Thursday, November 22, 2018

Una vez por año #11


El aleteo de un insecto encerrado en una lámpara de papel.
Llovió, se resolvieron las tensiones. La ventana está entreabierta, un vientito mueve la lámpara. Igual, no la veo. Escribo suponiendo.
Jacinta llora, no duerme.
No, ni no.
No, ni no, ni no, ni…
Recién ahora me puedo sentar, abocarme a esto. Es emocionante la sincronía de firmar un contrato de alquiler e ir a ver la casa nueva, vacía, justo el mismo día en que este texto tiene que escribirse. Es emocionante pero inútil.
Una casa vacía es el chispazo que enciende la mecha de mi máquina mental. Cuando fuimos a ver este departamento por primera vez, y lo vi vacío, y al rato pasé por cierto espacio cultural, y me mostraron una radio vacía, me enteré: los espacios vacíos y su particular modo de sugerir el futuro (el futuro imposible, todos los futuros posibles) enciende la máquina de mi mente. La máquina bestial.
Hay que alimentar la máquina, porque igual funciona. Devora todo lo que se le pone cerca, especialmente problemas; si no le doy problemas genuinos, importantes, sensatos, la máquina igual trabaja, mastica. Por eso, es importante mantenerla ocupada con alimentos saludables, orgánicos. Los espacios vacíos. Una casa vacía. La máquina se enciende.
Hay que volver al presente. Esa es la batalla. La conquista del presente.
Eso lo sabía el maestro Zui Long. O supongo yo que lo sabía. Parece que este año se van a empezar a publicar sus libros, los libros del maestro. Me han dicho. Sin embargo, el año ya está terminando. Será el que viene, tal vez. ¿Y el presente? Se escapa, como el suelo que se aleja en un sueño. El presente es el suelo, eso parece claro. Al menos en mi hologramática de la realidad. La máquina trabaja a la altura de la cabeza, el futuro. El pasado se conjura cerca de la boca del estómago. Un cuadro de múltiples entradas.
Tocado, averiado, hundido.
El insecto se sacude adentro de la lámpara, el ruido que hace debe ser estruendoso en sus oídos.

Se cortó la luz. Ahora mismo.
Justo cuando se durmió Jacinta.

¿Y ahora? Durará este texto lo que dure la batería de la computadora. O volverá la luz.

Volvió.
Así no se puede, escribir en tiempo real es imposible cuando la realidad va más rápido que la escritura.
Esa es una de las preguntas silenciosas que acecha a esta novela indolente.

Desde que dejé de hacer balances a fin de año, mis años se balancean cada vez mejor. Este año mío sería una delicia para el balance. El final de un trabajo de mucho tiempo, el pago de una indemnización justa, la beca para trabajar en el libro de los diarios personales de todos estos años. Etcétera.

Interrupción. Pensar en la cena. Eso es, la respiración de los días, el pulso de la vida: ¿qué comemos hoy?
Nos preguntamos nosotros, en casa, con un bebé que milita en el baby led weaning.
¿Qué comemos hoy?
Se lo pregunta el insecto en la lámpara.
Por no meternos en temas más escabrosos.
Hay grillos. Tal vez vaya a extrañar el patio del piso de abajo, tan bien cuidado por la señora. O no. No suelo extrañar.

El pulso, el tartamudeo con signos encriptados, la sutil repetición. Hace algunos años, hace algunos capítulos, estaba sentado en una mediación, con monstruosos abogados, con la madre de Serena, solo, con las páginas del tao te king, y la advertencia:

el verdadero tao
no lucha;
por eso
vence.

Esta vez, estoy en otra mediación, los abogados se ven más blandos, menos míticos. Todo tiene otra textura. Ahora el que pide soy yo; lo hago con cautela. El abogado de la empresa para la que trabajé en gris durante unos siete años tiene un bolso deportivo. Ofrece un número muy bajo. Hago tiempo, voy al baño. Espero a que otras fuerzas trabajen. El abogado habla por teléfono con sus jefes, un buen rato; trae una segunda propuesta. Esta vez no tengo el tao te king, tengo mi cuadernito marrón donde escribo las consultas al I Ching. Releo lo que me contestó esta mañana cuando le pregunté “¿qué tener en cuenta al momento de un posible acuerdo con…?”.
Me respondió con el hexagrama 54, “La muchacha que se casa”. Tercera y cuarta lineas mutantes, para dar paso al hexagrama 11, “La Paz”. La primera línea fuerte, la tercera, dice: “la muchacha que se casa, como esclava. Se casa como concubina”. La siguiente, la cuarta: “La muchacha que se casa prorroga el plazo. Un casamiento tardío llega a su tiempo”.
Así que acepto la segunda propuesta.
Les muestro el cuaderno, les explico las razones de mi decisión. La mediadora se interesa en el I Ching. “Mi” abogada repara en una coincidencia numérica. El abogado de la empresa, satisfecho, levanta su bolso deportivo y sale a paso veloz. Es viernes, son las cinco de la tarde.

Ahora escribo un poco acá y un poco por wathsapp, reflexiono con algunos amigos sobre asuntos bio-futbolísticos. La capacidad/necesidad de resolver varias líneas de dialogo simultáneas parece estar volviéndose una especie de adicción.

Las cosas que pasan en el verano llegan a este texto como si hubieran estado desde siempre acá. Como Jacinta. Ella nació este año. En el capítulo pasado no estaba de este lado.
No parece ser posible.
Fue en enero, aquel día.
Yo era tan joven.
Terminé toda una serie de trabajos que estuve adelantando durante unas semanas para llegar sin demasiadas ocupaciones al momento del nacimiento. Eran las tres de la tarde cuando descubrí que había terminado de hacer todo. Una sensación de calma muy exótica, un vacío reversible... Así que, por supuesto, decidí ir a comprar unas cervezas. Para gozar de esa pausa insólita. Lo decidí antes de hacerlo. Lo avisé. Me puse las sandalias y Jime me dijo que estaba sintiendo algo como una contracción. Bueno, veamos, hay tiempo. Volví del supermercado y seguían las contracciones, rítmicas. Estaba en marcha.
La sensación es la de haber llegado a la cima del tobogán y no saber cómo ir para delante ni para atrás. Creer que no te animás, sin embargo vas a tener que hacerlo.
Vas a tener que hacerlo, aún sin animarte.
Es una sensación única. Eso me pasó una vez cuando era chico, en un tobogán con forma de robot, en el parque del pato Sirirí, en Paraná. Hace pocos días mis hermanas y mi madre estuvieron allá y me mandaron las fotos desde adentro del robot, recreando la situación mítica. No me animaba a tirarme por el tobogán (uno de los larguísimos, interminables brazos del robot), ni a volver hacia abajo. Los nenes que venía atrás mío me presionaban. Dale, movete. Tirate o bajá, hacé algo. No podía. No pude. No sé qué pasó, no recuerdo cómo terminó la escena. Tal vez me evaporé.
Esa es la sensación de un parto en marcha. No me animo, no entiendo qué es lo que está por pasar, pero dentro de poco, muy poco, uno siglo o dos, va a haber pasado, va a ser presente. Y entonces no nos vamos a acordar de cómo era la vida antes.

