apuntalar su nombre y su apellido clavando una bandera en el desierto del ritmo.
Basta.
Juro que esto no pretende ser una crónica ni un balance, pero un par de días después de haber pisado Retiro, cuando cumplíamos tres años de noviazgo, me separé. Sólo el prodigio de la separación puede conseguir, sin fallar a la gramática ni a la sintaxis, empezar una oración en plural y terminarla en singular. Y La Fecha, ahí, herida ponzoñosa. Es que ninguna cosa de las grandes puede pasar entera en un día. Por eso esos días son tan difíciles, y hay que tomar lo que se derrama por los bordes como esa noche yo tomé en la casa de mi a migo Agustín. La fecha nos enseña que en un día no pasa nada, aunque es posible que algunas cosas terminen, por fin, de pasar. Por eso se festejan, las fechas.
Feliz día de la fecha.
La casa de Agustín, después, se fue armando como lugar, y casi lo pongo con l mayúscula. Los dos trabajamos “desde casa”, o “free lance”, y gracias a la naturaleza portátil de la notebook cada tanto me voy para allá y compartimos unas jornadas laborales, siempre apuntaladas por charlas y entretiempos que se van agrandando como el hambre después de una picadita, o la sed después de una cerveza. Últimamente implementamos unos micro asados laborales en su balcón que convierten al trabajo de escritura en un modo sereno y sincrónico de acompañar el hacerse del fuego.
La notebook, ahora que lo leo, es un elemento decisivo en este post de aventuras, aunque recién ahora se la nombre por primera vez. Mi único otro objeto de valor es un acordeón de cuarenta y ocho bajos, que viene a ser, según cuenta la historia del instrumento, como la notebook de un piano.
Si un genio me ofreciera dos deseos, pediría ser portátil en el espacio y dócil en el tiempo. ¿Se puede así? ¿Se puede intentar?
Ahora bien, cuando me separé incubé también el proyecto de ir escribiendo algunas cosas al respecto en este blog. Nada.
Eso sí: el termino ‘separarse’ es un poco ambicioso. Para que se separe la piel de la carne de un morrón, después de quemarlo por fuera con todo el fuego que se tenga a mano, hay que encerrarlo en una bolsa de plástico (vacío, falta de oxígeno) y dejar que el tiempo pase. Entonces, supuestamente, la piel ‘se separa sola’. Pero nadie se separa solo.
De qué estoy escribiendo.
Quiero decir, una separación exacta y simultánea implicaría la existencia previa de dos unidades homogéneas, sólidas. Y no hay nada de sólido en todo esto. Casi lo único que me mueve y me llena, o de lo que me vacío y por donde me muevo, es líquido. El problema es que el amor se ritmiza en la pareja, la pareja requiere de la fantasía de reciprocidad y equidistancia, uno termina por creerlo y entonces cuando se separa piensa que va a ser de la misma manera, con esa misma “mecánica armada” por usar una expresión espantosa. Pero no. Imposible.
Algunas veces nos vimos, desde entonces; una vez, incluso, nos vimos dos veces.
Entonces compuse uno de esos slogans con los que me azoto para despertarme o mantenerme despierto: lo que importa es estar a la altura de los propios deseos.
Recién hace unas semanas, en una de las interminables y míticas noches en el Club Cultural Pachamama (que son míticas en el presente, como sólo el lenguaje de las pesadillas lo permite) me encontré, con mi amigo Simón y algunos otros que no termino de recordar, estableciendo la conexión entre la figura del ‘genio’, que es entre otros el de la lámpara, y la idea de los ‘deseos’. Sólo un genio es capaz de hacer entrar a los otros en la dimensión de sus deseos.
Eso vendría a ser escribir.
Qué lindas y qué largas son las noches del Pacha. Largas no sólo hacia delante, porque por cada minuto de blablás etílicos y lúdicos en avance se consolidan dos minutos del pasado, en los que el blablá se vuelve ya mitológico, una voz, o cientos de voces hablando a cientos de multitudes entrecruzadas, y hablando sobre algo que es siempre lo mismo pero cada vez más, como un secreto. Tal vez, porque el Pachamama es una zona de juegos solitarios que se encuentran y cada cual piensa lo que puede al respecto, tal vez para mi las noches de ahí se reduzcan a: una banda soporte de espectáculo cultural que da paso a una gozosa conversación coral que se va limando y puliendo hasta devenir en la charla con Simón, y ahí quedamos, haciéndole el aguante al sol que llega y el tiempo que pasa. Es que ese lugar (también me tienta la mayúscula) es especial, porque es abierto para los de afuera y hermético para los de adentro, o sea: una vez que estás, nada de lo de afuera te puede alcanzar. Es lo contrario a internet. El Pacha es una casita en la ciudad que está vedada a los hipervínculos. Ahí uno se puede sentir verdaderamente separado, esa entelequia. Uno puede descansar porque sabe que nadie lo necesita, que no es parte de la trama de las ansiedades de ningún otro que no se apersone ahí, con su jeta, sus superpoderes y sus debilidades.