Cuando el maestro Zui Long habla de la conquista del presente lo pone en acción, al menos en su librito hermoso y simplísimo, apenas ilustrado, llamado “Los duermevela”, con la posibilidad de dormir, o ayudar a dormir, o acompañar la entrada en el sueño de un bebé. Y tiene razón. Las bebés son máquinas de presente. Se trata de estar o reventar. Así fue como, con Jacinta, volvieron las madrugadas. Ese instante sagrado, ese trance. Caminar por la casa a oscuras, con cierto ritmo, escuchando su respiración, acoplar la caminata al ritmo de su respiración, ir percibiendo la entrega de su tono muscular, aflojar también, dejar que las palabras se suelten, componer himnos sin letra que se desprenden y quedan flotando en el aire, aún cuando ella se durmió, y yo también.
Esos mismos himnos que le susurraba a Serena, casi iguales y muy distintos, al momento de dormir, esas siestas de la plaza, esas comuniones en las plazas, ese hilo, un hilo, unilo conductor.
Recuperar la madrugada, ¿será exagerado hablar de sentir la vibración secreta de las cosas? Irse a dormir, despegarse el cuerpo como un sticker viejo, hablar por un instante con el bicho peludo, pulgoso y en silencio que te dice algo incomprensible (por demasiado comprensible) sobre la muerte, te habla de la muerte y te da un besito pegajoso al final…; a dormir.
Al otro día, al despertar, como si nada hubiera pasado, empezar el juego otra vez: el juego de dirigir, de calcular, de perder y ganar, actuar. En el sentido físico y en el sentido dramático: actuar.

Todos los años me sorprendo por la cercanía de la fecha de este texto y la llegada de diciembre, el mes de la fiesta del hartazgo, el mes de la insurrección callejera y el aroma dulce de los jazmines. Alguna vez haré algo con ese poema. Tal vez leerlo.

2018 fue el año de la agenda. Ingeniería de agenda. Insoportable. Cronopolítica. Importante, pero desgastante. La guerra de las agendas. Así es como las gentes de este mundo conciliamos la existencia: a futuro, calculando cuánto le debemos al banco por dejarnos ser lo que querríamos. El banco es la agenda de las agendas. O: la agenda es el banco de tiempo. Está también el casino de las agendas. ¿Dónde está?
Me refiero a la agenda en su función de distribución temporal, no de la administración de contactos. Me pregunto, a esta hora: ¿Qué hay que agregarle a una agenda para que se convierta en una novela? ¿Explicaciones? ¿Argumentos? ¿Conectores?
¿Por qué querría alguien escribir una novela?
¿Hay gente que colecciona agendas ajenas de años pasados? Ese sería un buen argumento para una novela que se cuestione acerca de los problemas de la cronopolítica.

Y curiosamente en la agenda aparece un llamado, una trampa. Miro la agenda y me encuentro, obviamente, con el 22 de noviembre. Este año hice una pequeña triquiñuela: me anoté algo para hoy. Para tener a mano. Dice: La noche en el arroyo, Juan L. Ortiz. Ahora me acuerdo, lo anoté escuchando un teisho de Alberto Silva, una mañana con Jacinta, ganando el piso. Silva cita este texto. Lo voy a buscar.
De los pocos libros que tengo en casa, muy pocos están acá, al lado, en el escritorio. Por las dudas.
Pero no lo encuentro en el libro. Lo busco y lo encuentro en internet. Transcribo, de todos modos, letra por letra.

Infinito, Noviembre, tiembla, tiembla en el agua.

Escucháis la voz de la noche?
De qué es la voz de la noche?
Es de agua o es de flor?
Es de flor y de agua a la vez

Hagamos un silencio como el de las orillas oscuras
para escuchar esta voz innumerable y tenue.

Seamos vagas orillas de silencio inclinado
o los oídos de la misma noche
abiertos a qué hálito de flor y de agua juntos?

En algún momento del año, creo que cuando descubrí que me podía bajar libros de Juanele para leer en el kindle, y así me reencontré con Juanele (por la posibilidad de leerlo en “libritos” y no en el librote de sus obras completas) inventé el siguiente método de meditación: transcribir sus poemas. Tuve la idea de transcribir, leyendo y pasando a la compu, todos y cada uno de sus libros, y después imprimirlos, libro por libro, para volver a leerlos así. Por supuesto, no llegué tan lejos, pero transcribí algunos poemas. Una sensación fascinante. Lo recomiendo. Y también fue fascinante la sensación de imaginarme pasando el resto de mi vida dedicado a esa tarea. Duró unos días, pero fue intenso. Viví ahí, en esa idea, con cuerpo y todo. Viví ahí adentro, vibrando, como el insecto este sin nombre en la lámpara.
Rikitititic, rikitititic.

Así como la máquina letal de mi mente se alimenta de problemas, el bicho pulgoso que me acecha por las noches para hablarme de la muerte se alimenta de comodidad.
Y las cosas se han acomodado bastante, últimamente.
Ahora, pensar en una casa con patio, balcón. Ir soltando los últimos abrojos de batalla con la madre de Serena, elegir trabajos alegres, o más o menos interesantes. Quién diría, leyendo estos capítulos. Una recuperación meteórica. Del capítulo en que vivía en una habitación con paredes de humedad al monoambiente, a este departamento con Jimena, a… bueno, lo que viene ahora. No es cuestión de exagerar. Pero qué se vendrá ahora…
Qué terremoto se estará gestando en silencio.

No sé si es lo mejor, si es lo más feliz… pero es terriblemente interesante. Todo esto.

Pensando en términos de la novela de la vida, donde confiamos a pleno en la ficción de la identidad y demás, me gustaría comunicarme, desde acá, con la versión de mí que leerá este capítulo, tal vez, dentro de 20 años, por ejemplo.
Le contaría, por ejemplo, que este año, el año que en nació Jacinta, el año en que Serena se convirtió en hermana mayor, este año fue también el de la vuelta de “la radio”. De crear para la voz y los sonidos. De imaginar, más allá de la literatura y su fama de bella causa perdida, un placer creativo vinculado al trabajo que me remonta a aquellas tardes de la primera infancia en las que me encerraba durante horas a inventar y al mismo tiempo transmitir partidos de fútbol. Recuperar la voz. Dejar de sacudirme entre los gritos y el silencio. Encontrar la voz, el tono.
El tono que, por ejemplo, no encontré en este párrafo para comunicarme con mi futuro. Vamos por otro lado.

¿Es cierto que este verano voy a irme unos días… de vacaciones? ¿Realmente? ¿Como qué, como un señor? ¿Un señor que calcula, y especula, y dedica esfuerzos y busca placeres? ¿Voy a ser el padre de las personas que encuentren su pesadilla realizada alrededor del ruido de la heladera por la noche en una casa desconocida?
¿Qué es lo que pasa?
Lo que pasa.
Es curioso, eso de que lo que sucede se llama “lo que pasa”.
Es como nombrar a un hecho por su sombra.

Finalmente, el sacrificio. El sacrificio es una forma radical de la negociación.

Hay algo sagrado en la negociación. Poner el cuerpo acá, recuperar el mundo allá. Por ejemplo, desde que me desvivo cotidianamente en pequeñas tareas de mantenimiento de ensamblaje familiar, me encuentro cada vez más con instantes eternos, de profunda delicia. La densidad incomparable de una siesta de un minuto y medio con el ventilador apuntando a la cara, el jolgorio invisible de estar en el subte y olvidar, por tres segundos, a dónde estoy yendo. Las ganas de llorar al mirar por la ventana, a la madrugada, el modo preciso en que se mueven las cosas.
Dar la batalla por la normalidad, a cambio de estos pequeños cositos de existencia pura.
Las diversas negociaciones tienen distintas temporalidades. Es bueno conocer y tener a mano, también, esas prácticas que reportan la dicha inmediata junto a otro (no se me escapa que los ejemplos del párrafo anterior son todos realizables en soledad).
Componer y analizar vermuts en casa de Noya, improvisar poemas a los árboles con Sere, imaginar con Jime el modo de emplear los espacios vacíos (la cena, la casa, el año -no está de más pensar la potencialidad de una pareja desde la idea de los espacios vacíos-), son ejercicios de efecto placentero inmediato. No habría que quedar demasiado lejos de ahí.
Una charla sobre nada y unos masajes en lo de Sicrosky, leer a Juanele cuando todos duermen. Apoyar la punta de mi nariz en la punta de la nariz de Jacinta.
Una copa de vino rico.
Dicho sea de paso, este año decidí dedicarme al vino, de manera constante y consecuente. Por el momento mi decisión no generó ningún movimiento novedoso, pero ahora tomo mejor. Con mayor conciencia: entiendo de qué se trata; se trata de volverse parte del paisaje. Cada día, cada vez. Eso lo dijimos el año pasado. Y todavía lo escucho, cada día lo escucho.
Esto es ahora como un diario de almohada, la almohada del año.
Es alejarse, tal vez, de lo novelesco.
Vaya uno a saber.
Hay años y años.

No sé.
No entiendo del todo cómo hemos llegado hasta acá, pero se ve que así tenía que ser.
Como dice Sere que le dicen en el jardín:

Lo que toca, toca
Es la suerte loca
No hay que llorar ni enojarse.


Eso es.

Hasta el año que viene.


Thursday, November 23, 2017

Una vez por año 10

El paso de un año, el peso de un año distribuido en los diez dedos de las manos que buscan botones con signos que abran paso...
Los órganos del aparato digestivo como achicharrados, a la defensiva. El eje de mi encarnadura, antes mi eje, el de mi cuerpo, bailando por toda la casa vacía mientras yo… etc.
Así no se puede empezar.
Soy un fantasma. Visto de cerca es una cosa, visto de lejos, muy otra.
Yo me miro de adentro y tengo algunas pistas, pero no se puede ver el mapa completo, adentro-afuera.


Ahora sí. Estuve en la terraza, al sol, practicando pakua. Unos 30 minutos. Algo cambió. Mi eje dejó de bailar por la casa vacía y ahora se me acerca, tímido. No estuvo mal.
Ayer no pude, ni aunque mi hermana Lauri haya venido a entretener a Serena por la tarde, ni mucho menos después, después de dejar a Sere en la casa de su madre, en Domínico.
Hoy empezó difícil también (¿en qué momento estás lo tan liviano como para dejarte envolver por el rulo de todo un año?), pero se fue resolviendo. Home baking, pagar, pagar, teléfono: ceder, ceder. Afip, banco, mails, listo. La sensación de “libre de deuda” extraordinaria y satánica expresión. Aunque todavía.... Faltaba la terraza. Ahora sí.


Es el año entero que se enrula y no sólo hoy, en todos estos días. Y no sólo de un año, de varios. Estoy corrigiendo, organizando, transformando los diarios de estos últimos años, convirtiéndolos en otra cosa. ¿Un libro? ¿Una novela? Esas son cosas raras, todavía.
Por el momento, me sumerjo cada vez que puedo en esos textos, y me peleo a muerte. A muerte. Me encuentro con párrafos muy estúpidos, infelices, ridículos, absurdos en su convicción, patéticos en su certeza solemne. ¿Y? ¿Qué hacer? Pienso, elaboro, calculo, medito. Supongo que esos fragmentos son parte de la historia que quiero contar. Que se cuente. Y que sólo contando esta historia desde esa perspectiva (¿ética? ¿plan?) la historia cerrará y me la podré sacar de encima. Mi historia, estos años.
¿Y por qué ahora?
Ahora que las peores guerras parecen haber terminado, cuando mi hija duerme en casa cada tanto, como en una vida normal, cuando el futuro ha vuelto a ser transparentemente incierto, por qué.