Eso es una separación consumada.
Si se acepta la muerte como a una separación consumada, el paso del tiempo se llena de una alegría misteriosa.
Por lo pronto, ahora es 24 de noviembre, y hace tengo calor. Mi vecino de abajo, el señor que arregla las cosas con el carsima y además compra-vende y arregla aires acondicionados, me dijo una cosa muy pertinente a lo que se viene escribiendo: “La gente es idiota. Yo les digo, comprámelo en invierno y te va a salir la mitad de la plata, con la instalación incluida. Pero no hay manera, esperan a cagarse de calor, como si no supieran que después del frío va a volver el verano”.
Cuando llegan los primero calores, guardo billetes en los bolsillos de la ropa abrigada y me olvido al instante.
Hay algo que me conmueve en esa lógica de los juegos solitarios. En esas leyes de uno mismo para uno mismo, que no se pueden romper porque si se rompen se termina el juego. Eso debe ser le ética. Así me gusta pensar la escritura, la mía en particular y la del universo de escritores en general: como un mapa de juegos solitarios que se cruzan, se tocan, se encuentran. Escribir es un juego solitario, una aventura personal, lo cual no quita nada de la existencia de la literatura en el mundo real, ni le roba un ápice de presencia militante: al contrario, la militancia se ensancha cuando cada uno escucha de verdad lo que le dicta su historia y así compone su ética, desde una separación consumada (inevitable también) y sólo entonces puede encontrarse, si el azar y la revolución lo permiten, con los otros.
Entonces se me arma un quilombo, porque sólo puedo derivar en algo que parece contradecir todo lo anterior.
Esto es: una vez por año. Con el olvido en el medio, un olvido periódico. Masticando cada vez cada intervalo. Eso es un juego solitario, un chiste interminable. Y eso es lo que me conmueve, cuando un chiste (o un cuento, como dice Landricina), se vuelve una cosa tan grande, rara e inmanejable, que se caga en el cajón en que lo pusieron, inventa su propia lógica, su propio ritmo, y sale arando para el infinito.
Así que entonces, esto puede ser el primer capítulo de una novela, seguramente corta, que voy a ir escribiendo cada vez que se acerque la última decena de noviembre.
Como no puedo asegurar que voy a estar para el próximo, cada capítulo debería prefigurar la estructura entera de la novela, y contener, a su vez, un final posible.
Thursday, November 22, 2007
Igor existe
Gracias, che.
Tuesday, June 19, 2007
Hoy, hoy, hoy, hoy...

Voy a leer un texto de ficción sobre la novela de Wapner. Y van a pasar muchas otras cosas "experimentales", pero no se cuáles.
Wednesday, June 13, 2007
Desde el exilio
Así que se escribe así.
“Así”: el ritmo es una secuencia encriptada de interrupciones, ruidos ritualizados. Bailemos la danza del orden, bailemos.
Los edificios, acá, son grandes y pálidos y no se ubican en el paso del tiempo. Lagunas. Son, por decirlo de una manera romántica, inescribibles. No tengo nada para decir sobre el edificio que me contiene: es invisible, inaudito. Para eso disponen esta musiquita, otra, infantil en el mal sentido. Sin progresión. Sin la mugre de lo que se acumula, lo que crece - que siempre es basura.
No hay manera de: escribir una crónica sobre un día de trabajo en un edificio grande y pálido. Los días se presentan (siempre presentes) como una sutil repetición. Todas las veces es como la primera vez, todas son la primera vez. No hay representación. Por eso es tan complejo ubicar el cuerpo cuando es, en efecto, el primer día, la primera semana: las conexiones entre recursos humanos, los recorridos, sólo pueden hacerse como si siempre hubieran sido hechos.
Escribo chiquito para que no me lean alrededor, pienso que me espían. Escribir abochornado es una experiencia de una intensidad aletargada pero profunda, como perdida.
Hay tiempo para escribir, en el escritorio, hay horas, minutos y segundos. Pero no hay lo qué, no hay materia. No hay tiempo para escribir.
Excepto que se desmonte algo de la estructura, como ahora, acá. Como escribir ahora, acá.
Este ejercicio, este desmontaje, me devuelve algo estimulante, un espacio de la escritura ligado a la necesidad. Inventar un ahora, un acá, es necesario aunque no terapéutico: es una forma de hacer tiempo.
El montaje de los edificios pálidos apunta a evitar, o al menos amortiguar, el golpe de los recursos humanos contra el tiempo. Como esos lugares de juegos de niños conocidos como “salas blandas”; barrios privados edificados en goma espuma. El sueño de la seguridad total, la ciudad que no necesita evitar la colisión porque los elementos colisionantes se vuelven inofensivos. Acá, con su musiquita de repeticiones, su escenografía pálida y las máquinas de dispensabilidad, acá con, pretenden un tiempo blando, pretenden volver inofensivo al tiempo. Una niñez (otra vez, en el peor sentido) maniquizada, congelada.
Claro, no lo había pensado: Walt Disney.
Labels: anti crónica
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