Imagino que quiero volver a escribir ficción. Y que no voy a poder hasta que no termine de contar este cuento. Hasta que todos los músculos de mi aparato narrativo se relajen de sus tensiones y vuelvan, blanditos, atentos, a acoplarse a tensiones nuevas, inventadas.
O no. Ahora que me encuentro cara a cara con las estupideces que pensaba y escribía hace algunos años, me escucho la melodía de la certeza y monto en guardia. Buen entrenamiento, buena gimnasia.


En alguna parte de esta novela autobiográfica en capítulos anuales debe constar que un día, hace varios años, entregué una novela terminada y en ese preciso momento fumé mi último cigarrillo. De ahí en más no volví a fumar ni a escribir ficción.
Ahora sueño que fumo, y me despierto con la pregunta en lo pulmones: ¿podré escribir ficción sin fumar? ¿Sólo con mi aire?
Y otra pregunta: ¿por qué tanta historia con escribir ficción? ¿Lo extraño, lo necesito, lo deseo?
Bah.
¿Y por qué ahora? Ahora que se viene Jacinta con el verano. Ahora que la economía doméstica es un problema como cualquier otro. ¿Viene Jacinta? Viene. Apasionante. Agregar otro factor de tracciones incalculables. En algún lugar se marca un ritmo con una precisión tan perfecta que mis oídos de humano no logran descifrar. A veces sueño que soy un fantasma y lo capto. Capto dos golpes, el intervalo. Y me despierto.
Porque cuando mi cuerpo, sin mediar aviso, empieza a canturrear las canciones y preparar los guisos de posguerra, entrando en esa laxitud, en ese goce de lo efímero, vuelve el terror de la muerte por las noches, y vuelven las tareas indispensables, urgentes para los días. Y así sigue, como si avanzara, el caracol en el espiral que tiene su forma.
Hay terrores y trámites que complementan a la perfección. Hay terrores y sueños de la vigilia que son análogos. ¿Hay?


En un momento muy preciso de este año, hace algunos meses, sentí que el suelo estaba lo suficientemente firme, y me apoyé y dije: qué más puede pedir una persona que volverse parte del paisaje, con placer.
Una aspiración anarco-taoísta. Tan anarco-taoísta que no llega a aspiración. Más bien una exhalación.
¿Soy parte del paisaje cuando cruzo el puente Pueyrredón ida y vuelta, alrededor de las cuatro y media de la tarde, primero con las manos vacías, después con mi hija en brazos? Soy. A veces lo percibo, a veces lo habito, a veces no. Tal vez, no basta con “ser parte” del paisaje, sino que se trata de “volverse” parte del paisaje. Es el movimiento de volver lo que produce el placer que calma las cosas en el cuerpo humano.


Volviendo a ese momento preciso del año, en una bodega chilena, en Quilpué. Con Jime y Jacinta-latente, con Arturo y Carolina, los anfitriones y bodegueros, acompañantes de la uva hasta el vino.
Los personajes anarco-taoístas del año. ¿En qué sentido? Volver a la naturaleza, sin negar que la naturaleza es fuente de placer. Entregarse al placer, sin negar que el placer implica un compromiso con los elementos que participan de la experiencia, conciencia del lugar histórico que se ocupa, cuidado y respeto por los diversos organismos, gestos y metáforas que sostienen ese placer posible.
Arturo contó que, antes de embotellar una partida de vino, se toma una botella entera la noche anterior. Si a la mañana le duele la cabeza, ese vino no se embotella.
Con Arturo y Carolina, resistentes a términos propios de la enología, de winemakers y sommeliers, hablamos de la embriaguez, de honestidad, de emociones clandestinas. Tomamos vinos ricos, improbables. Vinos que no se prueban: se toman. Trajimos algunos en la valija. Queda uno en el ropero, un pinot noir que recuerdo conmovedor.


Como suele pasar en los viajes, me quedé con ganas de retomar el contacto inmediatamente, contándoles a ellos (y al amable señor uruguayo de la vinería en Valparaíso con nos contactó y nos recomendó conocerlos) lo intenso y profundo de la experiencia. Pero los días, las ocupaciones, los raptos de desidia, se interpusieron.
Ahora aparece ese momento y lo dejo salir en palabras de a poco, con suavidad.
De las estrategias que conozco, la de la suavidad (sun, hexagrama 57), parece ser la más difícil de sostener y, finalmente, la más eficaz. El movimiento, suave y constante, del viento que lentamente disipa la oscuridad.
Sucede también con las experiencias y su respectiva escritura. No hay una conexión automática, ni un régimen unívoco de traducción. Cada experiencia trae consigo la temporalidad propia de su puesta en palabras. Esto lo sabe o lo intuye cualquiera que se dedica a escribir. Escuchar esa temporalidad es parte del arte y oficio de escribir. Ahora bien, usar esa misma atención, esa misma conciencia, para los acontecimiento de la vida, propicia un cambio radical. Tan radical que termina enroscando a la vida y la escritura en una sola coreografía espiralada, que no se detiene ni se repite.


Así que, como sucede con los vinos, como le pasa ahora mismo al pinot noir que evoluciona en reposo dentro de una botella abrigada por las ropas que usará Jacinta cuando se haga patente de este lado del mundo, como sucede con los vinos sucede con las anécdotas, como la del día que pasamos en la bodega de los Herrera-Alvarado, con Arturo y Carolina. Cuando hablamos, al tomar un vino de una cepa que nunca había tomado, exótica para mi paladar, de ese momento, imposible de acotar a un descriptor o a una guía, en que el cuerpo-mente genera un nuevo recuerdo, el recuerdo de algo absolutamente nuevo. Ahora, cada vez que perciba algo que me conecte con el sabor y la textura del vino de la uva “país”, voy a evocar sus caras mirándome, viéndome entregado a la construcción de este recuerdo pleno. Descriptor: anarco-taoísmo.
Nos contaron que el vino no se hace, sino que se acompaña su hechura. Observamos, pensando en la cantidad de botellas que ellos pueden hacer respetando los procesos naturales, y la cantidad de botellas que les piden sus contactos en Europa, que “efectivamente” el sistema opera como si la naturaleza no tuviera límites.
El anarco taoísmo no se apoya en tesis sorprendentes ni en hallazgos extravagantes, sino más bien en obviedades detectadas en el momento preciso, cuando pueden ser vistas en toda su dimensión.   


¿Será este interés denso por el I Ching, Lao Tse, y sus aplicaciones en la vida cotidiana (a lo que suelo llamar anarco-taoísmo), aquello que me avergonzará leer-me dentro de unos pocos años?
Hagamos la prueba. Que para eso estamos acá.


Almorcé un plato de fideos con brócoli (recalentados en el punto justo, con la crocancia exacta que da una distracción esmeradamente conjurada) sin dejar de escribir. Esto no pasa todos los días, no siempre pasa así.
Ahora es cuando el año, ya no adelante, paralizando con su desmesura, sino medio atrás, empujando con su peso, aligera el andar. Porque de pronto la parte de adentro de mi cuerpo ya no se queja ni reclama (con lo simple y excitante que es reclamar), y la parte de afuera, el mundo que me rodea, se ve muy amable: el calor agobiante de hace un ratito es ahora un aire cálido con viento fresco, unos pájaros discuten sin demasiada convicción, el gato gris entra sigilosamente a la sombra. Me asomo un poco y me dejo mirar por las plantas del jardín. La otra tarde le agradecí a la señora del piso de abajo por el cuidado que le da a sus plantas que yo disfruto viendo desde acá (probablemente desde un ángulo más atractivo que el suyo) sin ningún trabajo extra que el de dejar de pensar, un rato, y mirar. Ella me agradeció el agradecimiento, y de paso me pidió que la ayude a buscar la factura de teléfono que recién tenía en las manos y ahora no encuentra por ningún lado. La encontramos.


Tengo ganas de dividir mi libro de estos últimos años en 64 capítulos, y chequear su funcionamiento bajo consulta con las monedas. ¿Será una de esas estupideces que encuentro en todos mis libros? (En todas mis acciones, en realidad).


Es que… quisiera agradecerle al I Ching por haberme salvado el pellejo. (Gran expresión la del pellejo; el monstruo de la última novela de Romero tiene esta fórmula para explicar que piensa: “soy cáscara del siguiente pensamiento…”. Cáscara, pellejo, piel, burbuja. la instancia sin sustancia del fantasma. Detenerse en ese microscópicamente infinitesimal momento de pasaje entre nada y algo…)
Una imagen:
Vientos que se siguen uno a otro. La imágen de lo suavemente penetrante.
Así, el noble difunde sus mandamientos y da cumplimiento a sus asuntos.


De esa manera logré destrabar (al menos en parte y por ahora) el conflicto más complejo y doloroso que me ha tocado vivir. Y que (esto es clave) realmente no sabía si podría destrabar. Por no decir resolver, arreglar. Tal vez, disolver.
La dificultad de llevar a cabo esta estrategia es que su eficacia no se prueba de inmediato, por lo que hay que mantener la confianza más tiempo del que uno acostumbra. De hecho, no se comprueba casi nunca.
Pero alcanza con que actúe una vez, y el cosmos se acomoda, sonriente, alrededor.
Lo explican las líneas que se suceden en el desarrollo de este hexagrama; la tercera línea dice: “penetración reiterada. Humillación”. Y recién la quinta: “la perseverancia trae ventura. El arrepentimiento se desvanece. Nada que no sea propicio”.
En el medio: el famoso “testán cagando”. Es muy pero muy difícil aceptar ciertas propuestas de I Ching siendo argentino. Al menos, siendo un argentino así.    


Si además de investigar en el funcionamiento de las cosas en las que nos volvemos especialistas investigamos sobre los tiempos en que todas las cosas pasan, la vida se vuelve un trabajo mucho más interesante.
Y hasta quizás se pueda empezar a tallar la herramienta para espiar algo que no sea la vida, algo como... el movimiento.


¿Y si todos los días pudieran ser así?: un texto que empieza una vez que las urgencias se desenmarañan, y que después sigue todo el día, entre actividades y tareas, avanzando, conectando cada vez con otros días, otros textos. ¿Podría ser?
En esta última interrupción (imaginemos incluso que todas las tareas cotidianas se conviertan en simples interrupciones del texto), respondí un mail que recibí ayer, en el que mi principal Cliente me rechazaba un formato de video nuevo; porque, si bien me había pedido que fuera igual a cierto modelo, al final resultaba ser “demasiado igual”, nada nuevo, en fin. Dejé pasar un día con la máquina de componer respuestas en funcionamiento, hasta que sonó la musiquita de la “respuesta encontrada”: “Debo haber entendido mal, deberé ajustar el oído y seguir intentando”. Qué gracioso. Visto desde acá parece un juego. ¿Será la capacidad de endulzar la propia derrota, una y otra vez, una estrategia de suavidad de largo alcance? Habrá que ver.


Desde este privilegiado mirador temporal puedo ver con mayor claridad ciertos movimientos. Hay algo acordeonado. Así se ve desde acá: un acordeón que se infla y desinfla en el regazo de un diablo que toca un vals.
Ahora percibo que esta época de intentar estabilizar mi economía armando equipo, acopiando posibilidades, distribuyendo contactos, etc. puede estar entrando en un período de retracción. Tal vez deba reciclar ciertas estrategias de lobo solitario. No es abandonar una cosa, ni decidir otra. Ya entendí que no se hace así. Están los años, los meses, los minutos.
Las décadas.
Hace una década empezó este juego, esta novela que sigue. Que nos sigue.
Ahora voy a cerrar la computadora (también la ventana por las dudas, amenaza lluvia), y voy a buscar a Sere al jardín. Y después…


Ida y vuelta. Extrañamente, llegué tarde al jardín, quince minutos. Tal vez, efecto residual del cambio repentino de marcos temporales. No llovió. Volvimos en el 22, cruzamos el Puente Pueyrredón. Sere no se durmió, así que logró componer, en su estado psicodélico previo a la histeria de la siesta interrumpida, algunas de sus frases memorables; esta vez: “el rocanrol es un pequeño bebé que sólo sabe decir malas palabras”. Después me contó acerca de un tal Nachito, que no sé hasta qué punto será real, un bebé del jardín que sólo dice “puta” y “concha de tu madre”. No sé qué pensar. Su maestría en el hilvanado de datos reales e inventados no permite nunca saber de qué se trata. Su imaginación desbordada parece estar en un momento de quiebre: ayer le cambió los nombres a todos sus personajes imaginarios. Ahora Pupú se llama Meli, la oruga Numera pasó a llamarse Tortu, y la Señora Comepapa es José María. Vaya uno a saber. Viajamos, paseamos por el barrio, compramos cerveza y jugo, y ahora mira Peppa pig en la vieja Olivetti (?) mientras yo escribo esto.
Y ahora llega Jime y se acuesta, agotada. Jacinta se despereza adentro. Jacinta. Ese fue un centro de gravedad del año: encontrar el nombre. Los nombres no se buscan, se…
Entre esa sensación, de presión y potencia, y la reciente sensación, de cambiarle los nombres a cada persona que conozco, para el armado del libro de los diarios de los últimos años, hay un borde apasionante, extraordinario.
Pasa algo con los nombres, algo no tan pensado como se cree.
Poner nombres, sacar nombres.
¿Qué es eso?
¿Cómo se usan los nombres en un utópico mundo anarco taoísta?
Lo cierto es que en un momento empezamos a presentirla; muy distinto a imaginarla, o a rodearla de expectativa, o a volverla heredera de qué se yo qué. La empecé a presentir, la presentí saliendo del cuerpo de la madre, saliendo del jardín, saliendo de la escuela primaria, con ojos perplejos. Y ahí empezó a develarse el nombre. La presentimos Jacinta.


No sé si hay otra cosa que pueda transmitir realmente a una hija más que toda esta enorme perplejidad.


Voy a leer este texto de corrido, ahora. Si al terminarlo no me duele la cabeza, se publica.

Hasta el año que viene, siempre.

Tuesday, November 22, 2016

Una vez por año #9


El Infierno es un remís
que no avanza
por las calles de Lanús
mientras disminuye
el volumen de la sirena
de una ambulancia
rumbo a Lomas de Zamora.






Una voz que empuja y se retira.
Tantos principios posibles, un estallido de comienzos: vengo pensando en este capítulo desde hace unos días, cuando me di cuenta de que faltaba tan poco, y ya no lo pude abandonar, no pude dejar de empezarlo en la cabeza; así que ahora, también de pronto, interrumpo el circuito de dudas previas, escribo.
Escribir para interrumpir la nada. Ajá. Vino con soda, suena el teléfono. ¿Hace cuanto tengo y uso wasap?
No recuerdo, escribí recién. Y lo repito: no me acuerdo (corregido) con qué criterio venía usando, diciendo u ocultando, los nombres propios de los personajes que desfilan por acá. Me asaltó la duda. Eso es algo que le pasa a los personajes de los libros, y a los que escriben los libros, aparentemente: los asalta la duda.
Ahí aparece el tono de “malicia”.

Hace poco me di cuenta de que el hecho de haber leído muchas novelas desde muy chico probablemente me haya llevado, una y otra vez, a lo largo de toda mi vida, a tomar decisiones del modo en que toman las decisiones los personajes de las novelas: no para salvarse ni para beneficiarse, sino para… mejorar la trama. Y bueno, así pasan las cosas.

No quiero escribir, es raro. Quiero cocinar. Para comer hoy y que quede para el almuerzo con Serena y su tía Ayi, mañana.
Al menos estoy como hablando. Crema de remolacha, salsa de cilantro -a Sere le gusta mucho comer agregándole salsas a la cosa en sí.
Metatexto. Este programa de escritura que no puede sino radicalizar su contrato de honestidad cada vez, aprieta de vértigo y produce un efecto espiral que parecería poder terminar, sin ir más lejos, en el suicido: ¿así le habrá pasado a D.F. Wallace, como dice Lucha?
Fin del metatexto.
Pero vuelve: todo me parece mentira. Si sé que voy a escribir algo y empiezo a preparar el terreno para que se destaque, para que quede dicho, me percibo deshonesto.
Creo que lo que me resulta mentiroso es el formato de “continuidad”, de continuidades articuladas, engarzadas. Que si no creo en eso en mis días, por qué haría como que así se estructura mi vida.
Los fragmentos. Los precipicios. Creo haber encontrado, este año, y tal vez a mi pesar (pesando sobre mi Yo, un mono bailando sobre los hombros de Dr. Ego), una maquinita de goteo escritural muy atinada a mi estado de vida y a mi idea encarnada de la identidad. Si la identidad es más un collage que una cadena... para qué andar eslabonando.
Porque ahora, 22 de noviembre (en realidad 21: así como en los años anteriores me demoró la presión -depresionó- esta vez me apuró la inminencia), tengo que abandonar de repente la po ética del goteo, ese fraseo que precipita de la vida cotidiana como de una meditación errante y más o menos sórdida, en un archivo latente de google drive; ahora tengo que, debería, retomar esa lógica de escritura-embudo. Toda la energía por el mismo agujerito, toda al mismo tiempo y en la misma dirección: abandonar todo y escribir. No cocinar, no curar, no cuidar ni cantar. En una silla. Así se escriben las novelas. Qué gracioso, el otro día me reía, con mi amigo-maestro-camarada radial (lo venía nombrando o no? Sic), nos reíamos del paradigma ese de escritor, el arquetipo Pavese, y sus frases como “encadenarse a la silla y trabajar”. Es verdaderamente cómico. Para colmo: ¡a una silla! Pero… sentate en el piso, un rato! El deber ser de la escritura tiene esa moral de elevarse del piso. Y convertirse en una contractura cósmica. Estatua, bronce.
Hoy, no como el año pasado, estoy en mi casa monoambiental. Un ambiente que se llena de olores masticables por la noche, que duran todo el día de mañana: se van yendo a medida pasan las cosas. Mis libros están allá, en esa casa grande desde la que escribí el comunicado pasado. Esta es la casa de mi período portátil. Construir con solvencia sobre lo provisorio: en una baldosa. Otro tipo de desafío.
Es cierto que ya no me ilusiono tanto. Es cierto que es mejor así. Más vivido, menos excitado, no menos vibrante. Lo que no quiere decir disciplina, ni nada de eso. Construcción en su sentido más plano. Una ingeniería de los días, las semanas.
Hay que pensar en la agenda íntima, habría que pensar en eso como en un campo de batalla. Suele tomarse a la agenda personal como algo banal, y a la agenda pública como el territorio en disputa, pero: la agenda íntima es muy importante.
Cómo trabajarla, cómo usarla.
Experimentemos con seriedad, por favor.
Hace varias semanas que tiendo a pensar mi agenda como un archipiélago. Como si un Creador jugara a diseñar archipiélagos.
Hay que diseñar agendas.
Bueno, me mantengo en el presente puro y la teoría.
Porque el año…
porque el año…
Tal vez, el collage tenga también una utilidad práctica: poder recurrir a esos retazos, sembrar el camino de retazos para recurrir a ellos en momentos como este, y no tener que retroceder con todo el cuerpoespíritu, con los costos que eso conllevaría.
Si estoy bien, tomando algo, empezando a cocinar para hoy y mañana, ¿por qué debería tomar aire y zambullirme de vuelta en todos esos días?
Tal vez, porque esa es la gracia de este juego. Tal vez el Yo-Collage puede ser muy efectivo para un lector, pero este es mi juego solitario y lo que tiene que actualizarse, primero, es mi cuerpo en palabras.
En realidad, también es honesto hacer el recorrido (el remontaje y montaje narrativo), cuando es práctico en el presente, cuando se comienza a tornar imprescindible. Quiero decir: una forma de convivir con fantasmas en un monoambiente.
Fantasmas: movimientos y gestos que se demoran un poco y conquistan un espacio sin tiempo. Y yo acá, quiero decir, todos acá, enchufados, hablando. Cuando todos los fantasmas están enchufados, y todas sus bocas abiertas, y ya no se escuchan entre ellos… organizarlos es des-angustiarse. Lo vamos a llamar la “asamblea íntima”. No interna, como escribí primero y después suprimí, porque sucede afuera, esa es la gracia de la vida monoambiental.
Como me ha contado Sic acerca de la “mente holográfica”, o algo así. (Le creo tanto cuando habla que nunca escucho bien los detalles). Que cada tipo de pensamiento, o idea, o recuerdo, o conexión, digamos, cada objeto de producción mental ocupa un espacio en el.... espacio, real, físico. Que puede reconocerse (en qué parte del espacio que me circunda veo yo determinado recuerdo, hacia donde me dirijo para imaginar o proyectar, etc.) Esa idea, de por sí incontestable, gana matices inquietantes si se la despliega en la vida de una persona en un monoambiente. Todo lo que se ve está tocado, penetrado, por la mente. Todo es mente. Así, bailar o limpiar el monoambiente puede ser una sesión de terapia, o una danza ritual, o una sesión de espiritismo.
Y así se pueden recorrer zonas del espacio cargadas de pensamientos malos, maquinaciones (la caminata queda trabada entre dos cortes, no deja de ir y venir), zonas tentadoras y efímeras, zonas donde quedaron sembrados de manera imperceptible pensamientos o recuerdos que un buen día aparecen como salidos de la nada: al abrir un cajón, acomodar unos juguetes, barrer una esquina poco consciente.

La escritura como forma de limpiar, la limpieza como una de las artes efímeras.
Limpiar la casa: doble vaciamiento simultáneo. Yo - Casa. Se limpian las huellas de la actividad del yo en el espacio, el espacio se vacía de Yo. Y yo me vacío (me-olvido-de-mi) en la actividad de limpiar.
El Yo se vacía en la Casa que se vacía, y entre ambos (Yo, Casa)
son-mos ninguno.
Vaciarse.

Si me preguntan por mi monoambiente yo, diga lo que diga, voy a hacer foco, primero (inmediatamente) en el sector de la zapatilla donde se enchufa el cargador del teléfono, al lado de la cama, en el preciso instante en que llegué, alrededor de medianoche, con mi amigo Galle, que me llevó en auto desde la clínica de Lomas de Zamora en la que había entrado, recién, de urgencia a terapia intensiva, la Serenita.

Uf.

Nos habíamos quedado sin cargadores, nos quedábamos sin batería en los teléfonos, incomunicados. En el infierno, incomunicados. El cargador que tenía yo cuando todo empezó ese día, lo perdí en el remís que me llevó desde el centro médico de Avellaneda a la clínica Boedo, en Lomas.
La desesperación por el estado crítico de Serena se yuxtapuso en mi mente con la necesidad de conseguir un cargador.
Todavía sueño con cargadores.

Uf

Cualquiera puede escribir la palabra uf. Y agregar: acabo de exhalar un suspiro profundo.
Pero, hay que creer. Aunque sea verdad, hay que creer. Quiero decir: creer a propósito es algo difícil, muy preciso, puntual, agotador… más allá de que se trate de la verdad. ¿No? Creer no es creer en la verdad. Uno cree cuando no puede hacer otra cosa. Cuando no tiene otra cosa para hacer.
No hay que burlarse de la fe ajena, ni de la propia, ¿cierto?
Aparte, la fe siempre es ajena.
No tiene sentido, ni fin práctico, no favorece a nada ni desenmascara nada que esté firme y maquiavélicamente enmascarado. Un tipo anodino tirándole agua “bendita” a mi hija enferma y dormida logra producirme, al mismo tiempo: profunda vergüenza ajena y una ternura potentísima, ancestral, inexplicable.
Quiero decir: él no es nadie; ellos no son nadie. Son encarnaciones visuales, por no decir alucinaciones, de los que necesitamos creer, en el momento justo.
Es una obviedad: quien quiera aprovecharse de eso, lo hará con facilidad, y podrá considerarse fácilmente como un enemigo de la vida. Pero subestimar, o burlarse de eso, que viene a ser la doctrina en la que he sido criado, es un signo de inhumanidad no tan lejano.
Un poco de humildad, nada más.
Esto parece una guerra larguísima alrededor del cosmos por la conquista de un brevísimo espacio de humildad.
Ahí, llorando. Yo ahí, llorando, como un…
El llanto es algo efectivamente intenso. Es la definición misma de intensidad. Al menos aquel llanto. Que no busca nada, que no puede lograr nada, que no se arraiga en el pasado (el llanto por el hijo sano) ni en el peor futuro (el llanto por el hijo muerto), sino que es un presente exhausto de impotencia. Cansado de tanto no-poder. Ese llanto es, digamos, la expresión física positiva de la impotencia.    

Dios nació cuando los hijos van a la guerra.

Una de las primeras tardes fui de Lomas a mi casa en Barracas (es notable como, a pesar de que estoy ahora en mi casa, la redacción natural de esta frase se impone en sentido inverso, como si todavía estuviera allá); a buscar ropa, juguetes de Serena, pegarme una ducha. Cuando empecé a volver ya era de noche. Mientras caminaba hacia la parada del 100, se levantó el viento. No un viento, ni un par de vientos, ni cierto viento fuerte: se levantó EL viento. La poca gente en la calle se tapaba los ojos, se agarraba de estructuras sólidas para no volarse. Yo tenía presente que en ese mismo instante muchas personas que conocen a Serena estaban improvisando sus llamados, sus empujes, imponiéndole condiciones al caos para que la energía se condujera en la dirección necesaria… Algo me puso optimista.
Al día siguiente empezó a mejorar. Nos dijeron que no iba a ser necesario hacerle diálisis. Mientras dormía le explicamos que tenía adentro un bichito malo que tenía que sacar del cuerpo haciendo pis. Y empezó a hacer pis. A llenar bolsas de pis.
Después me explicaron que el viento ese es propio de la primavera, que sirve a la reproducción de las plantas. Era 23 de septiembre.
Hoy es 22 de noviembre, son las tres y media pasadas de la tarde (ya almorzamos con Sere y Ayi lo que en el párrafo que viene todavía estaré cocinando); Sere está en el jardín, y es muy fácil para mí escribir las palabras:
estoy llorando.    

Buena parte de la bondiola va al horno, la otra al freezer. Me he inventado el siguiente sistema: cada vez que compro una pieza de carne más o menos grande, saco una parte y la freezo. Entonces, cuando es necesario descongelar la heladera (esta heladera grandota y antigua que por la noche imita el canto de los grillos en la llanura) tengo el incentivo de ver cómo el inmenso bloque de hielo va cediendo y permitiendo descubrir, en su interior, secretos cárnicos que van a parar, ahí mismo, a mi parrilla de balcón.
Es, en parte, como algo que debo haber contado en algún capítulo antiguo de esta novela: aquella costumbre de guardar, al final de cada temporada, billetes en los bolsillos de pantalones que ya no voy a usar por unos meses, para tener la sorpresa de encontrármelos después.
Son las estaciones.

Ahora también: un seudo chucrut, con repollo, manzana, cebolla, vinagre… A llenar el ambiente de olor! a saturar, a saturar!
A celebrar este día de repliegue y ensimismamiento y des-simismamiento.

En la esquina de la clínica Boedo abrió un boliche de sandwiches a la parrilla justo el día en que internaron a Serena. Fueron dos semanas. Probando cada uno de los sandwiches. Cada vez, una isla: una perspectiva panorámica. Primero el infierno, después el encierro incierto, después incomodidad, esperanza, ansiedad, alivio. Cada estación con sus condimentos.
Ante la explicación de Sic acerca de que lo sagrado es el punto exacto en que se cruzan lo íntimo y lo cósmico, mi nuevo amigo Vasco, de-morador de la casa de Li To, cuenta que encuentra ese punto exacto en la comida, o en el comer.
Busque cada uno su punto exacto.

El monoambiente es como si el cuerpo fuera transparente y la temporalidad, flexible. La ropa del invierno y el verano, los juegos de Serena y los instrumentos de trabajo, la música posible, los libros seleccionados, para grandes y para chicos, los tamaños: la mesa grande y la mesa chica, la silla grande y la silla chica, el tiempo estacionado.

Es un momento de incertidumbre y crisis, como todo momento. Pero ahora, esta vez, estoy seguro de algo: mañana va a ser mañana. Voy a cruzar un par de veces el puente Pueyrredón, una de ellas con Serena.
Siempre cantamos la canción del caracol que lo trepa. Ella ama el puente Pueyrredón. Nos preguntamos seguido, en esos viajes, qué pasaría si lo sacamos y lo traemos a casa. Por momentos parece una mala idea: los autos se caen.
Pero no deja de ser una posibilidad.   
Yo siempre miro, me pongo de repente extremadamente perceptivo, o perceptivo de otra manera, como si yo, en efecto, fuera otro.
A veces el riachuelo está crecido, a veces está bajito.
Mirá, está alto, mirá, está bajando.
A veces huele mal, a veces peor.
Es mi relación precaria, recuperada sobre la nada, con la naturaleza entre ciudades en la que vivo.

Me río de mí; me gustaría reírme de mí hasta no ser más: hasta no poder más. Pero es arduo: el diosito que me dieron, el diosito escéptico y pendenciero de los ateos que me armaron de chico y todavía hoy me-me-rodea, es difícil de eludir.

Este año volví a escribir los sueños, gracias al trabajo con mi amigo Guga; los anoto en un cuaderno chiquito; cada sueño no debe ocupar más de una página, así que tienen un formato muy particular.   
Un día soñé esta idea:
un problema muy grave de la inmortalidad,
si se dieran las condiciones genéticas para la inmortalidad,
es que la muerte accidental sería algo
tremendamente, infinitamente peor.
Si un accidente provocara una muerte
interrumpiría una vida “interminable”; sería demasiado.
Ningún inmortal admitiría
jamás
correr ningún riesgo.
Ninguno viviría en absoluto.

Capaz que eso de evitar el collage respecto de lo ya escrito y basar todos estos capítulos en la escritura más o menos espontánea de este día, no deje de ser una moral autoinventada.
Basho, el maestro del jaiku japonés, siglo XVII, escribió un único libro narrado: un relato de un viaje por los caminos hondos de su país; cada capítulo es un fragmento de itinerario que suele terminar con el poema que escribió en el momento.
Entonces me despido así hasta el año que viene.

La vida es una pausa de guerra
en un desierto de paz
Dentro de la vida, la paz es una pausa
entreguerras.
Una demora santa
que arrastra.
Recuerdos del desierto.

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